EDITORIAL INAUGURAL – Dic.06/Enero 07

diciembre 11th, 2006

Por Luis María Barassi

Todo intento de comunicación es un desafío. Quien lo encara debe suponer que tiene algo interesante para compartir, pero saber también que esa idea necesita ser expresada con claridad.

Para mi alivio personal, confieso que muchos de los conceptos que aparecen en estas líneas se apoyan –porque creo firmemente en ellos- en convicciones profundas de valiosos interlocutores, a la sazón protagonistas en los diferentes microprogramas del ciclo radial “La ciencia argentina en la vidriera”, ahora también en Internet.

Aunque el acento del material de esta página web tiene que ver con el valor del conocimiento local en relación con las áreas de ciencia, tecnología e innovación -como impulsor del desarrollo económico, necesitado de mejor educación y una meta que es la de alcanzar una sociedad más justa- hay una convicción que lo precede e incluye.

Siguiendo al notable matemático Mischa Cotlar, comparto con él que “la cualidad humana está antes que la científica”, y que hoy por hoy “el problema prioritario de la humanidad es buscar un acuerdo entre los científicos sobre el uso correcto de la ciencia, prohibiendo su aplicación a fines destructivos o de explotación”.

Se podría señalar, asimismo, que la amenaza sobre el futuro de la vida en nuestro planeta es resultado de una explotación irracional que busca beneficios económicos a corto plazo. Eso lo promueven, desde los países más desarrollados –principales generadores de un tipo de producción y de contaminación que alienta el negativo cambio climático planetario- hasta los menos favorecidos, con formas de producción obsoletas y que buscan ganancias fáciles sin pensar en el daño que generan.
Aparece, entonces, un nuevo grado de responsabilidad. Porque, como afirma el doctor Pablo Canziani: “la ciencia avisa” los graves problemas que se avecinan. Y añade: “Yo como científico puedo decir todo lo que va a pasar, la comunidad científica puede decir los problemas o los beneficios que se producirán si hacen A ó B, pero la decisión final no está en manos del científico”.
Esto quiere decir, añade Canziani, que “es la comunidad y los tomadores de decisión quienes tienen que señalar el rumbo en base a la información que le aporta la ciencia”.

Queda claro que respetados estos puntos esenciales y que representan una suerte de catecismo laico de comportamiento universal, un país como la Argentina debe pensar en los beneficios económicos que aporta el conocimiento. Y esto debe responder a una convicción de índole cultural que también está antes y que Jorge Luis Borges nos ayuda a comprender: “Ser es un acto de fe. Y hacer una historia tiene que ver con palpar un sueño colectivo”.
Dos concepciones erradas y lamentablemente muy arraigadas en el inconsciente colectivo argentino nos las expresó el doctor José Galvele: “el creer que si uno es bueno tiene que ir afuera. Y la idea de para qué voy a desarrollar la tecnología si la puedo comprar en el exterior ”.

El propio Galvele afirma que si alguien es bueno tiene que quedarse acá, y aquel que desarrolló una tecnología de punta la usa hasta agotarla y la vende cuando está obsoleta.

La idea recuerda un pensamiento del doctor Bernardo Houssay, para quien no hay ciencia que no esté en perpetuo progreso y perfeccionamiento debido a la investigación científica. Así las cosas, no puede haber –según nuestro primer premio Nobel en ciencias- más que dos posiciones: “Remolcar o ser remolcado. Es decir, crear el conocimiento a la par de los demás, o bien aceptar una situación subordinada y dependiente de lo que produzcan los demás”.

En igual sentido, pero hace poco tiempo, un ex discípulo del propio Houssay y actual presidente del CONICET, doctor Eduardo Charreau, sentenció: “Sólo se puede hacer negocio con el conocimiento si es propio”. El concepto se enriquece con el siguiente interrogante del Doctor Mario Mariscotti: “¿Por qué no hacemos ciencia si ella es un buen negocio?”, y esta idea: “El modelo de país que se debería buscar es uno que use el conocimiento y que sepa competir en el escenario internacional a través del uso de su inteligencia”.

Ser capaces de llevar adelante un programa semejante implicaría una “revolución” de amplia repercusión. Así lo sintetiza el Presidente de la Agencia de Ciencia y Tecnología, Doctor Lino Barañao: “La transición hacia una economía basada en el conocimiento es la manera más democrática de llegar a una sociedad más justa”. Lamenta Barañao que “hasta hoy el país ha ensayado soluciones erróneas. Y lo único que no se ha probado es apostar al conocimiento”. Aunque nunca es tarde, y ante un proyecto de país que parece contar con una mayoritaria aceptación social, Barañao elige una fina ironía: “Así, el conocimiento aparece ahora como una alternativa novedosa cuando ya la mayor parte de los países la ha adoptado con mucho éxito”.
Establecer este camino de la educación como base de todo es clave. Entre otras cosas, porque “no es posible pensar en un desarrollo científico y tecnológico si no se comienza por una adecuada educación, la cual requiere de un entrenamiento que comienza desde los primeros años de vida”.

Si no se da un esfuerzo muy grande en el uso de la materia gris, la Argentina no va a resolver sus problemas, suele decir el Doctor Conrado Varotto, responsable ejecutivo de la CONAE. Y añade: “La Argentina no supo ver que se había sumado el conocimiento como cuarto factor de producción a los tres tradicionales que son la tierra, el capital y el trabajo”. Varotto habla “de ese conocimiento de tipo científico y tecnológico que es el que usted incluye en los productos y servicios de alto valor agregado, que a su vez tienen un impacto en los dos primeros sectores: el agrícola y el manufacturero”.
El necesario cambio del perfil productivo que tiene que encarar la Argentina no sólo incluye las líneas fuertes de conocimiento como son las áreas nuclear, espacial, biotecnológica, las nanotecnologías y las de software y servicios informáticos.
Como opina el economista Aldo Ferrer: “en el sector agrario y agroalimentario la Argentina tiene una frontera de desarrollo formidable. El tema es que nosotros tenemos que tratar de que en la cadena de agregación de valor –desde la explotación en la tierra hasta el producto final- participen en la mayor medida empresas argentinas transformadoras y empresas generadoras de conocimiento”.
Y en sentido coincidente, el Vicepresidente de Asuntos Tecnológicos del CONICET, doctor Mario Lattuada, asegura que “para los productores agropecuarios importa controlar la tecnología que se genera como insumo. En este caso, la genética de la semilla, el desarrollo de los agroquímicos, el desarrollo tecnológico de las maquinarias de último nivel”.
Estar convencidos de empezar a recorrer este camino servirá para responder una pregunta del Licenciado Arturo Prins –titular de la Fundación Sales- que tiene que ver con nuestro estado de crisis, y que el propio Prins dice que es porque “somos pobres”, y que esto nos pasa “porque vendemos bajo valor agregado y compramos alto valor agregado. Esa diferencia de caja es la que produce nuestro déficit y nuestra pobreza”.
A un país que quiere estar mejor no le conviene la débil vinculación del sector productivo con la ciencia y la tecnología.

El hoy de la economía argentina que busca un perfil diferente, señala que el 65% de nuestras exportaciones tiene un valor de 10 centavos de dólar el kilogramo, en tanto las importaciones se pagan a razón de un dólar con 30 centavos y hasta 6 dólares el kilo. Esto quiere decir que “importamos un montón de inteligencia y exportamos un montón de materias primas”, puntualiza Mariscotti. Por otra parte “en alta tecnología exportamos en relación de 1 a 17. O sea, por cada cosa de alta tecnología que exportamos hay 17 veces más que importamos”. Esto, señala, implica que tenemos un problema al que hay que buscarle solución.
En efecto, la Argentina –como dice el Lic. Prins- tiene una gran dependencia que es de carácter tecnológico. Y lamenta que la Argentina haya invertido en educación y en ciencia hasta ahora para terminar comprando afuera.
Llegados a este punto –y en esto coincide el actual Ministro de Educación, Ciencia y Tecnología, Lic. Daniel Filmus- la sociedad argentina entera debe estar convencida de la importancia que tiene invertir en ciencia y en tecnología, sin cuyo desarrollo “tendremos muchas dificultades para desarrollarnos como Nación y como región”.
Está comprobado, afirma Prins “que la ganancia que deriva de la inversión en I+D no es solo empresarial sino mayormente social”.

Para finalizar este primer encuentro editorial, me interesa subrayar el concepto “tecnología como articulador social”, que desarrolla el Ingeniero César Belinco, titular de la Red Tecnológica Argentina. Porque “necesita buenos científicos que estén en la frontera del conocimiento, que hagan cosas originales para poder, después –a partir de que el tecnólogo articula- utilizar alguno de esos conocimientos para agregar valor, para mejorar un producto, para mejorar un servicio. Estamos hablando de todos los productos y todos los servicios, ya sea de infraestructura comercial, civil o cualquier otro que uno piense”. Y cómo no entusiasmarse junto con Belinco cuando asegura: “A partir de una idea tecnológica de desarrollo aparece que hay más gente involucrada, más capacitación, talleres que trabajan. Entonces, estoy articulando una sociedad. Porque finalmente mi producto ¿qué tiene que tener? Una buena presentación –necesito publicistas-, necesito de todo para hacer tecnología”.
Por el contrario “cuando no hago tecnología, automáticamente todo ese trabajo se lo entrego a un señor de otro lugar. Es la idea de muchos, para quienes SI TOTAL TODO SE COMPRA HECHO, y que responde a concepciones políticas que en la Argentina echaron por tierra iniciativas de desarrollo industrial”.
En este sentido, hay una amplia coincidencia en que los desarrollos de política económica de gran parte de nuestra historia fueron claramente en contra de un modelo industrial.
Y se sabe que un modelo industrial necesita de un acompañamiento político muy fuerte.
Lo interesante, sostiene Belinco, es que “cuando uno decide un modelo industrial lo que decide es un entramado porque va a necesitar tecnología, la tecnología va a ser el entramado, va a necesitar capacitación o va a necesitar que la gente se instruya”.

Así las cosas, “la tecnología es un delicado equilibrio entre conocimiento y negocio donde ninguno de los dos es más importante, sino la alquimia particular de cada caso”.

Este es el camino que, entiendo, la Argentina debe sostener. Porque implica un proyecto capaz de contemplar distintas necesidades. Y le pido a usted que me acompañe rápidamente a leer estas ideas que son significativas para un desarrollo de país que no son moneda corriente en los análisis que aparecen en los medios de comunicación social:

El doctor Oscar Tangelson afirma: “es en esta articulación de educación, economía, producción, trabajo, ciencia, tecnología, empresa…Es en este tipo de articulación que una sociedad tiene posibilidades de insertarse en el siglo XXI”. Hugo Albani: “la tendencia de nuestros empresarios, de la mayoría, no de todos, es incorporar conocimiento del exterior y no a desarrollarlo acá”. Y añade el Subgerente de la empresa INVAP S.A: “Si lo hacemos acá le damos trabajo a la gente, tenemos un producto, resolvemos nuestro problema específico y tenemos un producto para ofrecer al mundo después”. Me interesa ahora rescatar un concepto del Doctor Marcelino Cereijido, para quien: “Mientras que el Primer Mundo se apoya EN la ciencia, el tercero habla de apoyar A la ciencia”. Y agrega: “Uno de los dramas del analfabetismo científico es que las sociedades que lo padecen son incapaces de detectar el problema”. Entonces, “mientras los países del llamado Primer Mundo son los que crean, inventan, fabrican, tienen, prestan…el 90% restante de la población se encuentra en países donde la gente se transporta, se viste, se cura, se mata, con vehículos, medicamentos, armas, que inventaron los del Primero”. También vale la palabra del Doctor Eduardo Dvorkin: “lo que más quieren los científicos es que la ciencia que hacemos termine convirtiéndose en tecnología, en apoyo al desarrollo social, en apoyo al desarrollo económico argentino”. Lejos de “endiosar” a ambos aspectos, importa citar esta idea del doctor Canziani: “la ciencia y la tecnología no son la única solución para los problemas de la Argentina. Pero sin ciencia y tecnología, los problemas que tenemos no tienen solución”.

La idea del microprograma “La ciencia argentina en la vidriera”, que en 2007 ingresará en su cuarto año de difusión por radio, sin ningún apoyo de origen oficial o privado –y sí merced a la comprensión de dos comunicadores: el señor Norberto Tallón, primero, por Radio América, y luego del señor Marcelo Simón, coordinador de la FM Folklórica de Radio Nacional- ha sido acercarle a la audiencia estas temáticas. Que todas las audiciones pasadas y las futuras, integren desde hoy esta página en Internet, tiene la intención de potenciar la llegada de tantos conceptos importantes vertidos por una notable serie de figuras destacadas en diferentes disciplinas, pero con la particularidad coincidente de querer un país mejor, más rico y más justo.

Creo que subrayar estas cuestiones, es hablar de un problema que tiene que ver con la historia errática de nuestro querido y maltratado país. Y las ideas aportadas por los entrevistados en el citado ciclo ayudan a pensar en una salida adecuada. Pensamientos que no deben quedar en círculos cerrados de opinión. Creo que deben ser conocidos por una población mayoritaria. Porque, como dijo el doctor Manuel Sadosky: “si no hay conciencia nacional de un problema, un pequeño grupo no puede modificar la historia. La historia excede los marcos de la universidad. Es la sociedad entera la que tiene que vivir el problema”.

La serie de microprogramas que constituye la columna vertebral de esta página web, quiere colaborar con esa necesidad de fortalecer una conciencia colectiva a favor del valor del saber y del saber hacer. También en ciencia y en tecnología, donde la Argentina –si se lo propone- tiene un futuro prometedor.

Luis María Barassi
Lunes 11 de diciembre de 2006

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