HOLMBERG, Eduardo – Personaje del mes: junio 2012

junio 1st, 2012

 

Holmberg breve

Eduardo Ladislao Holmberg nació en Buenos Aires en 1852. Fue un destacado naturalista que se desempeñó con éxito, además, como escritor y hombre público. Creció en el seno de una familia de hombres que amaban las plantas, por lo que heredó la pasión botánica de su padre y abuelo, pero que él extendería a todas las ciencias naturales. Se recibió de médico en 1880, pero nunca ejerció la profesión porque le repugnaba ganar dinero gracias al dolor ajeno. Se dedicó a la botánica, la zoología, la mineralogía y la geología, en tiempos en que, según él mismo decía, la zoología era tarea de carniceros, la botánica de verduleros y la mineralogía de picapedreros.

En 1872 en la misma época en que iniciaba su actividad científica con un viaje por el sur argentino, cuyos resultados publicó en la obra Viajes por la Patagonia, comenzó también una intensa y exitosa actividad literaria. Fue incluido en la llamada generación del ’80; positivista, que en él fructificaría de un modo original, ya que fue el creador en la Argentina de un género que se consolidaría medio siglo más tarde: el del cuento fantástico, y específicamente de ciencia ficción. “Horacio Kalibang” fue un notable primer paso en la construcción de una literatura nacional con definidos rasgos especulativos.

Algunas de sus novelas fueron publicadas como folletines. También se destacó por sus ensayos, estudios sobre arte y poemas, con lo que queda demostrado que fue un hombre múltiple, a quien ninguna actividad creativa le resultaba indiferente. Entre sus obras pueden destacarse “Viaje maravilloso del señor Nic-Nac” (1875), “La pipa de Hoffman” (1876), “Horacio Kalibang o los autómates” (1879). “Viaje por la Patagonia” (1872), “Dos partidos en lucha: fantasía científica” (1875); “Resultados científicos, especialmente zoológicos y botánicos de los tres viajes llevados a cabo en 1881, 1882 y 1883 a la sierra de Tandil”, (1884-1886), “Flora de la República Argentina” (1895), “La bolsa de huesos” (1896), “Olimpio Pitango de Monalia: edición príncipe” (1991), “Cuentos fantásticos” (1994).

Como dominaba varios idiomas se permitió traducir los Documentos del Club Pick-Wick, de Dickens, uno de sus autores preferidos. Entusiasta impulsor de las ciencias naturales, fue el primer profesor de Historia Natural que hubo en la Argentina y desarrolló esta tarea a lo largo de 40 años.

Eduardo Ladislao Holmberg murió en 1937. Había llegado a formar parte de la Sociedad Científica Argentina y fue presidente honorario de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

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Eduardo Ladislao Holmberg, entre las letras y las ciencias

Eduardo Ladislao Holmberg, fundador del Jardín Zoológico de Buenos Aires.

En la última Feria Internacional del Libro que se realizó hace poco en Buenos Aires, concurrí a una conferencia que trataba sobre “el Arte y las Ciencias”. Allí se me ocurrió la idea de plasmar la siguiente noticia biográfica, sin mayores pretensiones que presentar a Eduardo Ladislao Holmberg como un naturalista polifacético preocupado por la divulgación de las ciencias naturales en la Argentina de fines del siglo XIX. Es que la ciencia como el arte o viceversa nacen de una misma raiz troncal común,  pasión sublime y sentimental que pocos seres humanos saben administrar adecuadamente. Holmberg supo cultivar ambas pasiones y llevarlas unidas durante toda su vida.

Eduardo Ladislao Holmberg, nació en el seno de esta capital, en la calle Viamonte entre Florida y Maipú un 27 de junio de 1852.

Su abuelo por línea paterna había sido un militar austríaco-alemán. Llegó a Buenos Aires en una fragata inglesa en la que también venía don José de San Martín y participó en las batallas de nuestra independencia junto a Belgrano. La madre de nuestro biografiado fue Laura Correa Morales y su padre Eduardo Wenceslao, quién también siguió la carrera militar destacándose al lado de Lavalle, por lo que tuvo que exiliarse a Chile junto a Sarmiento en 1831 mientras gobernaba Rosas.

Desde niño Holmberg tuvo una atracción especial por la naturaleza. Su familia disponía de un gran espacio natural delimitado por calles Santa Fe, Las Heras, Scalabrini Ortiz y Julián Álvarez dentro de esta capital, allí por aquellos años se cultivaban distintas especies de flores arbustos y árboles por lo que las aves, los insectos y las mariposas estuvieron siempre al alcance de su mano. Sus propias palabras reflejan el amor y la sabiduría por la naturaleza “La proximidad del Río de la Plata, con su vegetación natural y esas frondosas quintas, contribuían al desarrollo de una riquísima fauna, en que solo las aves se hallaban representadas por más de doscientas especies”. Además su abuelo poseía una importante biblioteca en la que no faltaban los libros de historia natural.

Los estudios primarios los hizo como pupilo en la escuela de don Francisco Reynolds, allí estudió casi a la perfección las dos lenguas vivas más importantes de mediados del siglo XIX, el francés y el inglés. Luego aprendió latín con el famoso profesor Larsen.

Entre 1872 y 1886 Holmberg realizó una serie de excursiones relacionadas con las ciencias naturales destacándose “Viaje a la Patagonia, “Viaje  a las provincias del norte”,  “Una excursión por el río Luján”, “Viajes a las sierras de Tandil y de la Tinta”, “Viaje a la sierra de Cura-Malal”, “Viaje al Chaco” y “Viaje a Misiones. La mayoría de esos viajes fueron publicados en prestigiosas revistas de ciencias, presisamente hablando de ello, digamos que en 1878 fundó con su amigo Enrique Lynch Arribálzaga la revista El Naturalista Argentino, primera en nuestro país que trató temas de ciencias naturales a nivel divulgativo. Su importancia cruzó las fronteras y pronto llegaron pedidos de suscripción, entre ellos el Instituto Americano de Berlín o el Museo Británico y la Biblioteca de Washington. Además creó junto a otros naturalistas de su tiempo la revista Physis que lamentablemente dejó de publicarse en el año 2007.

Durante nás de cuatro decadas Holmberg se dedicó a la enseñanza de las ciencias naturales, él mismo se vanaglorió en el Congreso de Historia Natural realizado en Tucumán en 1916 expresando su satisfacción de ser el primer argentino que enseñaba Historia Natural, y también el que dentro de sus clases utilizaba ejemplos argentinos.

En 1880 con 28 años de edad se recibió de médico, aunque pocas veces ejerció la profesión, siendo famosas sus frases “Amigo, págueme con veinte centavos, así no podrá decirse que yo atiendo gratis a la gente…”“Vea, cuando encuentre a un necesitado, déle lo que usted creía que yo le iba a cobrar, y así quedaremos a mano”.

La relación con el jardín zoológico comenzó en 1888 cuando fue nombrado Director de la “Sección Zoológica” del Parque Tres de Febrero. Vale la pena que conozcamos algunos detalles de su actuación. Las fuentes bibliográficas cuentan que el doctor Eduardo Wilde, Ministro del Interior bajo la presidencia de Juarez Celman, un día le dijo: “Pídame algo, Ud que nunca pide nada…” Holmberg solicitó ser nombrado Director del Jardín Zoológico. Un tiempo después se destinó el lugar para el futuro zoo, el área colindaba con los terrenos que poseía su familia y son más o menos los que ocupa actualmente. (algunas versiones cuentan que fueron donados por sus parientes). Claro que por entonces esas tierras eran pantanosas e inundables, con vegetación enmarañada y presencia de peligrosos perros cimarrones. Además en lo que hoy es Plaza Italia funcionaba el “Buenos Aires Gun Club” lugar donde se practicaba tiro a la paloma y el Ferrocarril del Norte lo cruzaba desde la Avenida Sarmiento, hasta Acevedo (actualmente República de la India).

Holmberg, conjuntamente con una comisión integrada por Florentino Ameghino, Carlos Berg y Enrique Lynch Arribálzaga, diseñó el plano del zoo porteño, que fue aprobado en 1889, el que con pequeñas modificaciones puede visitarse hoy.

Algunos de sus trabajos más importantes fueron la expropiación del club, el desvio de las vías férreas, el relleno del lugar, la ubicación de los lagos, el diseño de los senderos, la plantación de árboles etc.

Nos explayaremos brevemente sobre los lugares definidos para albergar a los animales. Por entonces no existía el concepto actual de mostrar a las especies en su ámbito natural, no obstante Holmberg adoptó una idea novedosa que consistió en ubicar a cada animal en un albergue o recinto alusivo al lugar de donde provenía. Una de las primeras construcciones se hizo en 1897, fue el castillo gótico para los osos que aún podemos observar sobre la Avenida del Libertador, le siguió en 1889 la casa de los reptiles y la tipo suiza de los ciervos. Así los lugares destinados a los camélidos tendrán estilo árabe; los equinos, persa; las cebras el morisco, etc. El templo hindú de los elefantes es réplica del Templo de la Diosa Nimaschi existente en Bombay, India, obra del arquitecto Vicente Cestari. Todo ello sumado a lo que no anotamos forma parte de nuestro partimonio cultural que a veces olvidamos admirar cuando recorremos sus instalaciones.

La obtención de animales es otro capítulo y detallarlo como quisiéramos nos llevaría un buen espacio, sólo diremos que los ejemplares se adquirieron por compra a través de visitas efectuadas a la famosa casa de animales de Carlos Hagenbeck en Alemania en  1889, llegaron embarcados en varias etapas unos 100 mamíferos, 62 aves y 4 reptiles. Enseguida se sumaron huéspedes autóctonos obtenidos por canje o capturas efectuadas en nuestro país. El éxito queda demostrado si pensamos que l892 se censaron más de mil ejemplares en total.

Por entonces, Holmberg produce el primer número de la Revista del Jardín Zoológico de Buenos Aires donde aparecen importantes notas y trabajos científicos, la misma se inaugura con unas palabras escritas por él mismo, “Un Jardín Zoológico no es un lujo, ni es una ostentación vanidosa y superflua; es un complemento amable y severo de las leyes nacionales relativas a instrucción pública. El Jardín Zoológico, tal como el Director lo comprende no es solamente una exhibición de animales, debe ser algo más, y la prueba de ello consta en este primer número de la REVISTA, donde se dará noticias de lo que al Jardín Zoológico se refiere, pero que admitirá siempre el tributo de aquellos que en su corazón levantaron un altar a las Ciencias Naturales”.

Diversas cuestiones y desaveniencias políticas desencadenan la renuncia de Holmberg como director del Jardín Zoológico en 1903. La revista Caras y Caretas, con el título “En el Jardín Zoológico: La despedida del doctor Holmberg”, publicó un artículo que cuenta como luego de dar un paseo y retirar algunas pertenencias de su gabinete Holmberg, sin siquiera volver la vista “se sacudió los zapatos, para que en ellos no quedara ni siquiera la tierra del jardín”.

Como naturalista Holmberg publicó trabajos referentes a geología, botánica, mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, moluscos, arácnidos (fue especialista), insectos, fauna en general y arqueología. Se destácan sus trabajos “El joven coleccionista de historia natural”  en el cual el autor busca templar el carácter de los estudiantes a través de una seie de instrucciones dedicadas principalmente a fomentar la lectura y la perseverancia en el trabajo. Ferviente admirador de Darwin, se explayó sobre él y su tehoría en más de una oportunidad.

La mayoría de los diarios y revistas de la época tuvieron alguna nota de su pluma: El Nacional, La Epoca, La Crónica, La Nación y La Prensa. Caras y Caretas, Fray Mocho etc.

Sobresalió como autor de cuentos, siendo considerado el fundador del género “ficción” en la Argentina y uno de los primeros en publicar “los folletines” (novelas escritas en partes). Escribió una veintena de libros (novela, ciencia ficción y policiales) sobresalen títulos como “La bolsa de Huesos”, “La pipa del Hoffmann”, “Viaje maravilloso del señor Nic-Nac al planeta Marte”, “Filigranas de cera”, “La casa endiablada”, “Horacio Kalibang o Los autómatas” y muchos más. También incursionó en la poesía siendo famosos sus versos “Lin Calel” de unos 7.000 versos. Tradujo importantes obras del inglés y del alemán al castellano, de autores como Charles Dickens, H. G. Welles y Sir Arthur Conan Doyle.

Recientemente el Ing. Horacio Reggini con muy buen criterio y aguda investigación, ha publicado una obra sobre “Holmberg y la Academia” permitiéndonos conocer las cualidades literarias de nuestro biografiado. También los reconocidos naturalistas Juan Carlos Chebez  y Bárbara Gasparri han rescatado del olvido varios trabajos de Holmberg relacionados con sus excursiones dentro de la provincia de Buenos Aires. Los autores además de publicar los viajes (difíciles de conseguir en su versión original) han actualizado la mayoría de las citas zoológicas.

En 1915 el doctor Holmberg desidió dejar la enseñanza acadéica. Distintos organismos se encargaron de premiar su labor, La Universidad de Buenos Aires le otorgó el título de “doctor honoris causa en Ciencias Naturales”, la Sociedad Científica Argentina lo nombró “socio honorario”, la Facultad de Ciencias “profesor honorario”, la Academia de Ciencias “presidente honorario”, la de Medicina “académico honorario”, el Museo de Historia Natural lo nombra “su protector” y la Intendencia Municipal instituyó un premio con su nombre, que entregará la Academia de Ciencias anualmente al mejor trabajo en Ciencias Naturales. El Jardín Zoológico de Buenos Aires lleva su nombre “Dr. Eduardo Ladislao Holmberg” desde 1990 en justo reconocimiento a su labor.

Este gran educador de las ciencias naturales falleció a los 85 años. un 4 de noviembre de 1937, dejó varias obras inéditas “El vampiro negro”, “Olimpo Pitango de Monalia” entre otras, que su hijo, el doctor Luis Holmberg editó en 1952.

Eduardo L. Holmberg vivió en la calle Cerrito 858. De paso por el lugar a veces me detengo y escucho voces que parecen venir del más allá. Es que allí Holmberg como anfitrión, se reunía en interminables tertulias con Joaquín V. González, Roberto J. Payró, Martín Coronado, Rafael Obligado, Rubén Darío, Juan B. Ambrosetti, los hermanos Lynch Arribalzaga y otros intelectuales de la época. Quién escribe, considera que el maestro aún sigue enseñando, su última clase no ha terminado…

Bibliografía:

Chebez, J. C. y C. Bertonatti. 2006. De Museo. Vida Silvestre Nº 96. Revista de la Fundación Vida Silvestre Argentina. Buenos Aires.

Del Pino Diego A. 1979. Historia del Jardín Zoológico Municipal. Cuadernos de Buenos Aires. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

Holmberg, E. L. 1887. Viaje a Misiones. Obra publicada en el Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, tomo X, p. I y siguientes. Imprenta de Pablo E. Coni e Hijos. Buenos Aires.

Holmberg, E. L. 1905. El joven coleccionista de historia natural en la argentina. Publicaciones de la Sociedad Luz. Buenos Aires. 197p.

Holmberg, E. L. 2008. Excursiones bonaerenses. Col. Viajeros olvidados. Editorial Albatros. Buenos Aires. 240p.

Reggini, H. C. 2007. Eduardo Ladislao Holmberg y la Academia. Vida y obra. Ediciones Galápago. Buenos Aires. 154p.

Artículo publicado en Boletín Bio_lógica Nº 12 Julio de 2009

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Dr. Eduardo L. Holmberg

Hombres tenaces y curiosos como pocos; Eduardo Ladislao Holmberg fué un pionero en su género.

Eduardo Ladislao Holmberg nació el 27 de junio de 1852. Fue un extraordinario personaje, curioso por naturaleza y explorador incansable ingresó como era casi una costumbre de aquellos tiempos en la Universidad de Buenos Aires. En 1880 se recibió de médico pero nunca ejerció como tal. Como muchos de su época fue científico, literato, artista y hombre público y controvertido.

A los 20 años de edad realizó un viaje por la Patagonia y los pocos años realizó otro viaje al norte argentino. En 1878 fundó junto a Enrique Lynch Arribálzaga, El Naturalista Argentino , la primera revista dedicada a las ciencias naturales que se publicó en el país. Años mas tarde colaboró en la creación de la Revista Americana de Historia Natural.

En 1881 inició un ciclo de expediciones a distintas áreas de la Republica Argentina y público importantes trabajos, especialmente zoológicos y botánicos de los tres viajes llevados a cabo en 1881, 1882 y 1883 a la Sierra de Tandil.

Fue director del zoológico de buenos Aires siendo este período de mayor crecimiento de la institución.

En 1895 publicó un compendio de botánica y zoología de la Argentina, la fauna y la flora que se convirtió en una obra única en el país por más de 60 años.

varios años después junto con otros naturalistas, participa de la fundación de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales.

Fue el primer profesor argentino de historia natural. Comenzó como docente en la escuela Normal de profesores y luego continuó en la Universidad de Buenos Aires. tambien fue docente de química y física y dictó mas de 50 conferencias sobre los mas variados temas.

Como científico publicó alrededor de 200 artículos entre los cuales podemos citar encontrar trabajos sobre arácnidos, moluscos y flora argentina. también escribió obras literarias como ser: el ruiseñor y el artista, Insomnio, Olga, La pipa de Hoffmann, La bolsa de Huesos, etc.

En la mayoría de sus obras se mezcla lo literario fundido en fantasías y ficción con lo científico, tal es el caso de Dos Partidos en Lucha. En esta corta obra la historia se produce en tiempos de Sarmiento donde las disputas son sostenidas por darwinistas y Antidarwinistas, rápidamente se crean dos corrientes de pensamiento que adquieren carácter político.

El 27 de junio de 1927 se le realizó un homenaje en su residencia. Dicho evento fue presidido por el decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, el Ing. Eduardo Huergo quien le entregó la medalla de oro con la efigie del sabio.

Falleció en buenos Aires el 5 de noviembre de 1937.

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Febrero 2007

Eduardo Ladislao Holmberg, entre la ciencia y las letras

Por Reggini, Horacio C.

Eduardo Ladislao Holmberg fue, junto a Florentino Ameghino y Francisco Pascacio Moreno –el Perito Moreno–, uno de los más entusiastas promotores del estudio de las ciencias naturales en la Argentina. Su vocación venía desde la juventud, ya que su abuelo y su padre habían cultivado flores y árboles en una bella quinta en la actual intersección de las avenidas Santa Fe y Scalabrini Ortiz, donde mantuvo una suerte de jardín botánico privado. Su padre, Eduardo Wenceslao Holmberg, acompañó a Sarmiento durante su emigración a Chile en 1831. Su abuelo, Eduardo Kannitz, barón de Holmberg, fue un militar sobresaliente, primero en el ejército prusiano y después en el español. El barón llegó a Buenos Aires, desde Londres, en 1812, en la fragata George Canning, en la que también viajaron San Martín, Alvear y Zapiola, entre otros. Intervino en las luchas de la independencia, alzó la bandera nacional el 25 de mayo de 1812, en Jujuy, y comandó la artillería criolla en la batalla de Tucumán bajo las órdenes de Belgrano.

La pericia literaria de Holmberg está sostenida por el juicio de muchos de sus contemporáneos y críticos de nuestra época.

Martín García Mérou, en sus Recuerdos Literarios (1915), lo calificó así:

“Holmberg es el producto extraño de un genio exótico en nuestra civilización. […] En su espíritu se observa esta curiosa dualidad: un alma de poeta, apasionada e imaginativa, y una educación severamente científica […]. Y, sin embargo, escribe con todas las delicadezas y el vivo sabor de un literato de raza en un estilo variado, rico, expresivo”.

Por su parte, Miguel Cané (1851-1905), en Ensayos (1939), al referirse a la obra Dos partidos en lucha: Fantasía científica (1875), se admira del talento de Holmberg por haber tenido “el valor suficiente de publicar un libro en Buenos Aires, que [era] lo mismo que recitar un verso de Petrarca en la rueda de la Bolsa”.

María Cristina Boiero, en “El resplandor de la ciencia en los cuentos fantásticos de escritores argentinos” (The Aura of Science in Fantastic Tales by Major Argentine Writers, 2006), afirma que Holmberg merece el privilegio de ubicarse como un modelo genuino de intelectual que entreteje su saber científico con su producción literaria, y que debe ser reconocido como el padre del género argentino de cienciaficción.

Gioconda Marún, editora de Olimpio Pitango de Monalia (1994) y de Cuarenta y tres años de obras manuscritas e inéditas (2002), ha escrito en un extenso prólogo:

“[Los trabajos de Holmberg permiten] abandonar la usual clasificación de escritor fantástico o científico y ubicarlo más acertadamente dentro de la modernidad argentina”.

Marún asevera que Holmberg contribuyó con su polifacética actividad a que la Argentina viviera la modernidad de la época, en su ambiente científico y en su estructura sociocultural, “en consonancia con la homóloga modernidad europea”. Holmberg opuso a la pobreza del medio el pensamiento racional de la ciencia. Fue, al igual que Sarmiento, un defensor de los derechos de la mujer; en este sentido, Marún escribe:

“La presencia de Holmberg en la Escuela Normal de Profesoras fue decisiva en la educación de la mujer. A él se debió la reestructuración y ampliación de los planes de estudios. […] Producto de esta educación científica fue la doctora Cecilia Grierson, la primera médica argentina [graduada en 1889], que fue su alumna en esta escuela”.

Holmberg trajo a Buenos Aires un eco de los grandes debates científicos de Europa. Difundió las teorías de Darwin y despertó el interés por temas reservados, en general, a círculos restringidos. Convertía un estudio sobre las arañas de Misiones o los peces de Tandil en un asunto ameno. Sentía especial interés por la filosofía y gusto por los clásicos de la literatura. Al tiempo que clasificaba especies de fauna y flora, disertaba acerca de problemas políticos y morales. Por ejemplo, en 1901, dictó una original conferencia, titulada “De siglo a siglo”, con motivo del XXIXº aniversario de la Sociedad Científica Argentina (entre el público se encontraba el presidente de la República, Julio Argentino Roca) en la cual se lamentó de la situación mundial en estos términos:

“Grandes problemas agitan en este momento el corazón y el cerebro de las naciones. […] El noble fierro que marcó la pristina etapa del mayor progreso, se halla colocado al servicio de la crueldad y de la matanza; y el cerebro, esa nobilísima pasta encerrada en el cráneo, torturándose para inventar nuevas crueldades, nuevas cadenas y nuevas hipocresías”.

Comentaba en su exposición que el ser humano, en su proceso de evolución, pareciera que aún conserva un “hecho anatómico”: cuatro colmillos implantados en su boca, preguntándose:

“¿Qué se han hecho los grandes pueblos que coronaban de guirnaldas la frente de la civilización? ¿Qué nuevas ideas de amor a la patria y honor de las naciones se corporizan hoy en la lucha monstruosa de las sociedades maculadas por el oro de los mercaderes? […] ¿Será cierta la afirmación […] de que a los pueblos se [los] domina con tres efes, forza, festa y farina?”

Después de reseñar los progresos del siglo XIX, los grados de desarrollo religioso y las distintas formas de gobierno ensayadas, concluye al final:

“… la humanidad pasa […] por un período crítico, violentísimo, porque todas las fuerzas inteligentes, unidas a las fuerzas brutas […] se han aglomerado en este momento histórico, que podemos llamar la aurora del siglo XX, pero de un modo ciego, porque se han aglomerado sin ideal. […] Nos falta el ideal [que] lucha por surgir desde la verdad que se encarna en la ciencia, en el arte, en la poesía […]. El siglo XIX nos ha entregado un tesoro inmenso de proyecciones infinitas, demos forma a ese ideal que nos falta. ¡La justicia! [La justicia] que pugna por reinar soberana como una aspiración que pasa de siglo a siglo. [La justicia que pasa de siglo a siglo sin concretarse]”.

Holmberg escribió también cuentos y ensayos, un largo poema, Lin-Calel, ilustrado por su hijo Eduardo Alejandro, donde afloran su sabiduría y sus sentimientos por la tierra. El texto fue editado por la Masonería Argentina, de la que Holmberg fue activo partícipe al igual que su padre y su abuelo.

 Del Jardín Zoológico a las exploraciones

Durante quince años fue el primer director del Jardín Zoológico de Buenos Aires. Proyectó alojamientos especiales para diversos animales: el templo hindú de los elefantes, el refugio de las jirafas, la cabaña de los ciervos, el palacio de los osos, el pabellón de los camellos. Holmberg acercó al gran público con el espectáculo de las grandes y raras faunas, el conocimiento de las ciencias naturales, e hizo del zoológico un paseo fascinante.

Viajero incansable, recorrió casi toda la República. En 1872, hizo una arriesgada excursión hasta el río Negro, de donde trajo insectos, flores y piedras para el Museo Nacional de Buenos Aires. Recorrió ríos y montañas, las Sierras de Tandil y regiones del Chaco, Misiones y Mendoza. El primero de sus viajes fue patrocinado por la Sociedad Científica Argentina, recientemente impulsada por Estanislao Zeballos, prestigioso político y estadista. Cabe destacar que Zeballos, un hombre de letras, fue también un promotor de la ciencia argentina.

También fue un valioso y obstinado divulgador de las ciencias mediante escritos y conferencias. La más famosa fue la pronunciada el 19 de mayo de 1882, a un mes de la muerte de Darwin, uno de los más eminentes sabios del siglo XIX, que concibiera sus primeras ideas sobre el transformismo en aquel famoso y largo itinerario que comprendiera parte del territorio argentino. En su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, cuenta el sabio inglés una experiencia (quizás algo parecida a la que algunos hemos vivido al recorrer la Patagonia):

“Todo era silencio y desolación. Sin embargo, al pasar por regiones tan yermas y solitarias, sin ningún objeto brillante que llame la atención, se apodera del ánimo un sentimiento mal definido, pero de íntimo gozo espiritual. El espectador se pregunta por cuántas edades ha permanecido así aquella soledad, y por cuántas más perdurará en este estado”.

Y responde citando unos versos del poeta inglés Percy Shelley al Monte Blanco, la montaña más alta de Europa Occidental: “Nadie puede decirlo; todo parece ahora eterno. / El desierto tiene una lengua misteriosa, / que sugiere terribles dudas”.

La noticia sobre la muerte de Darwin, ocurrida en Inglaterra el 19 de abril de 1882, arribó a Buenos Aires de inmediato a través del cable submarino trasatlántico que Sarmiento había inaugurado en 1874, realización clave para la inserción de la Argentina en el concierto mundial. Enseguida, el Círculo Médico Argentino, fundado por José María Ramos Mejía (compañero de Holmberg en sus estudios de medicina), organizó un gran homenaje a Darwin. El ex presidente Sarmiento, ya septuagenario, y el joven naturalista Holmberg, 40 años menor, hablaron en la ocasión. Sarmiento era mentor y guía de la nueva generación.

La conferencia de Holmberg acerca de las idas de Darwin se publicó en un libro donde intercaló notas algo extravagantes, como ésta:

“Se le ha sepultado en la Abadía de Westminster, cerca de las tumbas de Herschell y de Newton. Dentro de algunos miles de años, los movimientos apsidiales derramarán las aguas del Océano sobre su sepulcro; los corales asentarán sus troncos sobre la lápida que hoy lleva su nombre; los cirrópodos, las medusas, y los últimos peces cartilaginosos, ostentarán sus formas extrañas en los ámbitos llenos aún de vibraciones religiosas; el embate secular de las ondas destruirá los mausoleos…”.

Alicia Jurado, en Vida y obra de William Henry Hudson (1971), relata cómo Hudson –quien en su juventud vivió en la Argentina y, más tarde, fue un famoso escritor en Inglaterra– comprendió las ideas de Darwin al poco tiempo de la publicación en 1859 de su obra cumbre, El origen de las especies. Esta circunstancia sitúa a Hudson como uno de los primeros lectores de Darwin en nuestro país, según lo señaló Marcelo Montserrat en sus estudios sobre el darwinismo en la Argentina. Explica Montserrat: “Entre Hudson y Holmberg […] se articula el espacio que abarcará desde una comprensión emocionadamente ingenua pero agudísima de la obra de Darwin hasta la vigorosamente polémica que hará de la mentalidad evolucionista una ideología del progreso”.

Sarmiento estaba convencido de la utilidad de la ciencia para el mejoramiento de la Nación, y Holmberg sentía una intensa admiración por él, según se desprende de su libro Sarmiento, que publicaron sus hijos en 1938. Dice allí:

“Uno de los rasgos más curiosos de la fisonomía de Sarmiento es la frescura de su inteligencia. En sus últimas páginas como en las primeras, se encuentra la misma gracia, el mismo fondo, igual mordacidad e idénticos preceptos (…) [Sarmiento] mencionaba, de vez en cuando, sus afinidades sanguíneas con los moros. “Sí, pues; yo tengo sangre árabe por los Albarracín –decía–. Pero no se les puede perdonar [a los españoles] que expulsaran a los moros, que representaban allá el progreso, el saber, la cultura social, etc.”.

Poco después del fallecimiento de Holmberg, Pablo Pizzurno publicó en La Nación (1938) una sentida semblanza del gran hombre desaparecido: “Eduardo L. Holmberg como educador: Un aspecto casi desconocido de su acción cultural”. Leemos:

“Niño mimado de Sarmiento, […] no podía menos que contemplar […] en sus discípulos normalistas […] a futuros educadores del país. […] Con Holmberg aprendimos […] a pensar, a sentir, a querer. Los fenómenos naturales dábanle pie para desprender […] enseñanzas superiores disciplinadoras del espíritu, capaces de orientarnos en la vida; a tener ideales, a amar el trabajo, a apreciar la importancia de la observación atenta de las cosas y de los hechos sin ideas preconcebidas…”.

Holmberg tuvo la enorme satisfacción de recibir en vida muchas muestras de reconocimiento público. Al jubilarse, en 1915, como docente, fue agasajado por diversas instituciones en un acto organizado por la Sociedad Científica Argentina. El discurso principal estuvo a cargo de Leopoldo Lugones.

Al cumplirse el centenario del nacimiento de su padre, Luis Holmberg escribió el libro Holmberg: El último enciclopedista (1952). Allí refiere el “profundo afecto admirativo” de Lugones por su padre, e incluye aquel discurso:

“He aquí las coronaciones que nunca han de cesar, porque corresponden a la autoridad verdadera: la del maestro que gobierna enseñando, como el piloto en consulta simultánea con el magnetismo y con el mar, con el viento y con la estrella. […] Actos como éste salvan el honor del país […] mediante la glorificación del individuo superior. Que es bien común por lo mismo que ilumina. […] Nada hay más visible que las estrellas, y sin embargo, cuán pocos son los que realmente las ven. Tampoco ellas se preocupan de que las miren, o no, consistiendo en el esplendor su modo natural de vivir. Al hombre superior le pasa lo mismo; no siendo él, por otra parte, el más interesado en descubrir su propia luz”.

Y finaliza su homenaje a Holmberg con esta hermosa metáfora: “Nadie cuenta en el ruiseñor el plumaje vulgar, sino el canto excelso. El plumaje es de un ave cualquiera. El canto es del ruiseñor”.

Al cumplir setenta y cinco años recibió otra muestra de gratitud nacional: una delegación de personalidades concurrió a su casa en Cerrito 858, donde le fue entregado un pergamino con firmas encabezadas por la de Marcelo T. de Alvear, presidente de la Nación.

Eduardo Ladislao Holmberg fue uno de los representantes más característicos de un grupo ilustre de argentinos que construyeron animosamente el país. Fue un verdadero maestro por su carácter, su amor a la tierra donde nació, la generosidad con que esparció su ciencia y su vehemente anhelo de ayudar al crecimiento de la nación. Su ejemplo cala muy hondo en mi espíritu y siento un impulso insoslayable de ensalzar su figura y de intentar seguir sus pasos.

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Palabras de antaño: Eduardo Ladislao Holmberg

Autor: José Athor

27 de Junio de 2011

Nació en Buenos Aires, el 27 de junio de 1852, fue escritor, docente, pero sobre todo naturalista. Su padre Eduardo Wenceslao Holmberg le transmitió su amor por las plantas. Se doctoró en medicina en la Universidad de Buenos Aires, pero no ejerció la profesión. Las ciencias naturales acapararon todo su interés especialmente las arañas, grupo en el que realizó importantes contribuciones. Fue literato, docente y naturalista, realizó varias expediciones que dejó debidamente documentadas.

Fundó con apoyo de Félix y Enrique Lynch Arribálzaga, la primera revista dedicada en exclusiva a la biología en Argentina, “El Naturalista Argentino”.

Su obra más destacada fue la creación del Jardín Zoológico de Buenos Aires donde además de su organización institucional, editó la “Revista del Jardín Zoológico”, de publicación mensual, que contó con colaboradores de gran prestigio en su época.

Publicó además numerosas obras de consulta; “La fauna y la flora”, “Botánica Elemental” y “Flora de la República Argentina” entre muchos otros.

En 1915, se retiró de la docencia, fue homenajeado desde la Sociedad Científica Argentina, con discursos de Leopoldo Lugones y de Cristóbal M. Hicken, su principal discípulo.

La Academia Argentina de Ciencias lo nombró presidente honorario; la de Medicina, académico honorario y el Museo de Historia Natural le dio el título de “protector”.

Falleció en Buenos Aires el 4 de noviembre de 1937.

Para su recuerdo traemos las siguientes palabras, que corresponden a una nota preliminar a su “Viajes a las sierras del Tandil y de la Tinta”, escritas en 1883 y publicadas en el libro Excursiones Bonaerenses, comentado por Juan Carlos Chebez y Bárbara Gasparri.

“Comienza a alborear en la República Argentina la era científica.
Estimables naturalistas extranjeros, algunos de ellos eminentes, han estudiado y estudian una parte de sus ricas comarcas.
Millares de especies halladas en ellas figuran en los distintos repertorios, y millares de otras esperan figurar.
Pero hay un nuevo elemento que entra en acción, y entra con confianza, porque tiene conciencia de las responsabilidades que envuelve la tarea científica: es el elemento nacional, el elemento joven, que viene a luchar con el cerebro en la misma tierra en que sus padres lucharon con la espada o con la pluma flamígera para consolidar independencia, libertad y autonomía de nación y de pueblo.
No importa el éxito. En ciencias obtiene más éxitos el que descubre más verdades o verdades de mayor importancia.”

 

Notas Relacionadas

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Holmberg, Eduardo Ladislao


Naturalista y escritor argentino, según la Enciclopedia Espasa Calpe de origen alemán, nacido en Munich y muerto en Buenos Aires (1852-1937). Sin embargo, en el libro Holmberg, El último enciclopedista escrito por Luis Holmberg (su hijo), Buenos Aires (1952), en el inicio del capítulo II (pág. 29) dice en referencia a su nacimiento: “En la casa del ya fallecido coronel don Juan Correa Morales, cuyo solar se halla situado en la calle Viamonte entre las de Florida y Maipú, el día 27 de junio de 1852 dio Laura a luz ‘un niño del sexo masculino que recibió el bautismo y a quien se le impusieron los nombres de Eduardo Ladislao Estanislao, bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús’. (Iglesia de la Merced).”. También corrobora esta información Antonio Pagés Larraya en el “Estudio Preliminar” de los Cuentos fantásticos de Holmberg: en la página 8 señala: “Eduardo Ladislao Holmberg nació en Buenos Aires el 27 de junio de 1852 y falleció en la misma ciudad el 4 de noviembre de 1937”.

Llevado de una poderosa vocación, Holmberg emprendió viajes por la Patagonia en 1872 y por el norte del país en 1877. Estudió los arácnidos argentinos y desde 1879 comenzó su colaboración en Los Anales de los Sociedad Científica Argentina. Cultivó asimismo la literatura, escribiendo relatos fantásticos a lo Hoffmann, humorísticos, y un extenso poema en endecasílabos, titulado Lin-Calel. Emprendió nuevas excursiones científicas a las sierras de Tandil (1883), al Chaco (1885) y a Misiones (1897). Escribió sobre botánica, zoología y biología y publicó una descripción fitogeográfica titulada Flora de la República Argentina, la primera aparecida en el país. Fue durante muchos años director del Jardín Zoológico de Buenos Aires.

Textos

La novela Viaje maravilloso del señor Nic-Nac, del autor argentino Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) —aparecida en 1875— es la primera obra de la literatura argentina que se podría encuadrar en la temática llamada Ciencia Ficción.

Holmberg era zoólogo, y definido como un “soñador de laboratorio”. En el Viaje maravilloso del señor Nic-Nac el protagonista viaja al planeta Marte por medio de una técnica de descarnamiento: se propone una experiencia que causa que su alma se desprenda del cuerpo y así llega al planeta vecino. Una vez en ese entorno se suceden una serie de escenas, que el autor aprovecha para ejercitar la crítica de costumbres y la ironía, al estilo de lo hecho por Voltaire en Micromegas, una novela corta satírica cuya ambientación entra de lleno en la CF.

En “Insomnio”, un corto texto de 1876, Holmberg vuelve a usar el planeta Marte como ambiente. En “La pipa de Hoffman” (1876) Holmberg encara otro de los temas de moda en su época: el protagonista penetra en una zona desconocida, fuera de la realidad, gracias a los efectos alucinatorios de una pipa. En 1879 apareció su obra “Horacio Kalibang o los autómatas“, en la que anticiparía el tema de los hombres mecánicos, robots o androides, un elemento clave de la CF que fascinó, bastante después, al autor norteamericano Philip K. Dick, entre otros.

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