Un buen principio, dos siglos atrás – Período recordado – Enero 2016

enero 1st, 2016

La Independencia argentina tiene una fecha precisa, 9 de julio de 1816. Al iniciar el año del Segundo Centenario de nuestro país, compartimos un estudio sobre lo acontecido en Buenos Aires a partir de aquel año con la enseñanza de la matemáticas.

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      …………..A 200 AÑOS de NUESTRA INDEPENDENCIA………

…………….…ACADEMIAS de MATEMÁTICAS en BS.AS……………….…

 

1.2.2 Academia de Matemáticas del Estado.

La influencia de hombres que, con ideas liberales, arribaron a Buenos Aires después de 1810 –en algunos casos, en razón de su apoyo a la lucha por la independencia de los pueblos americanos y, en otros, debido a los problemas políticos europeos que los obligaron a emigrar debido a la caída del régimen de Napoleón Bonaparte- contribuyó a modificar las opiniones tradicionales de la sociedad porteña con respecto al estudio de las matemáticas.

Felipe SENILLOSA(1790-1858) es uno de esos hombres, en quien se debe destacar su espíritu emprendedor, su tesón para persistir en sus propósitos a pesar de las dificultades que ofrecía el medio social y su criterio práctico para enfocar los problemas que podía observar en su nuevo lugar de residencia.

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Llega a la antigua capital del virreinato en 1815, donde poco tiempo después, con 25 años de edad, funda un periódico –de breve existencia- con un título sugestivo: Los Amigos de la Patria y de la Juventud, del cual sería su único redactor.

En el primer número del periódico reflexiona acerca del estudio de las matemáticas persuadido de su extraordinaria influencia en el desenvolvimiento de la prosperidad del Estado, en particular en aquellos donde la ausencia de maquinarias y la escasez de brazos hace necesario emplear el arte para fomentar la industria.

En su opinión, por este medio se evita tener que recurrir a los productos que suministran los extranjeros. Esta opinión probablemente estaba influida por la frase de Napoleón Bonaparte, quien sostenía que “el avance y progreso de las matemáticas están íntimamente relacionados con la prosperidad del Estado”.

Este razonamiento lo relaciona SENILLOSA con la situación bélica por la cual atravesaba Buenos Aires a consecuencia de la lucha por la independencia. En este sentido sostiene que “la seguridad del Estado requiere que la pólvora, armas y pertrechos de los ejércitos patriotas debían ser fabricados en el país” (Los amigos, 1815).

Agudo observador de la realidad circundante, SENILLOSA también se ocupa con criterio pragmático de las actividades cotidianas de la ciudad. Las norias, mecanismo utilizado en diversas actividades para la transmisión y conversión del movimiento circular, reclama su atención y, en consecuencia, explica que en su mayoría trabajan defectuosamente por tener inclinado el brazo de palanca que acciona el eje vertical, con el consiguiente perjuicio en el rendimiento del sistema y en su vida útil. Pone por ejemplo la noria de la fábrica de fusiles, la cual, por estar perfectamente instalada, podía servir de modelo para corregir los defectos de otras utilizadas en las atahonas para la molienda de trigo.

Las inquietudes prácticas del joven combatiente en los ejércitos napoléonicos, que emigra de España por negarse a aceptar la restauración de Fernando VII, en contradicción con sus ideas liberales, se comprueba con otro ejemplo. En esa época, en la campana bonaerense se utilizaba un caballo que tiraba de una cuerda atada a un balde para extraer agua de los pozos. SENILLOSA recomienda en su periódico que se emplee para esa tarea un torno, el cual resultaría más económico y otorgaría mayor rapidez al procedimiento. El uso de un torno dando vueltas a un cilindro donde se arrolla la cuerda requeriría la sola intervención de un hombre, mientras la caída del balde tendría lugar por la acción de su propio peso.

SENILLOSA en su periódico emite un juicio con respecto al estudio de las matemáticas, que aún mantiene su vigencia en nuestros días, “las matemáticas tienen además la ventaja de rectificar la razón; enseñan a discurrir y aun cuando no tuvieran otra, ésta sola bastaba para hacerlas recomendables” (Los amigos, 1816).

La constante prédica de SENILLOSA para implantar los estudios técnicos dio sus frutos, pues el gobierno, el 20 de enero de 1816, decidió la apertura de una ACADEMIA destinada a la enseñanza de las matemáticas y el arte militar con el sostén del Estado. En el decreto que decidía establecer dicho organismo se señalaba que el estudio de esta disciplina “se ha considerado siempre como el primer y único elemento sólido de la ilustración” (R.O., 20 de enero de 1816).

Este propósito llama la atención, pues el Consulado en ese misma época se encontraba ocupado con la puesta en marcha de un instituto similar, ya que días antes, con fecha 2 de enero, había convocado a tomar examen al sargento mayor Manuel Santos Herrera, nacido en Montevideo, para ocupar el cargo de director de la escuela (Tjars, 1962).

Esta dualidad de acciones por parte del gobierno y del Consulado es difícil de explicar, sólo podría sustentarse en la lentitud del Consulado para resolver el problema de abrir nuevamente la antigua Academia, o a la intención del gobierno de modificar la índole de la escuela, ya que el decreto citado disponía que los alumnos podrían ser “cadetes, oficiales, voluntarios o individuos particulares”, agregando que aquellos que mostraran aplicación en sus estudios serían destinados “con preferencia, bien sea a la milicia o bien a otra carrera civil”. Quizá también influyeron razones políticas o de índole personal, pues el ingeniero Cerviño se había negado a dirigir la escuela del Consulado, mientras por otro lado no compartía las ideas liberales de SENILLOSA, recién llegado a Buenos Aires. En sus Memorias Curiosas, Juan Manuel Beruti apunta que el 22 de febrero de 1816 se estableció en Buenos Aires “la academia de matemáticas y en seguida por el Consulado se ha abierto otra escuela igual en su propia casa consular” (B.M., 1960, p. 3882).

1.2.3. Academia de Matemáticas del Consulado

Cualesquiera fueran las razones, el Consulado un mes después de la decisión adoptada por el gobierno respecto a la enseñanza de las matemáticas, en febrero de 1816, dispuso la creación de otro establecimiento destinado a la misma finalidad. El periódico El Censor daba noticia de su apertura anunciando que podrían inscribirse todos aquellos que supieran “leer y escribir regularmente” (Censor, 15 de febrero de 1816).

La dirección de la nueva escuela era confiada a Manuel Santos Herrera (1783-1835), previo examen de aptitud para el desempeño de ese cargo ante una junta integrada por José Sourriere de Sovillac, Pedro Cerviño y José María Echandía, designando como director adjunto a SENILLOSA (Tjars, 1962, p. 951).

El nombramiento de Herrera dio origen a una polémica, como lo comprueba una carta publicada en el periódico La Prensa Argentina, donde se ponía en duda su capacidad para desempeñar el cargo. El tribunal examinador realizó una nueva reunión donde ratificó su anterior decisión, opinando que Herrera tenía aptitudes para enseñar como director y docente. Éste, al efectuar su defensa respecto a las objeciones que le fueran formuladas, manifestó: “yo confieso que no soy un matemático acabado como usted pretende que sea el que dirija la Academia del Consulado, pero sé lo suficiente para hacerme cargo de su dirección y comunicar a mis académicos los principios más importantes y necesarios” (La Prensa, 30 de enero de 1816).

En otro párrafo de su carta de descargo, agrega a continuación: “Advertiré de paso que si el examen se redujo a aritmética, elementos de álgebra, geometría especulativa y práctica, trigonometría plana, etc., no fue seguramente porque esas partes sean las únicas en que me halle instruido”.

Esta declaración tiene importancia para dar idea de los temas que serían abordados en los estudios de la nueva institución y, en el mes de julio de 1816, meses después de su apertura, se anunciaba que los alumnos se presentarían a rendir examen de aritmética (Gaceta, 13 de julio de 1816).

Con motivo de los exámenes que tuvieron lugar en la Academia, el periódico La Crónica Argentina efectuaba un comentario que merece ser destacado para tener idea de la importancia que se asignaba a este acontecimiento, pues dice al respecto: “Sería ofender las luces del siglo el empeñarse en demostrar la utilidad del estudio de las matemáticas, a sus progresos se debe el adelantamiento en la navegación, arquitectura naval, en la invención y perfeccionamiento de las máquinas; en astronomía, geografía, maquinaria y en fin en todos los ramos de los conocimientos útiles” (La Crónica, 25 de enero de 1817).

Su reemplazante, el profesor José María de Lanz, había nacido en Campeche, México, el 26 de marzo de 1764; estudió de niño en el País Vasco, pasó luego a la armada como guardia marina y luego se trasladó a París para continuar sus estudios de matemáticas. En 1793 adhirió a las ideas de la revolución francesa (Ortiz, 1999).

Sus profundos conocimientos teóricos y prácticos le permitieron publicar un libro titulado Essai sur la composition des machines (Paris, 1808), junto con Agustín Bethencourt y Molina, un matemático e ingeniero español, donde se describían diez clases de mecanismos que podían relacionar diferentes formas del movimiento circular con al movimiento alternativo, dando fundamento a la cinemática.

El arribo de Lanz a Buenos Aires era consecuencia de las instrucciones impartidas por el Directorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a fines de 2014, a Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, para que, al tiempo que desempeñaban una misión diplomática, gestionaran la contratación de profesores europeos que contribuyeran a elevar el nivel de la enseñanza en el país.

Por carta de Rivadavia a Manuel J. García, fechada en París el 1° de febrero de 1816, aquél informaba que, conforme a las órdenes del gobierno, había contratado los servicios de José de Lanz como profesor de ciencias, “sujeto de juicio sólido y de buenos principios” para desempeñarse en el “Empleo de Director y primer profesor” de Ciencias Exactas y Naturales. El profesor francés arribó junto con su esposa a Buenos Aires, portador de una carta donde el enviado argentino recomendaba a García se preocupara por el recién llegado que por “no tener conocimiento alguno en ese país necesita absolutamente de su dirección y auxilio” (Piccirilli, 1943, T.I, p. 362 y T. II, p. 347).

Cuando Lanz llegó para desempeñar el cargo de director y profesor de Ciencias Exactas y Naturales de la Academia de Matemáticas, el Consulado mostró su disgusto por la designación efectuada por el gobierno. Este organismo creado durante la época colonial era independiente en su funcionamiento, pues disponía de un reglamento y un régimen financiero propios, motivo por el cual consideraba una injerencia indebida la intervención del gobierno.

Si bien la función principal que debía desempeñar el Consulado era la protección y fomento del comercio, debía también tomar todas aquellas medidas que considerase necesarias “en beneficio de la agricultura, industria y comercio”. En este sentido se le encargaba la “construcción de buenos caminos”, mantener en condiciones navegables el acceso al puerto de Montevideo y construir un muelle o desembarcadero en Buenos Aires, estudiando el costo de estas obras. No debe extrañar, entonces, la preocupación de esa corporación en contar con personal idóneo para desempeñar esas tareas (Tjarks, 1962, I.T, p. 101).

José de Lanz preparó un reglamento destinado a conducir el funcionamiento de la nueva escuela, en la cual se establecía que los alumnos deberían tener entre 12 y 16 años de edad, saber leer y escribir y conocer las cuatro reglas aritméticas. Por su parte el Consulado seleccionaría los candidatos y los exámenes serían públicos. Otra tarea que emprendió Lanz, debido a la falta de textos en castellano, fue la traducción del francés del libro Elementos de Aritmética de J. F. Lacroix.

Mientras tanto SENILLOSA, nombrado segundo director, mantenía su cargo en la Academia que había fundado con la aprobación del Directorio. El diario El Censor en otra de sus ediciones vuelve a ocuparse de la enseñanza de las matemáticas y bajo el título de Instrucción Pública incluye en sus páginas un artículo donde elogia los estudios que dirige “el caballero Senillosa, joven apreciable por sus conocimientos y amabilidad de carácter”.

Con respecto a la enseñanza señala que está basada en “los principios racionales del inmortal Newton y el célebre Copérnico”, mientras recuerda que la que se impartía antiguamente en Buenos Aires consistía “en un género de ciencia infusa con pretensiones de universal, regida por los principios más extravagantes” (El Censor, N° 54).

La existencia en esa época, en la misma ciudad, de dos establecimientos destinados a la enseñanza de las matemáticas resultaba contradictoria y superflua. SENILLOSA opinaba en su publicación, con respecto a esta situación, que ambos establecimientos debían complementarse entre sí: por ejemplo, uno de ellos podría admitir a los alumnos de menor edad para, luego, continuar los estudios en el segundo una vez que hubieran adquirido los principios de aritmética, geometría y álgebra (Los amigos, 1816).

Este deseo se cumplió en el corto plazo, ya que el Consulado, el 4 de febrero de 1817, debido al retiro de Lanz –dejando vacante la primera cátedra del instituto a su cargo-, acordó la unión de las dos academias, con el correspondiente acuerdo del gobierno. Felipe SENILLOSA tomó bajo su dirección el nuevo organismo resultante de la fusión de los anteriores, percibiendo un sueldo de 1.200 pesos anuales. Una de sus obligaciones sería efectuar el nombramiento de un ayudante seleccionado entre “los discípulos más adelantados y de mayor confianza, para que en calidad de pasante sirvieran en la Academia” (Tjarks, 1962).

En agosto de ese año se llevaron a cabo los exámenes correspondientes al período de enseñanza de marzo a julio, presididos por el Señor Secretario de la Guerra y el Tribunal del Consulado. Los alumnos que se presentaron por el segundo año fueron siete y, en el otro, correspondiente al 1er año, trece. Los temas acerca de los cuales debieron rendir prueba de suficiencia los estudiantes del año superior fueron: aplicación de álgebra a la aritmética y geometría, trigonometría rectilínea y esférica, secciones crónicas y principios de geometría descriptiva, siendo los alumnos Antonio Saubidet, Pedro Bernal, Faustino Lezica, Leonardo González, Avelino Díaz, Marcos Saubidet y Cayetano Cortinas.

En el curso de 1er año rindieron, acerca de la aritmética, propiedades de línea recta y las cuatro reglas del álgebra, los alumnos Benito Nazar, Martiniano Chilavert, José Álvarez de Arenales, Celestino Agüero, Cipriano Quesada, Braulio Bernal, Patricio Basavilbaso, Manuel Valle, Manuel Chueco, José María Achaval, Ángel Saravia, Pedro Viola, José Fortunato Elías y Francisco Balbín (El Censor, 7 de agosto de 1817 y Gaceta, 9 de agosto de 1817).

El director del nuevo instituto en enero de 1919, con motivo de los exámenes anuales, expresó sus ideas respecto a la finalidad que debían cumplir los estudios, más allá de los aspectos prácticos. En un discurso pronunciado en el acto de la celebración decía:

“Unos jóvenes que apenas llevan el tiempo preciso para haber aprendido lo más elemental de la ciencia no tienen pretensiones ni hacen alarde de su habilidad. Cuanto puede esperarse de la instrucción teórica que se les ha suministrado es que hayan cultivado la razón más que la memoria; que sin haberles distraído en dilatadas y confusas explicaciones, que en caso conveniente puede resolver cada uno de por sí, hayan concebido el verdadero espíritu del estudio a que se contraen y no saliendo unos cerviles copistas de los autores que han leído, sean capaces de irse formando en lo sucesivo, entendiendo las más interesantes obras de la facultad” (Gutiérrez, 1915).

Estos conceptos fueron elogiados por Gutiérrez, los cuales constituyen un magnífico ejemplo del criterio racional de SENILLOSA en relación a la enseñanza para librarla del carácter metafísico y discursivo que arrastraba en la ciudad porteña.

En el acto público realizado al año siguiente, con motivo de finalizar la cuarta graduación de alumnos su curso de matemáticas, SENILLOSA aprovechó la oportunidad, al despedirlos, de alentar en ellos el “cultivo de la razón”. En otro párrafo de su alocución donde explaya su pensamiento declara que el estudio de las ciencias exactas era el más conveniente para averiguar la verdad y ordenar las ideas, evitando aquellas carentes de razón, a veces debido a errores de apreciación que podían cometerse al confiar el hombre sólo en sus sentidos (Gaceta, 26 de enero de 1819).

Los disturbios políticos y militares que tuvieron lugar en Buenos Aires durante el año 20 parecen haber interrumpido la labor de la Academia, a pesar de haber anunciado la Gaceta la inauguración del quinto curso a partir del mes de marzo de dicho año.

En conclusión, la Academia de Matemáticas bajo la dirección de SENILLOSA desarrolló sus actividades a lo largo de cuatro años. Como su programa de estudios se cumplía en dos años, habían pasado por sus aulas dos promociones de alumnos que completaron los estudios programados.

Éstos tenían tres propósitos que se deducen de las declaraciones de sus autoridades y de las materias dictadas. En primer lugar, se consideraba conveniente y necesario impartir la enseñanza de las matemáticas a todas las personas que quisieran alcanzar un grado de conocimientos superiores, cualquiera fuera su actividad futura. Luego el conflicto bélico con España requería preparar e instruir oficiales militares que debían conocer esa materia tanto para utilizarla en topografía (ubicación de tropas, construcción de defensas, etc.) como para el manejo de la artillería. Por último, la enseñanza tenía como propósito la preparación de agrimensores, previendo la necesidad de realizar el trazado de pueblos y caminos, la delimitación de terrenos y la confección de planos de regiones aún inexploradas.

El carácter de la enseñanza impartida en la Academia se puede juzgar a través de los textos que se utilizaban con tal objeto, los cuales habían sido redactados por los más prestigiosos profesores de la época en cada tema. Entre ellos se pueden citar a Legendre, en trigonometría; Poisson, en principios mecánicos; Monge, en geometría descriptiva; Ciscar, en cosmografía y principios de astronomía; Bezout, en aplicación del álgebra a la geometría” constituían una sola asignatura (Dassen, 1924).

SENILLOSA, por otra parte, además de sus tareas de profesor, había encontrado tiempo en 1818, para redactar un Tratado elemental de Aritmética compaginado en XXIV lecciones, para instrucción de la juventud, sin duda destinado a sus alumnos, el cual era un texto corto, pero bueno para principiantes; y siete años más tarde dio a publicidad un Programa de curso de Geometría, que fue impreso por la Imprenta del Estado en 1825.

La labor desarrollada en las Academias de Matemáticas y de Dibujo permitió la formación técnica de numerosos jóvenes, quienes años después comenzaron a aplicar los conocimientos recibidos en la solución de los problemas del medio rural y ganadero de la sociedad bonaerense.

La capacitación de estos jóvenes –como no podía ser de otra manera- se debió a la experiencia de hombres provenientes del Viejo Mundo, como Felipe SENILLOSA, y otros que dedicaron sus empeños a la transmisión de sus conocimientos, al mismo tiempo que se ocupaban de tareas concretas de la sociedad en la que vivían.

Es el caso de la Comisión de Caminos formada por iniciativa del gobierno de Pueyrredón, bajo la dirección de SENILLOSA, con la participación de Gregorio Collazo y Martín José González, con el objetivo de efectuar “el arreglo de los caminos para el tránsito de los abastos a la ciudad y la cómoda circulación de los frutos de su campaña”, todo lo cual contribuiría a fomentar la agricultura y reducir los costos de sus producciones.

Los resultados del aprendizaje de los alumnos de los cursos de matemática y dibujo se observarán años después, en particular cuando el gobierno dispuso la creación del Departamento Topográfico y del Departamento de Ingenieros.

El primero de estos organismos tuvo su origen en la Comisión Topográfica designada para estudiar el problema que planteaba la delimitación de tierras y la determinación fehaciente de las propiedades rurales. En dicha labor tuvieron relevante papel los egresados de la Academia, quienes pudieron aplicar sus conocimientos mediante el ejercicio de un empleo remunerado por el gobierno.

Tanto el Departamento Topográfico como el de Ingenieros con las debilidades propias de las oficinas gubernamentales, siempre escasas de recursos económicos y de agilidad debido a la burocracia y las interferencias políticas, permitieron organizar la formación de profesionales de la ingeniería y la agrimensura. Los emprendimientos de obras públicas civiles y militares estuvieron ligados a estos organismos desde los cuales se llevó a cabo el proyecto, dirección o control de los trabajos ejecutados en la provincia durante varias décadas.

1.2.4 Academia de Matemáticas de Tucumán

Cuando Manuel Belgrano, militar por imperio de las circunstancias, se hizo cargo del Ejército del Norte, en 1816, adopta medidas para la organización de una Academia de Matemáticas destinada a instruir adecuadamente a los oficiales para ejercer sus deberes militares.

En carta personal, el 24 de diciembre de 1818, dirigida a su amigo Tomás Guido, le escribe con entusiasmo acerca de esta iniciativa que le brinda una gran satisfacción. “Quiero conversar un poco más con Vd. Y hacerle saber que ya cuenta este Ejército con jóvenes aprovechados de su Academia de Matemáticas, y que les ha entrado con mucho calor a los oficiales el deseo de aprender, en términos que pienso dentro de tres meses, tener una docena de ingenieros que han de haber honor a la Nación” (Guido, 1818).

A esta noticia agrega que ha establecido otra escuela, ésta destinada a dar instrucción a los soldados, escribe: no me contentaré si para el 25 de Mayo no tenemos quinientos hombres lo menos, sabiendo leer y escribir; estoy lleno de gozo al ver a nuestros paisanos aprender con tanta facilidad, lo que antes nos costaba años” (Guido, 1818).

En el funcionamiento de esta academia tuvo singular importancia la intervención de Juan José de Lavaysse, emigrado de Francia, que se incorporó al Estado Mayor de ese ejército. Después de recorrerá las Antillas durante diez años, leyó en la Academia de Ciencias de París una memoria sobre la formación geológica de las islas Trinidad y Cumaná. En 1817 había arribado a Buenos Aires y posteriores se dirigió a Chile, donde en 1822 era director del Museo Natural y del Jardín Botánico (Cutolo, 1968, p. 134).

El joven Juan Crisóstomo Lafinur, luego de estudiar matemáticas con Odonell en Córdoba, a los 17 años se incorporó al ejército del Norte, donde asistió a la Academia en la cual, según su comentario, “se agolpaba la juventud a sorprender a la naturaleza en sus misterios y a fecundar desde temprano el germen de la gloria” (Ghioldi, 1934, p. 41).

Entre otros oficiales concurrentes a las clases de esta Academia se contaba el futuro general Juan María Paz.

(Extracto del libro CIENCIA Y TÉCNICA EN BUENOS AIRES 1800-1860 – Por Juan Carlos Nicolau – Editorial EUDEBA – CAPÍTULO I LOS HOMBRES Y LAS IDEAS páginas 17 a 31)

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