ISASI, Marcelo – Invitado del mes: marzo 2015

marzo 1st, 2015

 

……La APASIONANTE TAREA de ARMAR ESQUELETOS de DINOSAURIOS…….

Marcelo Isasi es conocido nuestro y fue protagonista –junto al Dr. Fernando Novas- del microprograma 242 de La ciencia argentina en la vidriera. Era joven entonces, y lo sigue siendo. Tiene hoy 42 años, comenzó a estudiar la Licenciatura en Biología en la Universidad Nacional de La Plata cuando era muy joven y a su vez, se inmiscuyó –por voluntad propia- en el trabajo cotidiano en la Sección de Paleontología de Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN) asistiendo y colaborando con las tareas de los paleontólogos. Isasi formar parte hoy, y desde hace 15 años, del equipo del paleontólogo Fernando Novas en dicho museo. Desde 2006 es técnico en paleontología (CPA): ingresó como técnico principal, ascendió en el escalafón y en este momento es técnico profesional.

La labor de Marcelo Isasi despierta natural interés. De ahí que nos apoyemos en un informe de prensa enviado por el CONICET, para conocerla bien.

Mi tarea –cuenta Isasi- la realizo en un anexo del Museo, en un galpón con un mural pintado de una escena con dinosaurios y que en el exterior tiene un cartel de madera que en letras talladas dice “Paleocueva”.

Trabajar en este laboratorio es un asombro diario, y preparar cada hueso siempre es un descubrimiento.

En mi lugar de trabajo hay muchos instrumentos de precisión y herramientas varias. Sobre las mesadas de los costados se pueden ver lupas binoculares, lámparas con fibra óptica, martillos neumáticos, minitornos eléctricos y los bloques de roca a medio preparar.

La realidad es que la manera en la que un hueso de dinosaurio llega a Isasi puede ser de lo más fortuita. A veces pasa que alguien encuentra un hueso en un lugar, durante sus vacaciones, en un paseo o trabajando en el campo y luego llaman a los paleontólogos para que investiguen el hallazgo. Pero la otra manera de descubrir fósiles –y que es la más común- es ir de campaña. Yo ya participé en más de cuarenta, y si bien es la parte más dura de mi trabajo también es la más gratificante.

Una campaña puede durar entre diez y veinte días o varios meses. Son situaciones duras de aislamiento, pero también divertidas, adonde están todos los condimentos de las relaciones humanas sumadas a lo extenuante de subir montañas, montar caballos, acampar en la nieve.

Especialmente recuerdo dos: una en la Antártida, que fue la más dificultosa por las características climáticas del lugar: nieve, viento y lugares de difícil acceso; y otra en el Amazonas, en Bolivia: muy especial e interesante. Allí nuestro equipo estuvo doce días durmiendo a la intemperie en la selva, picados por insectos de todos los tamaños y colores, y rodeados de víboras venenosas.

Hubo hallazgos extraños, como el que sucedió un 26 de mayo de 2000. Cuando llegué al Museo, Fernando Novas me informó que tenía que ir de exploración a un lugar cercano e impensado: las excavaciones del subte debajo de la Avenida Triunvirato. No era en un campo ni una montaña; y el lugar adonde se había producido el hallazgo paleontológico era el túnel del subte B.

Los obreros estaban trabajando en la ampliación de la línea, en el barrio porteño de Chacarita, cuando algo los hizo frenar la obra: el hallazgo de restos fósiles de un gliptodonte de un millón de años de antigüedad. Al día siguiente, que era sábado, los diarios titularon así la noticia: “Hallan restos de un gliptodonte en el túnel del subte B, en Chacarita”.

Lo concreto, es que el hallazgo no me tomó por sorpresa. La realidad indica que en los edificios en construcción los huesos de megamamíferos aparecen muy seguido. Y muchas veces la gente no lo declara por miedo a que paren la obra y la construcción se atrase. Pero no se trata de mistificar el trabajo que hacemos. Lo que hacemos es colectar los fósiles de la forma más rápida posible, trasladarlos al laboratorio para su preparación y posterior estudio.

El proceso

Una vez descubiertos los huesos en campaña, se sigue de la siguiente manera.

Se hace el llamado “bochón”, esto es: se enyesan con papel papel y vendas los huesos encontrados para protegerlos y trasladarlos de forma segura, sin que se fisuren. Una vez en el taller –y esta es la parte más linda- se empieza a separar la roca que contiene los huesos de hace millones de años, y a descubrir las situaciones por las que pasó ese fósil.

El siguiente paso se llama preparación. Es un lapso en el que, valiéndonos de lupas, herramientas finas, cinceles y martillos neumáticos, se recupera el hueso. La duración de éste proceso depende de cómo sea su estado: si el hueso está frágil lleva más tiempo recuperarlo; si la roca que los contiene es muy dura también. El primer desafío es quitar el yeso y la roca que rodea a los huesos, y que en realidad hace miles de años se fusionó con el fósil.

Concluida esta preparación –ya con los huesos libres de roca- el investigador recién podrá estudiar cada uno de ellos y ver si amerita que se completen las partes faltantes con el fin de realizar una reconstrucción del esqueleto. Luego se efectúa la moldería de cada hueso, con las cuales se obtienen copias en yeso, resina o poliuretano rígido, y se montan en una estructura metálica que sirve de soporte. Y se finaliza con el pintado de las piezas para simular el color original del fósil.

La exhibición

El Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” tiene una enorme sala de paleontología, con gran cantidad de esqueletos de reptiles mesozoicos. A ella acuden muchas personas; sobre todo niños ávidos de sorpresa y llenos de curiosidad. Pero esto no siempre fue así: el mentor de esa sala de dinosaurios fue José Bonaparte, uno de los paleontólogos pioneros de los estudios de dinosaurios en la Argentina.

En la década de 1980, Bonaparte comenzó a incursionar en la exhibición de la fauna antigua, que desapareció 65 millones de años atrás. Antes de eso, en el museo sólo se exhibían mamíferos de la megafauna del Pleistoceno, una época geológica relativamente reciente que abarca de 2,5 millones de años a 10.000 años de antigüedad.

El primer esqueleto de dinosaurio expuesto en el Museo fue una reconstrucción de un Patagosaurus. Luego vinieron otras especies descubiertas por el propio Bonaparte: el Carnotaurus y el Amargasurus. En coincidencia con lo ocurrido en el resto del mundo, los dinosaurios capturaron más aún la atención del público a partir de 1990, con las películas de Jurassic Park, lo que convirtió a esa sala en una de las favoritas de los visitantes del Museo.

Lo concreto, es que ser uno de los pocos que realiza el proceso de armado de los esqueletos de dinosaurios en la Argentina, me ha permitido visitar distintos puntos de nuestro planeta. Como CPA fui enviado a Génova (Italia), y a diversos países de Latinoamérica, e incluso llegar a Japón, país al que viajé en cinco ocasiones para armar distintas muestras.

Considerada una tarea artesanal, casi artística, Isasi ha merecido el siguiente comentario del Dr. Fernando Novas: “El talento de Marcelo para efectuar la preparación de los fósiles lo convierte en uno de los técnicos más prestigiosos con que cuenta la paleontología”. Y añadió –ya sobre los materiales del rubro de los técnicos en paleontología para trabajar los huesos- que han cambiado: “Hoy se usa poliuretano expandido rígido, más liviano y a la vez fuerte, pero antes las réplicas se hacían de yeso macizo”.

Lo cierto es que la tecnología –muy desarrollada en otras partes del mundo- ya está llegando a la paleontología, a través de impresoras 3D que prometen crear réplicas de huesos de tamaño exacto para la exhibición del museo, sin la limitación en el número de copias realizadas y los materiales y los problemas de almacenamiento de los métodos de fundición tradicionales.

Ante estos avances, Isasi comenta lo siguiente: “El trabajo manual me encanta, pero los cambios que haya serán bienvenidos. Y es así porque, si no nos adaptamos, vamos a terminar como los dinosaurios”.

Como dato complementario, digamos que el informe de prensa del Conicet señala que –de chico- Marcelo Isasi vivía en Quilmes, en una casa cuyo fondo se parecía a un zoológico. Tenía desde víboras hasta lagartos, pájaros y abejas. Isasi recuerda que cuando su padre iba a pescar, lo acompañaba. Y al final del día el pequeño Marcelo llegaba a su casa con animales muertos que encontraba por el camino. Y no sólo eso: luego los enterraba en el fondo de la casa y, con un pincel y un clavo, jugaba a desenterrarlos.

Recuerdo Isasi que hay una serie de hitos en su vida que lo llevaron a esta peculiar profesión que tiene hoy: un abuelo pintor, albañil y excelente dibujante. “Yo siempre le pedía que me hiciera dibujos de animales”, recuerda. Como le gustaba tanto la biología, sus padres lo mandaban a un profesor particular. Y pasado el tiempo, y gracias a las enseñanzas que le brindaron los paleontólogos durante su formación y, en particular, la valiosa gestión del Dr. Novas, devino ya de grande en técnico en paleontología.

Marcelo Isasi – Invitado del mes: Marzo 2015

“La apasionante tarea de armar esqueletos de dinoasurios”

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