EQUIPO ARGENTINO de ANTROPOLOGÍA FORENSE – Invitado del mes: diciembre 2014

diciembre 1st, 2014

Este mes, en el que  se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos, decidimos dedicar la presente categoría de nuestro sitio virtual al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en su aniversario número treinta. Dicho Equipo es una organización científica, no gubernamental y sin fines de lucro, que aplica las ciencias forenses -principalmente la antropología y la arqueología forense- a la investigación de violaciones a los derechos humanos no sólo en la Argentina sino en diversas partes del mundo. Y para concretar nuestra idea, haremos referencia a sendos homenajes. Uno, el más reciente -de noviembre pasado- fue organizado por la UBA; en tanto el otro -llevado a cabo a principios de julio, en la Biblioteca Nacional y en coincidencia con el día de su fundación-  tuvo como representante de los familiares de desaparecidos a una querida amiga de nuestro sitio web, Paula Bombara: bioquímica, divulgadora de ciencia y escritora.

………………………….EQUIPO ARGENTINO de ANTROPOLOGÍA FORENSE…………………….

La función del EAAF es devolver el nombre y la historia a quienes fueron despojados de ambos.

Ver actualización sobre identificación de restos de los estudiantes de México, del 7-XII-14

————————————————————————————————————————————

El homenaje de la UBA

Tuvo lugar en el Auditorio del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex Esma, sigla de la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los centros de detención clandestina, tortura y posterior desaparición durante la dictadura militar que usurpó el poder del Estado entre 1976 y 1983), con la asistencia del titular de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, y del secretario nacional de Derechos Humanos, Martín Fresneda.

En la oportunidad, recibieron el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el señor Daniel Bustamante –en nombre de la institución- y tres de sus fundadores: los antropólogos Luis Fondebrider, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi. Se explicó que la casa de altos estudios había decidido homenajear a dicha institución a 30 años de su creación.

Presidió el acto, el rector Alberto Barbieri, y estuvieron presentes –entre otros-, el vicedecano de la facultad de Filosofía y Letras, Américo Cristófalo, y la titular de la cátedra de Arqueología Argentina, Vivian Scheisohn.

El EAAF nació en la Argentina con la identificación de los cuerpos de las víctimas de la última dictadura. A la fecha, el equipo de investigadores ha permitido la identificación de más de 600 personas desaparecidas en la Argentina. El número llegaba a unas 300 a fines de 2006, en tanto desde ese año hasta la fecha el número llegó a unas 630 personas.

Se explicó que ese aumento se alcanzó en parte por la extensión del ADN como método de identificación de personas –motivado principalmente por el Estado Nacional en apoyo de la política de los derechos humanos- y al lanzamiento de la llamada Iniciativa Latinoamericana para la identificación de personas desaparecidas.

Asimismo, la UBA reconoce su enorme contribución a la formación de numerosos estudiantes y graduados, su trabajo en la mejora de los protocolos forenses nacionales e internacionales, promocionando la transparencia de las investigaciones criminales y la inclusión de peritos expertos independientes en las indagaciones sobre derechos humanos.

Por su parte, y en nombre de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez le entregó a los integrantes de la EAAF una medalla por los 30 años de democracia. Y en este marco, resaltó que “el EAAF construyó una arqueología del rescate, de la recuperación de la identidad y la preservación de la memoria”. Y añadió: “Frente a la incertidumbre de la desaparición, este equipo ha ofrecido resultados concretos, contribuyendo al camino de Memoria, Verdad y Justicia que han consolidado colectivamente todos los argentinos”. Y subrayó: “El EAAF ha aportado 30 años de Verdad”.

En otro tramo del homenaje se señaló que “la ciencia y la tecnología deben estar al servicio de las necesidades populares. En este caso –añadió el titular de la Cámara baja- el EAAF ha demostrado cómo la investigación y el conocimiento pueden convertirse en herramientas imprescindibles en la lucha de los organismos de derechos humanos”.

Reconocimiento internacional

Merece destacarse que, en 30 años, el EAAF trabajó con problemáticas similares a la Argentina en Guatemala, El Salvador, Sudáfrica, Croacia y México.

Así las cosas, como dijo el diputado Domínguez “El EAAF se ha constituido en una referencia mundial en la aplicación de la ciencia a la investigación de violaciones a los Derechos Humanos. Ha traspasado las fronteras internacionales en base al conocimiento, la ética, el esfuerzo y el compromiso. Y es un verdadero motivo de orgullo para los argentinos porque su experiencia representa un ejemplo virtuoso a ser replicada por las organizaciones profesionales”.

La convocatoria más reciente, tiene que ver con el asesinato de 43 estudiantes mexicanos que habían desaparecido en Iguala. Se le hicieron los familiares que necesitaban confiar en alguien para encontrarlos. El nexo, fueron los organismos de derechos humanos mexicanos.

El presidente del EAAF, Luis Fondebrider, es el encargado de coordinar desde Buenos Aires al equipo de diez personas que trabajan en México desde el  5 de octubre último. Un equipo conformado por antropólogos, arqueólogos y especialistas en balística y biología. (*) Ver más abajo ACTUALIZACIÓN de la INFORMACIÓN con fecha 7 de diciembre de 2014.

Fondebrider –antropólogo de 51 años- creó el EAAF junto con otros profesionales en 1984. Lo hicieron para encontrar e identificar a desaparecidos que había dejado la dictadura argentina. Dos años después, el equipo empezó a trabajar en otros países.

(*) Se identifican restos de los estudiantes de México – Los peritos argentinos los hallaron en un basural. 7-12-14

La información consigna que el sábado 6 de diciembre, integrantes de la Normal de Ayotzinapa confirmaron que los restos hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), corresponden a uno de los 43 estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre pasado.

La Normal de Ayotzinapa señaló en su página de Facebook -según revela hoy la prensa argentina-, que el equipo argentino encontró los restos en el basurero del municipio de Cocula (estado sureño de Guerrero), precisando que pertenecen al estudiante ALEXANDER MORA VENANCIO.

Se trata de la primera identificación de uno de los 43 estudiantes que desaparecieron en Iguala (Guerrero) luego de confrontaciones con la policía en las que murieron tres alumnos y tres peatones, según añade la información periodística.

Según testimonios de narcotraficantes detenidos, los estudiantes fueron atacados por la policía según órdenes del entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca. La hipótesis principal apunta a que la misma policía se los entregó al cartel Guerreros Unidos, el mayor de esa zona, también con vínculos con el citado alcalde.

Si bien el gobierno mexicano no había confirmado hasta ayer la noticia, se informó que la Procuraduría General de la República ofrecería hoy una conferencia de prensa.

Recordemos que el EAAF fue convocado por los familiares de los estudiantes para que realizaran el peritaje de manera independiente de las pesquisas a cargo de la Procuraduría General de la República. Esto es, la fiscalía mexicana.

La noticia -publicada hoy en la página 11 del matutino LA NACIÓN, de Buenos Aires- finaliza señalando que “los investigadores pudieron recuperar algunos restos humanos en un basurero y en la orilla del río y los enviaron a un prestigioso laboratorio de la universidad de Innsbruck (Austria) para su identificación”.

Cabe añadir que, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara -donde la Argentina fue país invitado de honor- habló la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, señora Estela de Carlotto. Durante una mesa redonda, informó al público y a la prensa que poco antes se había reunido con familiares y amigos de algunos de los 43 jóvenes desaparecidos en Ayotzinaga, a quienes -confíó la señora de Carlotto- alentó para que “luchen, se hagan fuertes y reclamen su aparición con vida”.

————————————————————————–

Dinámica de trabajo

Ante un requerimiento concreto, los forenses se encargan de la recuperación, el análisis y la eventual identificación de los cuerpos. La búsqueda de los restos humanos se hace a través de testimonios y de la arqueología forense.

Una vez en el terreno, recuperan cuerpos, documentan los hallazgos y los transportan a los laboratorios, donde se reconstruye el perfil biológico y –de ser posible- genético del cuerpo. Luego, esa información es comparada con los datos aportados por los familiares y sus muestras de sangre.

En cuanto a la demora de este proceso, se señaló que hay casos en que se demoran meses, años, y otros que son más rápidos. Fondebrider añadió que todo depende “de la condición de los cuerpos”. Sin embargo, aclaró: “todos los casos son complejos”. Y siguió diciendo: “Nosotros trabajamos con huesos, no con el cuerpo fresco, y un esqueleto tiene menos indicadores que un cuerpo”.

————————————————–

PAULA BOMBARA en el homenaje al EAAF, en la Biblioteca Nacional

Y tal lo prometido, compartimos ahora el mensaje pronunciado por Paula Bombara en el marco del acto celebrado el pasado 2 de julio en la Biblioteca Nacional con motivo del cumpleaños 30 de la institución. Aclaramos que el texto que será transcripto a continuación, fue tomado de un espacio creado por Bombara Desde mi cristal– el cual, explica, nació “para compartir recortes de la realidad que veo, que huelo, que escucho, que palpo, que siento”.

Paula Bombara confiesa allí: “Fue un gran honor que me eligieran como representante de los familiares. Y una gran alegría que luego me dieran tantos abrazos”.

Texto de Paula Bombara

2011, Junio. Hacía frío, estaba con la pava en el fuego cuando sonó el teléfono.

Una voz femenina preguntó por mí. “Soy yo”, contesté. “Mi nombre es Cecilia Ayerdi, soy del Equipo Argentino de Antropología Forense”.

Mientras escuchaba la voz de Cecilia recordé la mañana en el Tornú, allá por 2008, cuando fui a dar mi sangre para que estuviera en el Banco de Datos Genéticos, también la conversación con mi tía paterna para que también aportara la suya y tuve una certeza ganada en los años de bioquímica: si algo malo había pasado con las muestras, sería lo que me diría esa voz a continuación.

Pero no fue eso lo que escuché. Lo que escuché fue que querían que nos reuniéramos en la sede que el Equipo tiene en Plaza Miserere. Me dije que habían encontrado los restos de mi padre. “Bueno,¿cuándo?, contesté. “Cuando quieras”. Quedamos para el jueves 16 de junio a las 14 horas.

Esa charla brevísima, lo que prometía, lo que vendría después, generaron dentro de mí un silencio profundo. Yo estaba convencida de que la restitución, en el caso de mi papá, desaparecido en diciembre del ´75, aún en tiempos democráticos, era prácticamente un imposible. Ya el ir a dar sangre lo hice más como un gesto de apoyo al trabajo del Equipo que por una esperanza individual. Ese llamado me decía que era probable que estuviera equivocada.

Me quedé atrapada en ese silencio. No pude contar a nadie de esta reunión. Ni a mi madre, ni a mi compañero. Se formó, dentro de mí, una necesidad casi física de ir sola a escuchar lo que el equipo tenía para contar. Fuera bueno o malo. Escuchar yo sola.

Ese silencio era un nudo que no me animaba a desatar.

Puedo suponer que todos quienes vivieron la previa a esta reunión sintieron ese nudo. Y que las emociones encerradas tras ese nudo son todas diferentes. Yo podía suponer qué iba a sentir, pero la verdad es que no lo sabía. Una nunca puede prepararse para momentos así.

El jueves 16 me recibieron Mariana Segura y Daniel Bustamante. También estaban Cecilia y me presentaron a Patricia Bernardi.

“Bueno”, dije yo, cuando nos sentamos, “¿lo encontraron?” y cuando vi en sus caras que sí, que la noticia era esa, el nudo se me hizo sonrisa y se desparramó por mí una alegría tan grande, tan grande, que aún ante los detalles más difíciles de contar yo no podía dejar de sonreír. Mientras me contaban y yo iba preguntando dónde, cuándo, cómo, por qué y exclamaba “qué increíble, qué terrible” a cada dato, no se me borraba la sonrisa.

Mariana y Daniel me miraban, se miraban, sonreían. Estaban alertas, muy atentos a lo que estaba pasando. Tal vez esperando que asomaran las lágrimas, o estallara de algún otro modo pero yo no sentí angustia en ese momento, no sentí nada que llevara al llanto, sentí una alegría difícil de transmitir, como localizada, como si una zona del cuerpo que tenía fría desde hacía 35 años empezara a irradiar calor. Ganas de abrazar, de reír, en fin, lo que sucede cuando uno se reencuentra con quien ama y extrañó tanto tiempo. Les dije algo absurdo que no recuerdo bien, algo como “perdón que no llore pero estoy recontenta”.

Les pregunté todo lo que venía preguntándome desde mis tres años, cuestiones reelaboradas noche tras noche tantos años. Preguntar sin hallar respuestas es lo que, supongo, me llevó a estudiar bioquímica y también, me llevó a escribir. Por fin había respuestas y las voces, ya relajadas, de Mariana y de Daniel, me impulsaban a preguntar más y las respuestas de ellos no se agotaban.

En esa sala de la casa del Equipo se esfuman muchas incertidumbres añosas y toman forma muchas certezas. Me fui con una sonrisa llena y dejé abrazos que esperé transmitieran mejor que las palabras mi agradecimiento.

Busqué un ciber y llamé a mi mamá. Le conté. Se enojó porque había ido sola pero ¡yo estaba tan contenta!, pude explicarle y entendió. A los pocos días volví al EAAF con ella.

Sólo cuando tuve mis respuestas, los restos de papá y escuché la sentencia a cadena perpetua en el Juicio al V Cuerpo del Ejército de Bahía Blanca, pude comenzar a despedirme de él.

Comenzó otra etapa de mi vida. Difícil, porque la incertidumbre ya es parte de mi personalidad. Y de pronto, aquellas nebulosas de dudas que venían por la noche, como a otras personas se les aparecen rezos, ya tenían respuestas… Y yo no podía dormir sin mis preguntas.

Los vacíos, que estaban tan bien acomodados que no los sentía, se llenaron. Y molestaban, me sentía como con un cuerpo “chingado” que a veces me apretaba de sisa y otras me pinzaba la espalda. La gran alegría inicial, el alivio que da saber la verdad, fueron dando paso al duelo tan postergado, que no sé si ya terminó de pasar o aún sigue pasándome.

Dejé de ser la hija de un desaparecido para ser la hija de un des-desaparecido, como tan bien definió ese estado Martha Dillon. Me sentí y me siento muy afortunada. Mi padre fue uno entre seiscientos y contando. Hoy sus cenizas descansan en la Iglesia de la Santa Cruz, bajo una mata de alegrías del hogar que sembramos entre muchos de los que lo quisimos.

Y algo más, otra dimensión de esto: mis hijos vivieron todos mis estados de ánimo durante la restitución y surgieron preguntas. Algunas graciosas, como si podían llevar los huesos del abuelo a la escuela. Otras de mucha ternura, como que ahora podíamos hacer upa al abuelo. Y otras profundas que me dieron una idea del tamaño de su pérdida. A ellos les falta un abuelo. Les falta el abuelo Daniel. Ellos participaron del entierro de las cenizas y de la sentencia del Juicio al V Cuerpo del Ejército. Ellos ahí, con las manos sucias de tierra cuando sembramos las cenizas. Es un recuerdo muy fuerte.

No voy a decir lo grandioso, profundo e interesantísimo que me parece el trabajo del EAAF, tanto desde lo científico como desde lo poético, porque a ellos no les gusta que se los destaque así. No estoy diciendo nada de eso en estos momentos. Y ustedes no lo están escuchando, por supuesto, pero quiero agradecerle a todo el equipo esa dimensión de la restitución: haber posibilitado que mis hijos crezcan con su abuelo Daniel des-desaparecido. Cuando llegue el momento en que me hagan preguntas al respecto, no habrá incertidumbres.

Gracias por la invitación a hacer público mi afecto, mi agradecimiento y mi profunda admiración. Ojalá sucedan muchas otras restituciones. Ojalá sucedan todas las restituciones. Ojalá encontremos a los que nos faltan.

Paul Bombara

——————————-

10.3.14

Mi primer mural y un recuerdo que se acomoda

Fin de semana en la ex-ESMA, junto a unos treinta familiares tan afortunados como yo. Nucleados en la nueva casa del Equipo Argentino de Antropología Forense, para pintar un mural que custodie/proteja/guarde el banco de sangre.
Con nuestra coordinadora, Claudia Bernardi, pensamos, dibujamos en tiza, reforzamos en marrón clarito y luego  pintamos, pintamos y pintamos, 8 horas el sábado y otro tanto hoy. Paramos apenas un ratito para almorzar. Terminamos, aplaudimos y luego hablamos sobre el recorrido del mural.
El resultado es una secuencia de emociones increíble, colorida, significativa, plurimetafórica que nos representa a todos y a todas.
Árbol de vivencias-laberinto-rompecabezas-historias-rayos y estrellas-abrazos-identidad-justicia social y otro árbol, de sueños y de vida, mucha vida nueva.
Ya subiré imágenes (pintar, pintar y pintar implica no fotografiar, je, pero hay quienes me prometieron fotos dentro de unos días).
Además de la gran experiencia de pintar mi primer mural, compartí historias, turrones, sonrisas, decisiones, berenjenas en escabeche, ideas y tanto más con personas que disfruté conocer, a las que me siento unida por la vivencia profundísima de recuperar los restos de nuestros padres, madres, tíos, tías, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas. Gracias Amalia, Camila, Estela, Alicia, Federico, Manuel, Andrea, Ivana, Munú, Rocío, Galatea, Gustavo, Eva, Pilar, Ana, María, Juan, Clarisa, Soledad y tantos otros y otras cuyos nombres se me cruzan con formas y tonos del mural.
Soledad me puso un apodo: “transition woman” porque, -oh, qué cosa- a todos les gustaba mi modo de conectar colores y formas difíciles de unir. Hice enredaderas, flores, aguas, entramados de pinceladas y, junto a varias compañeras, un hermoso, hermoso, hermoso árbol de la vida.
No me di cuenta del paso del tiempo hasta que Claudia dijo que en 20 minutos había que resolver lo poquito que faltaba.
Lo logramos. Lo hicimos.

Paula Bombara

——————————–

El mural del EAAF


Para que se den una idea, aquí una composición del mural, chiquito para que entre. Tendrán que ir hasta la ex-ESMA para valorar su tamaño (es bastante grande y eso no se aprecia aquí)Luego del laberinto hay una puerta de doble hoja. El rompecabezas, como ven, funciona a uno y a otro lado de la ventana. El ángulo de cambio de paredes lo llenamos de estrellas para que se “borrara” a la vista. Mis transiciones se ven en la entrada del laberinto, en la aparición de los rayos, en el pasaje por arriba del cielo al fondo amarillo del abrazo y en el pasaje por debajo del abrazo al árbol, con esa enredadera que se hace raíz. La guarda inferior, de agua que fluye, es idea mía pero ahí no puse pinceladas, sí en el árbol de la vida y sus elementos. Un poco en las raíces, bastante en el tronco y mucho en los elementos de la copa. ¡Ojalá les guste tanto como a todos los que lo hicimos!

Paula Bombara

———————————

Restos de desaparecido bahiense serán trasladados a destacada parroquia

Se trata de Daniel Bombara, la primera víctima de terrorismo en el país. El militante de la Juventud Universitaria Católica descansarán desde hoy en la capilla de la Santa Cruz.

Los restos de Daniel Bombara, el primer desaparecido por el terrorismo de Estado en Bahía Blanca, descansarán desde hoy en la parroquia de la Santa Cruz. Militante de la Juventud Universitaria Católica y luego de la Juventud Peronista, Bombara fue secuestrado a fines de 1975 y torturado hasta la muerte por militares y policías bajo el mando del general Jorge Olivera Róvere. Para encubrir el crimen trasladaron el cuerpo a 700 kilómetros, lo quemaron, e inventaron una fábula que difundió La Nueva Provincia, diario que la Justicia investiga por su “comprobada campaña de desinformación y de propaganda negra”, según el tribunal que condenó al primer grupo de represores bahienses. En 2011, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Bombara en una tumba sin nombre de un cementerio de Merlo. “Viví durante 12.953 días en estado de incertidumbre”, resumió entonces su hija Paula. “Lo iré desdesapareciendo con mi amor y el de mi mundo de afectos”, dijo. Por decisión de Paula y de Andrea Fasani, la esposa de Daniel, sus cenizas serán enterradas hoy en la iglesia de la Santa Cruz. El homenaje, que incluirá una misa del padre Carlos Saracini, es a las 19 horas en la parroquia de los pasionistas, en Urquiza y Estados Unidos. Bombara estudió en el colegio Don Bosco y siguió el Profesorado de Psicología en el instituto Juan XXIII, de los salesianos. Presidió el Grupo Misionero Bahiense, militó en la Juventud Universitaria Peronista y en el frente barrial de la JP en Villa Nocito. En 1970, los servicios tomaron nota del militante de 19 años que al frente de una asamblea repudió a dos marinos que le sacaron el micrófono de las manos al sacerdote Duilio Biancucci mientras leía una carta de otro religioso para desmentir acusaciones de subversión y comunismo. Los estudiantes del Juan XXIII, en un comunicado que firmó Bombara, se solidarizaron con el cura y “con la doctrina social de la Iglesia, que sin fanatismos ni compromisos dudosos realiza, a pesar de ciertos opositores, su auténtico compromiso evangélico”. La directora del diario bahiense, Diana Julio de Massot, ya pedía sin reparos “que alejen de las filas del clero a esos falsos profetas que difunden su nefasta prédica desde los propios seminarios, universidades, movimientos y grupos católicos”. Los grupos locales enfrentaban a La Nueva Provincia: “Se oponen sistemáticamente a toda manifestación en pro de la justicia social y emplean para ello todos los recursos, incluso aquellos que nos atrevemos a considerar inmorales”, advertían a fines de 1970. Los años siguientes fueron para los jóvenes cristianos de intensa militancia e incluyeron atropellos policiales en casas parroquiales y allanamientos y atentados de grupos anticomunistas contra pensionados católicos. Después de la primavera camporista llegó la violencia política a gran escala, el pase a la clandestinidad de Montoneros y el aumento de la represión paraestatal. En Bahía Blanca se combinó con los crímenes de las patotas sindicales que respondían al diputado Rodolfo Ponce y luego al rumano Remus Tetu, interventor de la Universidad Nacional del Sur y columnista del diario de los Massot. El 15 de diciembre de 1975, a diez cuadras del Cuerpo 5 de Ejército, Montoneros emboscó a una camioneta militar para conseguir armas. En el operativo murieron el cabo primero Bruno Rojas y el soldado René Papini, que intentaron repeler el ataque. Dos de los cuatro conscriptos que viajaban en la caja declararon ante el juzgado militar que los hicieron bajar y les dijeron “la cosa no es con ustedes, a la cabina le tiramos porque empezaron a tirar”. Los otros dos admitieron que salieron corriendo. Dos semanas después, mientras todas las fuerzas patrullaban la ciudad, militantes de la JP salieron a los barrios a repartir volantes en los que reivindicaban la obtención de “las armas del ejército represor”. A las 6.15, según el acta sin firmas que la policía bonaerense elevó a Olivera Róvere, “personal policial” detuvo “sin resistencia” a dos mujeres y a Bombara, que se trasladaba en su Aurorita roja. “Me suben a un patrullero y nos vendan, a mí con un pañuelo de seda que llevaba en la cabeza y que años después quemé”, recordó treinta años después Laura Manzo. El primer interrogatorio fue en la Unidad Regional 5 de policía. “Horas después nos sacan y nos llevan a un lugar apartado, abierto, sin casas, con mucha tierra. Lo recuerdo porque en un momento se me cayó la venda y vi el horizonte”, describió. “Me arrancan la campera y nos hacen desnudar, siempre vendados, y empiezan las torturas. Me atan al elástico de una cama con correas de cuero, de pies y manos, y nos pasan la picana por todo el cuerpo”, agregó. “Tipo seis o siete de la mañana nos tiran en la caja de una camioneta, siempre vendados. Yo dije ‘nos van a matar’, lo dije fuerte. Daniel se quejaba mucho del dolor. A Daniel le pegan mucho más por esas cuestiones machistas de los militares. Cuando nos reparten en comisarías lo escuchamos por última vez”, precisó Manzo a Página/12. El 4 de enero de 1976, bajo el título “Robaron ayer el cadáver de un extremista”, La Nueva Provincia publicó la historia inventada para encubrir el asesinato. En base a “fuentes autorizadas” y “voceros policiales” informó que el día anterior a la madrugada “un grupo armado interceptó” a una ambulancia que iba desde la cárcel hacia el Hospital Municipal. Los atacantes redujeron a los policías y “se apoderaron de un cadáver que era conducido en el vehículo”, publicó. “Pese al hermetismo oficial”, las fuentes amigas les dijeron que se llamaba Daniel Bombara y tenía 24 años. La historia relatada en los sumarios policiales es tan inverosímil que hasta La Nueva Provincia evitó retomar el caso. El primer sumario, por “intento de fuga”, fue para justificar las “heridas” que derivarían en la muerte. Sostiene que el 1º de enero a la noche, esposado y acompañado por tres policías, Bombara abrió la puerta de un patrullero y se tiró al asfalto. Para justificar la falta de testigos apuntaron que “circulaban vehículos en distintas direcciones” pero “ninguno detuvo su marcha”. El segundo sumario es por el “atentado a la autoridad y daño” que produjeron los “12 a 15 NN desconocidos” que tirotearon a la ambulancia para robar un cadáver con el curioso objetivo de desaparecerlo. El encubrimiento posterior estuvo a cargo del Poder Judicial. En apenas un mes el juez Guillermo Madueño desistió de buscar a los “desconocidos” ladrones de cadáveres y archivó la causa con el visto bueno de la fiscal María del Carmen Valdunciel de Moroni. El 28 de abril el juez y su secretario Hugo Sierra fueron a la cárcel de Olmos a indagar sobre el caso Rojas-Papini a las dos mujeres secuestradas con Bombara. Manzo se sobrepuso al terror y denunció que había sido capturada “por personas de civil” y “conducida en un patrullero hasta un lugar que no pude determinar y allí, con los ojos vendados, sometida a toda clase de torturas”. Agregó que “para evitar los castigos contestaba a todo afirmativamente” y que escuchó en cautiverio la voz de “otra persona que, igual que yo, había sido detenida”. Madueño & Sierra, que tenían los nombres de los policías en las actas policiales y que ese año archivarían todas las causas por los fusilamientos que el Ejército y La Nueva Provincia informaban como “enfrentamientos”, hicieron oídos sordos a la denuncia de torturas. El ex secretario que hasta 2011 enseñó derecho penal en la UNS simuló ignorar el relato de las torturas pero no la declaración arrancada a fuerza de picana. En agosto de 1976, mientras el juez analizaba la situación de un militante de la JUP, Sierra le recordó que su nombre figuraba en una declaración “no firmada por el declarante ni por los funcionarios interrogantes”, léase los asesinos de Bombara. Madueño murió en 2010 y pasó sus últimos diez meses preso. Sierra tiene procesamiento firme y será juzgado en los próximos meses. No hubo noticias del paradero del cadáver de Bombara hasta junio de 2011, cuando el EAAF identificó sus restos en una tumba sin nombre del cementerio de Santa Mónica, en Libertad, partido de Merlo. Bombara ocupó la sepultura “ME-K-2-123” hasta noviembre de 2009, cuando lo exhumaron los antropólogos. De los registros del cementerio surge que el cuerpo “carbonizado y politraumatizado” apareció en “Ruta 1003 y Pereyra” el 5 de enero de 1976, al día siguiente de la fábula que publicó La Nueva Provincia, diario que el tribunal oral ordenó investigar como responsable de una “comprobada campaña de desinformación y de propaganda negra, destinada no sólo a imponer la versión de los victimarios sino principalmente a colaborar en la creación de un estado tal de anomia legal en la sociedad que permitió el ejercicio brutal de violencia irracional y desatada por parte de la estructura estatal”. “Viví durante 12.953 días en un estado de incertidumbre. No podía dar respuesta a una pregunta básica: ¿adónde está papá? Crecí con ese dolor y construí mi vida alrededor de incontables respuestas ficticias a esa pregunta. No es fácil crecer con un padre desaparecido. Crecí sin seguridades, sin calma, con miedo y dolor”, les explicó Paula a los jueces que luego condenaron por el asesinato de su padre a los coroneles Walter Bartolomé Tejada y Jorge Horacio Granada. “Papá me dejó poemas donde habla de un mundo lleno de paz y alegría, un mundo más justo. Siempre he tratado de sembrar eso en mi vida y entre quienes me rodean”, explicó Paula, escritora de literatura infantil que contó su historia en la novela El mar y la serpiente. “Lo tuve tres años, pero en ese tiempo supo transmitirme que el valor de la vida está en poder estrecharnos en un abrazo. Y nuestra sociedad será mejor cuando la impunidad se acabe y la justicia nos abrace a todos por igual”. Fuente: diario Página 12

——————————————

Grupo Editorial Norma

“El mar y la serpiente”, el relato de una niña sobre su padre desaparecido

La novela de Paula Bombara es el relato en primera persona de una niña que se pregunta por qué desapareció su padre. Y en esa narración también aparece la relación con la madre, llevando esa ausencia. En la composición del personaje “fue importante lo que mi historia personal tiene en común con el relato de otros hijos de desaparecidos, dijo Bombara.

Por Juan Manuel Mannarino

“Papá se fue en bici. Papá se perdió. Digo, ¿papá se perdió? Mamá me mira. No habla. Le cae mucha agua de los ojos. Digo, no llores, mami. Digo, ya va a encontrarse. Me duele la panza. Pero no lloro”. El fragmento pertenece a “El mar y la serpiente” (2005), de Paula Bombara, un relato en primera persona de una niña que se pregunta por qué desapareció su padre. En “Una muchacha muy bella” (2013), de Julián López, se recreaban los momentos compartidos de un niño con su madre antes de que fuera secuestrada y desaparecida por los militares. En la misma tónica de intimidad, Bombara retrata la relación de una nena con su madre, agigantada por una sombra que crece hasta convertirse en una certeza: la ausencia del padre.

La novela, escrita en una prosa que funciona como bloque de versos, cuenta el desconcierto en la mirada de una niña de tres años que ve cómo su madre guarda ropa y juguetes en un bolso, nerviosa, escapando hacia la casa de los abuelos. “¿Dónde está papá?”, es la pregunta que nunca deja de sonar. “Papá salió. Papá está trabajando. Papá ya regresa. Papá, no sé. Papá se perdió en bicicleta”. El clima de desasosiego atrapa a la familia. Madre e hija se refugian en el mar.

“Me gusta cuando mamá se mete a lo hondo conmigo y me hace upa en el agua y me hace dar vueltas en el agua y me ayuda a saltar las olas. Me gusta cantar fuerte y escaparme de las olas. Lástima que papá no vuelve”, dice la niña narradora. De allí en más, el tono es triste. “Mamá dice, papá se murió. Mamá tiembla. Mamá dice, no lo vamos a ver más porque se murió. Mama dice, tu papá te quiere un montón, ahora te mira desde el cielo”. El padre fue secuestrado, desaparecido por la Triple A en 1974.

Paula Bombara nació en Bahía Blanca, en diciembre de 1972. Es bioquímica y empezó a escribir ficción en el taller literario de Susana Cazenave de Rodríguez. Como narradora, Bombara se mueve entre la literatura para niños y jóvenes y la divulgación científica. En el 2000 publicó sus primeros cuentos en unos libros de lectura de Santillana -llamados “Libromanía”- dirigidos por Graciela Pérez Aguilar y Silvia Schujer. En 2003 fue convocada por la editorial Eudeba para desarrollar una colección de libros de divulgación científica para niños: así nació la colección “¿Querés saber?”, que cuenta con más de 25 títulos. “El mar y la serpiente” es la primera de sus seis novelas.

“Es un relato que me llevó cinco años. Por ser la primera, me costó mucho encontrar el cómo contar. Hice varias versiones y cada una era diferente de la anterior. Está basado en mi historia pero también fue muy importante para la composición del personaje lo que mi historia tiene en común con otros relatos de hijos de desaparecidos. Por eso la niña protagonista no tiene nombre. De algún modo intenta representarnos a todos”, dijo Bombara a Infojus Noticias.

Colaboradora de Abuelas de Plaza de Mayo y militante de Hijos Bahía Blanca, prefiere hablar de la tensión entre ficción y realidad antes que privilegiar lo autobiográfico. “Desde mi lugar de autora –reflexionó- prefiero no pensar en límites y abrirme a todas las posibilidades, sea cual sea el período histórico que esté en juego en mi texto. ´El mar y la serpiente´ cumplirá su primera década el año próximo y sigue ganando lectores aquí y en otros países. Es una novela que nunca deja de regalarme buenos momentos”.

La voz infantil es el centro del relato. Después del secuestro de su papá, la niña reaccionará con enojo ante los adultos y cuando su madre le dice que se irán a vivir a Buenos Aires, se opondrá tenazmente. La vida en la gran ciudad, en los ojos de la pequeña, es ajena: los edificios son feos y no hay playa ni mar. “Mamá se ríe, está contenta porque estudia en Buenos Aires. Para adentro estoy enojada, pero me gusta cuando mamá se ríe”, dice. De repente, la niña queda sola. “Se fue. Se la llevaron unos hombres. Me dejó con estos tíos viejos de la ciudad que ni sé quiénes son”, cuenta, en una orfandad que se convirtió en absoluto desamparo: los militares secuestraron a su mamá. Le duele la panza, no come, está “llena de agua”. “Ella”, la madre, será el gran interrogante, reemplazando al papá. Pero será por un breve lapso: al poco tiempo, la madre vuelve al hogar. El que nunca regresará es el papá.

La novela está estructurada en tres partes –“La niña”, “La historia”, “La decisión”-, y hay una elipsis clave. Ocho años después de la aparición de la madre, hablan sobre lo que había estado oculto, como un secreto. La hija no recuerda que también fue secuestrada: que unos militares armados se la llevaron junto con su madre, que le permitieron llevar un gato que su mamá le había regalado y que al día siguiente la llevaron con sus abuelos. Allí vivió durante dos meses mientras su mamá permanecía secuestrada y sufría la tortura: en ese tiempo la niña creía que su madre también había muerto. La niña pronto será adolescente. Hay un diálogo que representa la distancia entre ellas.

  • Decime
  • ¿Por qué desapareció mi papá?
  • Ya te conté
  • ….
  • Éramos militantes…muy jóvenes…queríamos cambiar las cosas.
  • Él se arriesgó, se fue a repartir unos volantes un día peligroso.

La hija dirá: “Yo entiendo lo de la militancia y todo eso pero ¿por qué se fue? ¿no sabía que era peligroso lo que hacía? ¡qué tipo cabezadura! ¿Por qué no se quedó conmigo?”.

Luego, en el secundario, le tocó hacer una redacción sobre los desaparecidos. “Son 30 mil personas con 30 mil historias que no pueden contarnos (…) Extraño a mi papá. Sí. A mi papá lo hicieron desaparecer de una esquina. Crecí pensando que me había dejado porque yo no era importante, porque no valía lo suficiente. Pero me equivoqué. Ahora creo que lo entiendo”.

Los efectos de lectura de “El mar y la serpiente” han sido amplios. “Gracias a la novela he conversado con mucha gente que conocía a Daniel, mi papá. Gracias a ella se han acercado a mí muchos familiares de desaparecidos a contarme que esta novela les sirvió para hablar con la verdad en las miradas”, dijo Bombara, quien se reencontró con la historia de su papá cuando el Equipo de Antropología Forense (EAAF) encontró los restos. “Después, cuando escuché la sentencia a cadena perpetua en el Juicio al V Cuerpo del Ejército de Bahía Blanca, pude comenzar a despedirme de él. Comenzó otra etapa de mi vida. Y de pronto, aquellas nebulosas de dudas que venían por la noche, como a otras personas se les aparecen rezos, ya tenían respuestas. Los vacíos se llenaron”.

Bombara, que colabora en la revista infantil “PIN” y en 2012 fue la creadora del Concurso “Twitter-Relatos por la identidad” organizado por Abuelas de Plaza de Mayo, dijo que dejó ser la hija de un desaparecido para ser “la hija de un des-desaparecido”, como definió la periodista Marta Dillon. Así lo vivió la autora de “El mar y la serpiente” en la intimidad de la familia: “Me sentí y me siento muy afortunada. Las cenizas de mi padre descansan en la Iglesia de la Santa Cruz, bajo una mata de alegrías del hogar que sembramos entre muchos de los que lo quisimos. Y algo más, otra dimensión de esto: mis hijos vivieron todos mis estados de ánimo durante la restitución y surgieron preguntas. Algunas graciosas, como si podían llevar los huesos del abuelo a la escuela. Otras de mucha ternura, como que ahora podíamos hacerle upa al abuelo. Y otras profundas que me dieron una idea del tamaño de su pérdida. A ellos les falta un abuelo. Les falta el abuelo Daniel. Ellos participaron del entierro de las cenizas y de la sentencia del Juicio al V Cuerpo del Ejército”.

————————

 

 

 

 

 

 

 

Entry Filed under: Columnistas

Leave a Comment

Required

Required, hidden

Some HTML allowed:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed