Acerca del autor

QUIÉN LO HACE

 

LUIS MARÍA BARASSI Algunos datos.

– Fecha de nacimiento 1 de Febrero de 1954

– Bachiller, Colegio Manuel Belgrano de los Hermanos Maristas

– Licenciado en Sociología, Universidad de Belgrano, 1977

– Locutor Nacional –ISER- Año 1977

Durante tres décadas, participó como locutor-conductor-productor del primer programa en Español de RAE (Radiodifusión Argentina al Exterior).

En RAE, tuvo responsabilidades en el área informativa. Asimismo, fue responsable de diferentes ciclos –traducidos a los diferentes idiomas del citado servicio- tales como: Actualidades, Nuestras Malvinas, La ciencia en la Argentina, y Arroba RAE en Internet.

En enero de 2009, asumió el cargo de Director de R.A.E.

Se desempeñó en el área informativa de Radio Continental, Radio El Mundo y Radio Rivadavia. Y como locutor en off, en TELEFÉ.

Ganó el Concurso “Coca-Cola en las Artes y las ciencias 1980” –rubro periodismo escrito- con el trabajo “Criterios del mundo actual” (* Hay texto) ; y en 1992, el Jurado del Certamen Internacional “Molino de Oro 1992” organizado por Radio Nederland, le concedió una Mención Honorífica por el documental radiofónico “…y Cervantes germinó en América”, organizado con motivo de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón al llamado Nuevo Mundo. (** Hay grabación)

Diploma entregado en la Embajada de Holanda Con el Embajador Van Hemstra

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En 1979 colaboró con un “micro-programa” titulado “Tema libre”, en la audición “Buenos días, Buenos Aires” emitida por LS1 Radio Municipal y producida por Humberto Longo.

En 1983, El Cid Editor publicó su libro “El que hacer, pierde”.

Fotografía de la tapa del citado libro.

Durante 1986 se desempeñó como Redactor Principal en el Suplemento Tiempos Modernos (Ciencia, Tecnología e Ideas Innovadoras) dirigido por el periodista Horacio de Dios, y publicado en El Cronista Comercial.

En 1987 ingresó al curso de Periodismo Científico dictado por el Centro de Divulgación Científica y Técnica. Lo dirigía el Dr. Enrique Belocopitow, (entonces Fundación Campomar, hoy Fundación Instituto Leloir).

Con Leloir en su laboratorio. Entonces Fundación Campomar. Octubre 1987 Jardín de la hoy Fundación Leloir. 1987 Con los Dres Leloir y Belocopitow. Octubre 1987

Publicó artículos de opinión en diferentes medios: Revista Esquiú y en la sección “Columnista invitado” del diario El Cronista Comercial, y en la Revista VOCES de la Sociedad Argentina de Locutores.

Durante cinco años –desde 1996 hasta 2000- escribió un artículo de opinión en la publicación mensual del Leoncio Club, Canal 11, Telefe.

A partir de marzo de 2004 –y hasta su finalización, en diciembre de 2005- el micro-programa “La ciencia argentina en la vidriera” se transmitió por Radio América AM 1190 –en el programaOral y público, el derecho y la gente, conducido por el locutor Norberto Tallón y el abogado Diego López Olaciregui.

El mismo ciclo se difunde desde septiembre de 2004 y hasta la actualidad, por la Frecuencia Modulada Folklórica de Radio Nacional 98,7. Días martes y jueves, en tres horarios diferentes.

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Concurso “Coca-Cola en las artes y las Ciencias”, primera serie 1979/1980 Periodismo escrito
Jurado: Horacio de Dios, Fernando Alonso, Silvio Huberman
Primer premio: CRITERIOS DEL MUNDO ACTUAL

Primera Serie de Premios Folleto Cultura joven, 10 años. Buen proyecto cultural

Introducción

El hombre de hoy debe ubicarse en la “vanguardia” de la realidad. Esto no significa aceptarlo todo. Tampoco, desecharlo.

Es la actitud de quien, preocupado por un mundo que es, tiene la capacidad y posibilidad de visitar el pasado en busca de experiencias y conocimientos (cultura) y de acceder a la enigmática tarea de construir el futuro (se supone, mejor).

Se requiere estar alerta. Quien ocupa la vanguardia –entendida como exploración y análisis- tiene la obligación de comunicar los resultados de su visión.

Los estudiosos nos hablan del nacimiento de una nueva era. Situado para algunos –como triste presagio- en el estallido de la bomba atómica en Hiroshima, en tanto que otros –más optimistas, quizás- en la llegada del hombre a la Luna.

SEA UNO U OTRO EL HECHO DETONADOR, LO QUE SUBYACE COMO DENOMINADOR COMÚN ES LA PRESENCIA DE LA CIENCIA Y LA TÉCNICA EN EL CAMPO PROTAGÓNICO DE NUESTRO EXISTIR.

Y éste no se trata sino del fruto inacabado de millones de años, que por primera vez nos coloca en una disyuntiva. Si erramos el camino puede ser fatal. Esto es lo que “diferencia” nuestra época de otras. Hasta hoy, la aplicación de los conocimientos que el hombre había conseguido –con marchas y contramarchas- lo situaban en el centro o el costado, siempre, de una misma ruta.

De una ruta –como reflejo de las características de su creador- con “opciones”.

Es a partir de la LIBERTAD que el hombre posee, donde persona y entorno se construyen (o destruyen).

En su devenir el individuo humano ELIGE. En su elección se genera un abismo entre la posibilidad del acierto y el error. La historia nos demuestra que dicho abismo ha sido estrecho hasta hace relativamente poco tiempo. Ciencia, técnica y filosofía cruzaron sus caminos, mezclaron creencias y evidencias. Muchas veces aquellas eclipsando a estas últimas.

No es creíble, entonces, que sea posible a esta altura relativa de nuestro desarrollo, de un proceso como el de Galileo. Aunque tal vez esto pueda refutarse. ¿Qué ocurrió en la Rusia soviética, entre Mendel y Lisenko, sino la consolidación de una nueva pasión totalitaria, pero esta vez no en busca de elevar la mirada al cielo, y sí de violentar la verdad al amparo de un partido?

Es en la posibilidad de elección, mencionada más arriba, donde el hombre se distingue del mundo exterior. Hay hombres y cosas. Pero al mismo tiempo esas cosas nos competen. Un mal empleo del átomo, de su energía desencadenada y pasaríamos a ser nada. El regalo de la vida se convertiría en materia inerte. De esta libertad que tenemos para poder escoger dependerá que se cumpla o no la máxima de Chateaubriand: “Les forëts prècèdent les peuples, et les dèserts les suivant” (Los bosques preceden a las civilizaciones y los desiertos las suceden).

La ciencia debe mirar al hombre. Este, aceptar los resultados que para su bien aquella le plantea. Los empleos que de ella se hagan, para el mal, tendrán su origen en el alma humana, en su ética prostituida. En este época de filosofía opaca, es cuando más necesitados estamos de ver su luz. Ante la contundente razón de la ciencia, la humana se ha atrofiado.

El abismo mencionado antes ha comenzado a separar sus elementos. Por primera vez pareciera no estar preparado para pensar su propio tiempo. Como si sus interrogantes no fueran sinónimo de crecimiento sino de desesperación. Su engendro mecánico pareciera estar cercándolo.

Quizás el advenimiento de la llamada Revolución Industrial (mediados del siglo XVIII) señale la última etapa en la que el hombre corrió paralelo a su entorno.

Es la irrupción de una nueva fuente de energía, la térmica, como producto de la máquina de vapor. Es la época de las máquinas-herramienta. La importancia mayúscula recae en el maquinismo, o sea, la sustitución de la mano humana por la máquina.

A partir de ese momento, a partir de esas victorias parciales, el hombre creyó que muchos de sus antiguos misterios habían quedado relegados.

 

Dios ya no hizo falta –de qué hablan si no muchas filosofías del siglo XIX- y el hombre comenzó a verse perversamente omnipotente. El avance fue absorbido con arrogancia. Sólo pudo hacerlo al perder noción de su ubicación dentro de lo universal.

Al relacionar los extraordinarios adelantos –especialmente a partir de 1900- con la autosuficiencia suicida, llegamos a la incertidumbre de hoy.

Pero para ordenar tamaña cuestión, tal vez convenga ceñirla a tres cuestiones que, además de brindar una visión contemporánea, permitirán sugerir tendencias.

Partiendo de la actitud protagónica dada a la actividad científica y técnica que invade nuestro existir, surgen tres posturas. En dos de ellas (I y III) se encuentran preocupaciones humanitarias: el “ser” del hombre, frente al “estar”, perpetuo ya, de su creación técnica.

A esto último se refiere el escritor Arthur Koestler al afirmar: “El arma nuclear forma parte cada vez más de la condición humana. Y esto para siempre. Lo inventado no puede ser desinventado”.

Los criterios serían: I. Apocalíptico (de raíz filosófica); II. Optimista (de efectos puramente técnicos); y III. Terminológico-educativo (cuya base estaría centrada en el problema de la escisión entre el mundo de la ciencia –dueña de un vocabulario particularísimo- y el ejército de legos compuesto por una mayoría incapaz de entender la nueva ruta terrestre).

 

I.CRITERIO APOCALÍPTICO

Es ésta una época de crisis. Acepción tomada de Julián Marías como DESORIENTACIÓN, en donde NO SE SABE qué hacer ni qué pensar. Una crisis que a fuerza de reiterarse provoca un estado de sopor, que si bien nos impide eliminarla, es de desear no rompa nuestra sensibilidad, a tal punto de ser inutilizados por ella.

Que no es nueva puede comprobarse con las palabras que Francisco Romero pronunció en 1942 en su trabajo “Preámbulo sobre la crisis”. Allí dice: “Es ya una convicción común que estamos atravesando una formidable crisis, una crisis que parece total, que conmueve los fundamentos de nuestra civilización y que sacude lo máximo y lo mínimo, desde los principios sumos a las costumbres cotidianas…Tal comprobación primaria obliga al hombre a formularse una serie de consideraciones, destinadas a obtener las claridades posibles sobre la peligrosa situación en que se encuentra”.

Es una evidente súplica para que ahondemos en su estudio. Para que nos formemos una verdadera “conciencia de crisis”.

 

Cómo lograr dar respuestas con sentido a este verdadero super problema. Cómo solucionar esta distorsión compuesta de: polución atmosférica; degradación del ambiente en las grandes urbes; creciente desorganización; carrera crítica entre el crecimiento demográfico y las crecientes oscilaciones de la producción de alimentos; crisis de energía; costo creciente en capital de los efectos negativos del progreso económico; trastornos socio-políticos cada vez más graves, relacionados con el derrumbe de los valores tradicionales a causa de las transformaciones generadas por el proceso mismo; control de las voluntades; manipulación ideológica; intromisiones electrónicas en la vida privada; experimentación genética y, por si no fuera suficiente (de entre muchos no mencionados), la versión actualizada de la amenaza de Damocles: el poder destructor nuclear.

 

Visto esto interesa conocer una disciplina que ayude a poner un orden –aunque más no sea- en nuestras ideas. Se nos impone la filosofía, ya que su tarea es la de ser esclarecedora del saber; formada más que por un conjunto de doctrinas y sistemas, por un conjunto de PROBLEMAS con los cuales lidiar.

 

Eugenio Pucciarelli sostiene que “obliga a redoblar su celo en demanda de claridades sobre la obra moral del individuo en el marco de la comunidad”, de una comunidad que necesita PENSAR.

 

Heidegger señaló reiteradamente: “Todavía no pensamos”. Un pensar continuo…”un pensar a través del camino” que le permita al hombre encontrarse consigo mismo.

Pero, ¿en qué estado se halla? En uno de “desarraigo”, de “descentralización”, ante una realidad en que el “pensamiento calla y se ausenta”.

En presencia de una “masificación dirigida” (concepto en el que coinciden el filósofo alemán y el húngaro Georgi Schischkoff) como complemento del apotegma orteguiano “la rebelión de las masas”.

 

Era trágicamente lógico. Con la existencia de la sociedad de masas y de la necesidad de ENCAUZAR la acción política, surgió la idea de arbitrar los modos de dirigir metódicamente los comportamientos.

Así, el hombre contemporáneo personifica esta “indigencia” que lo ubica ante el riesgo de perder su esencia. Se retoma el diagnóstico de Pascal: “Somos el animal enfermo”.

 

La concepción de ser los conquistadores de la naturaleza (olvidándonos –como dice Pablo Capanna- que también el hombre forma parte de ella) se cierra en nuestros días.

 

Cuanto más se piensa en ese control, mayor es el desamparo en el que nos encontramos ante las amenazas ciertas creadas por la ruptura con el medio natural: crisis del equilibrio ecológico, agotamiento de los recursos naturales, amenaza de las fuerzas íntimas de la materia.

 

Nos sentimos separados de una tecnología que triunfa y que se dispone CONTRA nosotros. El mundo que se creía conquistado se nos ha extraviado.

 

Se creyó en la técnica como órgano natural del progreso, pero el hombre no la utilizó para “ayudarse”, para seguir andando en este ciclo de interrogantes. Se AUTOATACÓ. Pero, ¿POR QUÉ? Erich Fromm en ¿Podrá sobrevivir el hombre? Indica que éste, mentalmente, vive todavía en la edad de piedra, pese a su tecnología.

 

Toynbee agrega que el “hombre ha constituido una nueva fauna dueña del mundo con objetivos puramente materiales, sin fundamentos morales…Esta falta de objetivos espirituales le imposibilita sostener la paz y producir un cambio en los constantes baños de sangre de la sociedad actual…La falta de humanidad en los actos del hombre, el crimen organizado, las guerras, la fiebre de poseerlo todo a costa de todo, lo van impulsando gradualmente hacia su fracaso y desaparición”.

Koestler advierte que el hombre: a) es el único animal que practica el asesinato de sus congéneres; b) sufre de una ruptura esquizofrénica entre su razón y su afectividad, y c) vive en una evidente disparidad entre el progreso de las ciencias y de las técnicas y el de la moral”. Llegamos a la Luna, sostiene, pero no podemos ir siquiera de Berlín Este a Berlín Oeste. Pucciarelli dirá que “la técnica, aliada poderosa del hombre en su lucha contra la naturaleza, ve resentida su NEUTRALIDAD al estar CONDICIONADA por intereses económicos, políticos y militares”.

Si –como indican algunos filósofos- “lo que sucede no es ya tanto consecuencia de lo que ha sucedido sino consecuencia de lo que puede suceder” quizá se deba mirar con mayor atención el pensamiento que en 1929 expresara Keyserling: “La gran tarea de los siglos próximoks es el de desarrollar una nueva vida espiritual sobre la base de la nueva edad técnica”.

Einstein advirtió a naciones y gobiernos sobre los desastres prontos a provocar de no mediar un cambio de actitud. “Se sabe –afirmó varias veces- que con el progreso de la ciencia moderna la guerra se ha convertido en una cuestión de vida o muerte”.

Freud pensaba que sustituir la fuerza real por la fuerza de las ideas está condenado por ahora al fracaso. En El porvenir de una ilusión reconoce que “el intelecto es muy débil en comparación con la vida instintiva”.

Todo radica en saber si el pensamiento apocalíptico actual podrá ser superado evitando la anunciada catástrofe mundial o si ya es imprescindible ésta, para recomenzar el camino (los que queden).

Las reflexiones podrán darnos pautas más o menos halagüeñas; las alternativas teóricas pueden llegar a ser muy ricas y sinceras. Pero, como se interroga Eugenio Pucciarelli, cercando el problema y resucitando su origen: “¿Quién controla la tecnología? ¿Queda su avance en manos de los especialistas o ha de depender de la opinión de los políticos? Sabemos que las últimas decisiones tienen siempre un cariz político, entonces, ¿tienen los políticos la preparación y ponderación suficientes para no equivocar el rumbo de las decisiones?”.

Esta no es una acusación a una actividad determinada. Es un cuestionamiento de profunda inspiración filosófica que encierra el enigma de la creación divina: el mismísimo futuro del hombre.

 

 

 

 

II. CRITERIO OPTIMISTA

Este es alimentado por el arrollador avance de la ciencia que, alcanzando altos niveles a partir de 1800 lograra un extraordinario auge y complejidad después de 1900. Si los ejemplos resultan contundente demostración, enunciemos con éstos las razones que impulsan a los dueños de tamaña excitación positiva.

 

Descubrimiento de las vitaminas, los antibióticos; detección de los microorganismos, de los virus. Concepto de asepsia. Irrupción de la farmacología. Hallazgo de los cromosomas, los genes, los ácidos nucleicos. El estudio del ADN como clave de la herencia, considerándose su descubrimiento la conquista biológica más importante de nuestro siglo. (Se podrá analizar y modificar la herencia genética. Su conocimiento proporcionará una gran posibilidad de éxito en la lucha contra el cáncer). Los distintos tipos de sangre favorecieron las transfusiones.

Atomo y molécula han revolucionado de una manera sin par los campos de la física y la química. Gran avance de la biología molecular con dos importantes ramas. La bioquímica (estudio de reacciones químicas en el tejido vivo) y la biofísica (estudio de fuerzas y fenómenos físicos en igual terreno).

El radio, los rayos X, el cobalto 60. La creación de sustancias colorantes y sintéticas. Consecuentemente la obtención de un sinfín de explosivos, gases venenosos, insecticidas, germicidas, antisépticos, desinfectantes, detergentes, fármacos. La investigación en la química pura con la obtención de polímeros altos (almidón, celulosa, goma, etc.). La era de la máquina aportó sus efectos a los horrores de los armamentos. La ametralladora (1860); la dinamita; el TNT, el explosivo más importante en la guerra del 14; en la Segunda Guerra Mundial el empleo de la ciclonita (mucho más potente que el anterior).

El año 1945 asiste al desplazamiento de los explosivos químicos, por las siniestras bombas nucleares.

El plástico artificial, el celuloide, el polietileno (1930). Las primeras fibras artificiales (rayón, dacrón, nylon) elaboradas en un principio de la celulosa. Los neumáticos.

Los rápidos avances tecnológicos del siglo XX fueron posibles por un gran incremento en el consumo de la energía producida por fuentes terrestres, siendo el principal combustible, con un sinnúmero de implicaciones, el petróleo.

 

Pero, ¿dónde encontrará el hombre las reservas requeridas para sostener semejante civilización? Se responde que en el núcleo atómico, ya que la energía nuclear se genera (a temperaturas elevadísimas) a través de la fisión del uranio.

Al liberar la energía contenida en el núcleo atómico, los científicos pusieron a disposición del hombre una fuerza que se puede emplear con fines constructivos tanto como destructivos. Retornamos a la actitud ética basada en una escala de principios y valores, más allá de las posibilidades instrumentales de la ciencia.

 

No podemos dejar de mencionar el paso de la electricidad a la dinámica, la batería, el telégrafo, el motor eléctrico, el teléfono, la grabación magnetofónica, la luz fluorescente, la fotografía, el cine, las máquinas de combustión interna, la cadena de montaje, los diésel, la aviación, los turborreactores, los motores de reacción, los viajes espaciales, la radio, la televisión, el transistor, los rayos máser y láser, los relojes atómicos, el microscopio electrónico, los poderosos telescopios. Avances en la astronomía, radioastronomía, meteorología.

 

La invención del radar y sus múltiples usos. Definición del campo electromagnético. Los múltiples avances en la física, aportes sobre masa y materia, unidad de radiación, comprobación de la existencia de los cuantos (Max Planck), la teoría de la relatividad de Einstein. La negación de los conceptos de tiempo y espacio absolutos y su repercusión en el resto de las disciplinas, inclusive en las humanas. Las computadoras y su casi lógica aplicación en la informática, la cibernética. Los satélites de comunicaciones, de información, con una enorme carga de datos para ser utilizados en distintas ramas del saber.

 

Como respuesta a este universo integrado en el que vivimos, la ciencia ha llegado a un estado de ESPECIALIZACIÓN INTERDISCIPLINARIA.

 

 

Se profundiza más –aunque esto parezca contradictorio- con la intención básica de prestar (y recibir) colaboración.

 

Así, en medicina, se necesita el concurso de la biología, la química, la ingeniería electrónica, el naturalista, etc. Como afirma el científico italiano Franco Bertarelli: “Los más grandes resultados se lograrán en virtud de esta gigantesca –pero todavía insuficiente- obra colectiva”.

 

En química se estudia: la creación de nuevas sustancias alimenticias, fecundar las zonas estériles de la Tierra y producir nuevas materias para las necesidades del hombre moderno, desde las fibras de tejidos hasta el material de construcción de grandes edificios.

 

La física nuclear, que podría proporcionar entre muchísimas cosas, la conquista del espacio exterior e interior aún no aprovechados (reservas energéticas en el mar, con la utilización del deuterio, necesario para la fusión nuclear), una mayor seguridad en la salud, etcétera.

Este arrollador avance ha servido para que muchos científicos (el caso de Hermann Kahn) crean a ultranza en el progresivo desarrollo de la humanidad más allá del “mundo de excesos” en el que –según prevén- vivirá el hombre.

Rescatemos las reflexiones de Ortega y Gasset sobre el particular. Si bien “no hay razón para negar la realidad del progreso, es preciso corregir la noción que cree seguro este proceso…No hay ningún progreso seguro, ninguna evolución sin la amenaza de involución y retroceso”. Tal vez sea interesante señalar algunas de las veinte posibles innovaciones anunciadas por el futurólogo Theodore J. Gordon:

“Cien años de vida media; drogas para el control de la personalidad; armas que incapacitan, pero no letales; cultivo de océanos; automatización progresiva en el comercio y la industria; vida artificial; control del clima; control genético, simbiosis hombre-máquina; exploración espacial continuada; técnicas de control de opinión; manipulación del pensamiento y propaganda; tendencia continuada a la aglomeración urbana…”

 

El avance producido hasta ahora, por lo tanto, no es reaseguro de nada.

Sin minimizar la importancia de la ciencia, muy por el contrario –y más, luego de ver las posibilidades que tiene al aplicarse para el bien- queda el gran interrogante sintetizado en el pensamiento del sociólogo Rubén Zorrilla: “Ninguna tabla de valores puede ser sostenida por los resultados de la ciencia. Nuestros valores son el resultado de opciones que no pueden fundarse sino sobre la base de sentimientos, es decir, de valores”.

Cuidarlos, entonces, de toda contaminación inhumana, es el alerta que tiene la civilización, si pretende heredarse a sí misma, como tal.

 

III CRITERIO TERMINOLÓGICO-EDUCATIVO

 

Las mentes más lúcidas y objetivas hablan de una verdadera revolución de la educación. Una educación mirando al futuro se produzcan o no los pronósticos agoreros.

Impuestos de lo ineludible del avance científico, la mayoría profana debe saber de qué se trata. Un mundo dominado por dicho proceso, necesita un nexo entre el curso de la historia y la gente que la genera.

Ese nexo no puede ser la ignorancia.

Como indica Isaac Asimos (científico, brillante divulgador en la materia, autor de ciencia-ficción): “Si el conocimiento crea problemas, es evidente que no podremos resolverlos mediante la ignorancia”.

Pero, ¿cómo habrá de llevarse a cabo esa educación? ¿En qué niveles? ¿Con qué fines? ¿Cómo saltar la valla terminológica existente entre la ciencia y el lenguaje común?

Se acepta que el idioma propio de las ciencias adopta un estilo y un vocabulario peculiar, caracterizado por su sequedad, exactitud, frialdad y artificialidad. Resulta así evidente que la causa de incomprensión entre el mundo de los científicos y el de los profanos radica inicialmente en el lenguaje.

La ciencia, con su creciente especialización, ha tomado la apariencia de algo irreal, constituyéndose en un producto minoritario.

Producido este paulatino divorcio entre especialistas y legos, se ha llegado a ver al primer grupo como a una poderosa secta de magos a quienes debe temérsele.

Ese distanciamiento ha ayudado al desconcierto. Y no podía ser de otra manera.

 

 

Asimos señala que cada uno no puede realmente sentirse a gusto en el mundo moderno, a menos que “tenga alguna noción inteligente de lo que trata de conseguir la ciencia”.

De ahí que la sociedad de hoy, disponiendo de los derechos y medios adecuados, exija una información completa sobre todo. De tal forma se refleja su libertad. No se trata ya solamente de difusión política, económica, cultural, etcétera, sino también de la científica.

Tal postura requiere la responsabilidad de una “comunicación” que partiendo de los científicos, EXIGE de quienes no lo son, una mínima atención.

Quizás la ciencia-ficción sirva como parámetro del interés de estos últimos por aprehenderla.

Aunque, tal vez, sea justo preguntarse si se trata de una actitud de puro disfrute o si también existe un serio interés interior por conocer las nuevas tendencias.

El éxito de público a tales expresiones puede ser un claro indicador del deseo existente.

Pero a éste hay que alimentarlo con verdades, siendo aquí donde aparece la importancia de los DIVULGADORES, sean periodistas o científicos.

 

“La humanidad debe saber lo más posible sobre temas que la pueden afectar tanto”, dirá Asimos.

Aquellos deben, entonces, reconciliar los dos extremos. Exigiéndoles una sólida preparación, una gran habilidad estilística y un perfecto conocimiento científico. Deben satisfacer a todos, informando sobre cualquier actividad científica, desde arqueología hasta astronáutica.

Y a no asustarse. Se afirma que no hay tema difícil que no pueda explicarse con simplicidad.

Esta divulgación no debe pretender descubrir todos los secretos, sino llamar la atención del público sobre inventos, avances y resultados (que le atañen) y que de otra manera desconocería.

Agrega Asimos que “para apreciar los logros en un determinado campo de la ciencia no es preciso tener un conocimiento total de la misma…puede sentirse placer en los hallazgos, aunque no se haya tenido ninguna inclinación a sumergirse en el trabajo científico creador”.

Ciertos jueces de la capacidad popular desvirtúan la eficacia de tal métido.

 

Sin embargo Herví Schatzman aventura que “el número de gente incapaz de beneficiarse con una enseñanza científica es probablemente el mismo que el de las gentes incapaces de recibir cualquier enseñanza, es decir, uno por ciento de la población escolar”.

La cuestión reside en saber cómo transmitir los conocimientos y adquirirlos. La tarea no es sencilla pero, en igual grado, apasionante.

 

Volviendo a la ciencia-ficción como arma pionera en la preocupación apuntada, el científico japonés Michio Kaku ofreció en EEUU un curso por Televisión: “La física de la ciencia-ficción”, convencido (en el caso de los estudiantes, al menos) de que la mayoría se aburre de la física del 1600 queriendo conocer la de 1978.

Analizó algunas de las películas de avanzada, presentando la parte científica (o anticientífica) que poseen.

 

Explica que tanto King Kong como los famosos insectos gigantes son imposibles, pues violan la ley de la relación entre superficie y volumen o ley de la escala. Y que fenómenos como la tele-transportación (“Viaje a las Estrellas”), la invisibilidad y las máquinas del tiempo, si bien presentan dificultades tremendas, son teóricamente posibles. Invalorable es en este cometido el peso de los medios de difusión en general. A pesar de ser el especialista quien tenga la última palabra, no significa que la gente no pueda opinar, debiendo hacerlo sobre la base de los juicios científicos existentes. Para lograr efectividad, esos juicios deben DIFUNDIRSE.

 

Rosalyn S. Yalow –Premio Nobel de Medicina 1977- afirma que “si bien el hombre de la calle no puede opinar con propiedad sobre algunas cuestiones demasiado técnicas, sí puede avizorar cuál es la posición que han elegido la mayoría de los científicos, decidiendo a partir de ella”.

La realidad indica que cuanto más penetra la tecnología en la vida cotidiana, mas queda el hombre de la calle preso de conceptos superficiales, acientíficos o anticientíficos.

 

 

 

La falta de información del público sobre aspectos de la ciencia conduce a deformaciones y malas interpretaciones sobre temas de directo interés social.

 

Ciencia, ineludible asunto de nuestro tiempo que el hombre debe conocer.

Repitiendo una idea expresada en este comentario: no podemos ya comprender el presente a partir del pasado, sino en función del porvenir que nos espera.

 

La divulgación deberá asegurar no una uniformidad de pensamiento (detestable como toda amorfa escalada totalitaria) sino una concordancia de criterios sobre el mundo que habitamos y las perspectivas que le caben.

 

Primera conclusión

Los puntos que componen este trabajo están tan lejos de pregonar la carencia de virtudes de las ciencias (y sus aplicaciones), como de pretender destronar la posición de privilegio de la cual goza después de tan dilatado esfuerzo de siglos.

 

Se quiso, en cambio, llamar la atención sobre la delicadísima frontera existente entre su sano o malicioso empleo. Remarcando que en este último caso será único responsable el propio hombre y sin dejar de advertir que la opción siempre tendrá un carácter moral, ya que las consecuencias de su accionar recaen sobre sus congéneres.

 

La posibilidad de optar le permite acertar y/o equivocarse. Le permite ser mejor o peor, ser bueno o malo, construir el futuro o amenazar su presente.

 

Dice Asimos: “una vez que aprendemos a usar el fuego lo podemos utilizar para cocinar nuestra comida o para quemar la casa del vecino. Usar las ciencias inteligente o enloquecidamente, ésa es la cuestión”.

 

Debe formarse una “inteligencia moral”, no para defender dogmatismos ficticios sino para anteponer la existencia general a todo interés de grupos.

Por último, se tendrá que promover la difusión de los avances en las diferentes materias, concretando una suerte de divulgación masiva, a fin de que la mayor parte de la humanidad entienda el proceso en el que está inmersa.

 

Sin preconceptos, sin misterios, sin falsas ni mezquinas especulaciones, intentando promover los adelantos para DISFRUTE y no para ZOZOBRA del género humano.

En definitiva, el temor no tiene como fuente el elemento destructor sino la ominosa actitud de un ente imperfecto y débil, fácilmente corrompible por el dinero, el poder o el prestigio mundano.

 

Segunda conclusión

 

Estamos ante la tarea inacabada del hombre, que en este siglo de claroscuros –continuando la ardua búsqueda de su síntesis- pretende hallar la exacta medida que le permita progresar, SEGURO de no alertar las cada día más evidentes fuerzas de un drama totalmente innecesario.

 

Sucede que se ha arribado a un punto de rechazo de la propia esencia de la vida: la Natural (al jaquear nuestra supervivencia física) y la Espiritual (al promover una sociedad profana que impulsa a abortar el sentido final de nuestro ser, la trascendencia).

Y sin esencia, ¿qué se puede construir?

 

La ciencia nos da elementos. La técnica los pone a nuestro alcance.

Para muchos, se trata solamente de imponer la omnipotencia de la máquina, la perfección numérica, victoriosa –hasta ahora- sobre la naturaleza y el espíritu.

Pero, un triunfo sin destino humano ni divino.

 

Quizás, sea éste el tan ansiado paso terrestre a la inmortalidad, el de una eterna presencia, el de un estar sin conciencia, como un objeto.

Lejos de su origen y sin final. Lejos de la vida y de la muerte. Lejos de Dios.

 

 

Y, en el último de los casos –y ya sería suficiente- lejos del propio hombre.

 

Rever tamaña perspectiva no es tarea de la ciencia

El hombre, “libre”, debe volver a ser el comandante de su propia historia. Teniendo presente que rescatarse es una de las formas de honrar al enigma filosófico o confesional de su propio origen.

 

 

Luis María Barassi

Katun, inaugurando la página web en la FM Nacional Folklórica