Braun Menéndez, Eduardo – Personaje del mes: Abril 2012

abril 1st, 2012

Eduardo Braun Menéndez (1903-1959)

Eduardo Braun Menéndez ha sido una de las personalidades más influyentes y admiradas en la Universidad argentina.
Su vocación de investigador y su interés por la fisiología cardiovascular fueron escuela para muchos investigadores que compartieron con él el laboratorio. Y para muchos otros que ávidamente le pedían consejo, dirección y guía. En sus estudios de hipertensión nefrogénica llegó con su equipo a descubrir la angiotensina, que modificó definitivamente la comprensión y el tratamiento de la hipertensión arterial.

Dotado de una convicción contagiosa basada en la profundidad de sus ideas, fue un severo defensor de la Universidad como institución esencial para la sociedad y como lugar de creación del conocimiento y de promoción de “hombres sabios”. Defendió la necesidad que la universidad fuera más que una escuela profesional, y que no claudicara en su función de promover el desarrollo de la comunidad a través de la búsqueda de la verdad.

Fue creador y promotor de multiples ámbitos de desarrollo de la investigación, entre ellos el Instituto de Biología y Medicina Experimental que tanta trascendencia tuvo en el país, y, posteriormente, organizador del CONICET. Eduardo Braun Menéndez ha sobresalido en su generación y más allá de ella por su integridad, concepción trascendente de la ciencia y su capacidad práctica de influir positivamente no sólo en su ámbito natural del laboratorio, sino también en la universidad en su conjunto y en consecuencia en toda la sociedad. En palabras de Bernardo Houssay fue “…un hombre ilustre, un maestro extraordinariamente dotado, consagrado a la ciencia, a la cultura y al bien…”.

A.     Centeno

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Vida y obra científica de Eduardo Braun Menéndez (1903-1959)

Fuente: Fuente: Escritos y Discursos página 499 a 508 – Revista Ciencia e Investigación Nro 4 y 5, 1959, Por Bernardo A. Houssay.

Con honda emoción y dolor os hablaré de la vida de Eduardo Braun Menéndez a quien quería como a un hijo y consideraba un discípulo ya llegado a maestro, que continuaba y mejoraba la obra a que dediqué mi existencia. Admiraba su espíritu noble, sus méritos de hombre de ciencia eminente, su fervor de paladín de las buenas causas, su dinamismo incansable y su generosidad sin límites, su espíritu de empresa y su optimismo, y su obra de orientador acertado de quien esperábamos grandes realizaciones y la formación de una escuela vigorosa y fecunda.

Venimos a rendir homenaje a un hombre ilustre, a un maestro extraordinariamente dotado, consagrado a la ciencia, a la cultura y al bien, cuya existencia fue prematuramente arrebatada a nuestro afecto y admiración. Era como un faro poderoso que marca el rumbo cierto en la noche oscura de la ignorancia y la confusión. Y al apagarse inesperadamente esa luz, produjo a todos, sobre todo a los jóvenes que lo seguían como a un líder y un ejemplo, una tremenda sensación de desconcierto y desamparo que el tiempo no alcanza a amortiguar.

El deber nuestro es honrar su memoria prosiguiendo su obra inconclusa y continuando la lucha por las causas nobles que había abrazado con el fervor de un apóstol.

En mi larga vida de profesor, pues cumpliré cincuenta años de cátedra al fin de este diciembre, he tenido la suerte y la dicha de ver iniciar y desarrollar a mi lado a algunos discípulos sobresalientes. Pero en tan largo plazo he tenido también, el tremendo dolor de ver partir a algunos de los mejores, como Juan Guglielmetti, Oscar Orías, Leopoldo Giusti y ahora Eduardo Braun Menéndez. Confiaba en que a sus manos capaces pasaría la antorcha del progreso para que a su vez la transmitieran avivada a las nuevas generaciones y éstas a las que están por venir. Pero se ha roto, por desgracia, ese orden cronológico natural pues han partido demasiado temprano, recayendo de nuevo sobre nosotros la difícil tarea de volver a ayudar a formarse a otros jóvenes valores para que prosigan la misión que aquellos maestros desempeñaron con tanto brillo y profundo sentimiento del deber.

Eduardo Braun Menéndez fue un ser excepcionalmente dotado, que desarrolló y perfeccionó sus cualidades durante toda su vida, por medio de una educación y vigilancia constante y de un trabajo sin tregua ni reposo.

Era descendiente de dos pioneros, su abuelo don José Menéndez y su padre don Mauricio Braun, que fundaron grandes y variadas empresas en la Patagonia semidesierta y desolada. Heredó de su padre el espíritu de iniciativa y un optimismo extraordinario y fue a su vez pionero de la ciencia y la cultura en nuestro medio aún inmaduro. Bajo la tutela paterna y la afectuosa vigilancia de su madre doña Josefina Menéndez, se formó una familia de diez hijos y sesenta y cuatro nietos, extremadamente unida, en la que todas las semanas se reunían en una cena los mayores y en un té los menores. En ese ambiente modelo a la vez de afecto y disciplina, todos sin excepción adquirieron hábitos de trabajo y sanos principios morales.

Eduardo Braun Menéndez nació en Punta Arenas, el 16 de enero de 1903. En las tierras y canales del Sud se despertó su amor a la naturaleza y al mar y el gusto por la aventura: Cultivó desde la niñez casi todos los ejercicios físicos y llegó a ser un verdadero atleta. Amante de los caballos y jinete desde la infancia, fue más tarde un buen jugador de polo, llegando a formar un team con sus hermanos y más recientemente otro simbólico con sus hijos. Esta afición lo llevó a organizar una cría de caballos de carrera y petisos de polo.

Tuvo insaciable pasión por leer e instruirse. Cuando la madre lo enviaba a dormir usaba una linterna para seguir leyendo bajo las sábanas. Ya hombre leía hasta tarde todas las noches. Los sábados de mañana se vestía de sport para ir a descansar a la chacra o jugar al golf, pero en realidad casi siempre se encerraba en el Instituto de Biología y Medicina Experimental a leer y revisar las revistas llegadas en la semana; y era habitual que esa tarea lo absorbiera hasta el medio día. Este hábito de leer, su clara inteligencia disciplinada y sus contactos con mentes selectas durante sus viajes, explican la amplitud y solidez de su cultura.

Le interesaban las manifestaciones del arte, las letras y en especial la música, muy apreciada y cultivada por su familia. Llegó a ser un excelente pianista y tuvo un maestro distinguido durante largos años. Muchas tardes se deleitaba tocando solo o acompañado por sus hijas.

Fue un alumno destacado durante la enseñanza primaria y secundaria, en Punta Arenas y Valparaíso. Siguió los estudios de Medicina en la Facultad de Buenos Aires, donde fue un excelente estudiante concluyendo su carrera en 1929. Antes de terminarla contrajo matrimonio con María Teresa Cantilo, modelo de esposa, de madre y de virtudes humanas, compañera afectuosa en quien halló apoyo, estímulo y comprensión. Este hogar ejemplar tuvo la bendición de tener diez hijos que veneraban al padre.

Completamente asimilado a nuestro país adoptó la ciudadanía argentina y fue aquí donde desarrolló íntegramente su vida universitaria y científica, que fue tan extraordinariamente brillante. Con su muerte nuestra ciencia y nuestra Universidad perdieron uno de sus valores más destacados y nuestra patria a un gran ciudadano. Su vida fue tronchada en pleno ascenso, cuando aun no había dado todos sus frutos, provocando honda consternación y dejando un vacío difícil de llenar.

Terminó sus estudios médicos en 1929 y comenzó a dedicarse a la cardiología con el Prof. Rafael Bullrich, en el Hospital Ramos Mejía, haciéndose también cargo de 1930 a 1934 de la Sección de Cardiología y Electroencefalografía del Instituto Municipal de Radiología, fundado y dirigido por el doctor Humberto Carelli, del cual fue subdirector.

Convencido de la necesidad de una base científica moderna más amplia, pidió serme presentado por el Prof. Bullrich y comenzó a trabajar en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina. Desde 1932 a 1934 preparó una excelente tesis sobre la “Influencia del diencéfalo y la hipófisis sobre la presión arterial“, que recibió el premio anual a la mejor tesis. Comprobó que se producía una ligera hipotensión arterial en los perros hípofísoprivos y que recuperaban más lentamente la presión arterial descendida por una sangría rápida. Más tarde, en 1944, comprobó con Foglia, en la rata hipofisopriva, que esa hipotensión se corrige administrando adrenocorticotrofina.

Desde 1934 colaboró con Oscar Orías, otro eminente fisiólogo prematuramente desaparecido, y los acompañaron algunos distinguidos cardiólogos (Battro, Cossio, Taquini, Vedoya, etc.). Investigaron numerosos problemas de fisiología nacional y patológica del corazón, destacándose los estudios sobre la ligadura de las arterias coronarias (con Orías), sobre los asincronismos ventriculares (con Solarí, Battro y Orías), los ruidos normales del corazón (con Orías), el ritmo de galope (con Battro y Orías), los ciclos cardíacos de los hipertensos (con Orías), los movimientos cardioneumáticos (con Vedoya), el pulso hepático (con Battro), los ruidos en la estrechez mitral (con Battro), en la disociación aurículoventricular (con Solarí), ruido auricular por vía esofágica (con Taquini), desdoblamiento de ruidos normales (con Cossio), y otros. Ese prolongado estudio clínico, experimental y crítico sobre la fonocardiografia fue reunido en un libro escrito por Orías y Braun Menéndez sobre “Los ruidos cardíacos en condiciones normales y patológicas“, publicado en 1937 y que luego fue editado en inglés (en 1939), por la Oxford Uníversity Press y es considerado una obra clásica en la materia. Se le otorgó un tercer Premio Nacional de Ciencias.

Al partir Orías para asumir la Cátedra en Córdoba, Braun Menéndez fue designado jefe de investigaciones cardiovasculares del Instituto de Fisiología, donde prosiguió los trabajos hasta 1937. Decidido a consagrarse a la Fisiología, partió a Londres a fin de 1937, con su familia, para trabajar en el Departamento de Fisiología del University College, bajo la dirección del Profesor C. Lovatt Evans, sobre metabolismo del corazón y del cerebro aislados. Su propósito era trabajar en los años siguientes sobre el metabolismo cardíaco.

A su vuelta encontró que J. C. Fasciolo y yo habíamos dado pruebas, ampliadas por Taquini, de la existencia de un factor humoral de origen renal en la hipertensión nefrógena aguda. Desde 1930 habíamos tratado infructuosamente de obtener hipertensiones arteriales permanentes de origen renal, con resecciones amplias, o como intentó Braun Menéndez (en 1932), produciendo obstáculos en la vena renal; lo resultados eran inconstantes y pasajeros. Pero cuando Goldblatt, que eligió mejor el vaso a ligar, obtuvo hipertensiones permanentes por estrechamiento de la arteria renal, Fasciolo retomó los trabajos. Braun Menéndez pidió asociarse a los trabajos de Fasciolo, y poco después ampliaron el grupo con L. F. Leloir, M. Muñoz y A. C. Taquini. Estos investigadores descubrieron la hipertensina, en 1939, y pocos días después e independientemente de ellos, la encontró Irving Page que la denominó angiotonina. Por un acuerdo reciente de Braun Menéndez y Page se le llama ahora angiotensina.

Desde esa época hasta su muerte, este tema fue estudiado por Braun Menéndez y sus numerosos colaboradores. Sería largo enumerar sus contribuciones originales: mecanismo enzimático de la producción de la angiotensina, identificación del angiotensinógeno, especificidad de algunas reninas, valoración de la renina y angiotensina, sitio de origen del angiotensinógeno, liberación de la renina en la isquemia total o parcial del riñón y en el shock, pluralidad de la hipertensina. La composición y síntesis de la hipertensina ha sido realizada más tarde en Cleveland y en Suiza y hoy se pueden preparar compuestos químicamente parecidos.

Braun Menéndez confirmó la acción protectora del riñón sano, ya señalada por Fasciolo. Comprobó que cuando la hipertrofia renal está dificultada se produce la hipertensión. Formuló la hipótesis de la renotrofina, substancia o agente que provocaría el crecimiento renal y si éste era impedido produciría la acción hipertensora del riñón. Estos trabajos e hipótesis lo llevaron a estudiar con sus discípulos la función renal, el crecimiento del riñón y su hipertrofía compensadora. Trabajando en un laboratorio donde se cultivaba la endocrinología y la diabetes, comprobó con Martínez la hipertensión renal precoz de las ratas diabéticas, con aumento del líquido intersticial. Estudió asimismo el papel del sodio, el apetito especifico por él, las modalidades de su excreción. De allí su interés continuamente creciente por los estudios sobre metabolismo del agua y electrólitos y la función renal.

Comprobó que diversos factores endocrinos que aumentan el anabolismo proteico y el crecimiento renal (como ser la tiroides, somatotrofina y andrógenos) aumentan marcadamente la frecuencia de la hipertensión renal y aceleran su aparición. La extirpación de la tiroides, la hipófisis o la suprarrenal tienen, por el contrario, una acción preventiva.

En 1943 publicó un libro sobre “Hipertensión arterial nefrógena“, en colaboración con J. C. Fasciolo, L. F. Leloir, J. M. Muñoz y A. C. Taquini, el cual fue traducido al inglés en 1946 y al italiano en 1951.

En el año 1938 realizó con Foglia estudios fisiológicos y farmacológicos sobre la fisiología y farmacología de los corazones linfáticos de los batracios. Registraron sus latidos, investigaron su inervación y su papel fundamental en el transporte de líquidos dentro del organismo. Estos estudios, que otros colaboradores (Gerschman, Pasqualini, etc.) desarrollaron con amplitud, lo llevaron a interesarse por el intercambio hídrico y salino del organismo. Este interés se reavivó por sus investigaciones ya citadas sobrc la hipertensión y llegó a ser una autoridad en ese tema, por lo que fue llamado a dar conferencias sobre él aquí y en el exterior. Esto lo llevó a estudiar ampliamente la función renal.

Fue uno de los autores del libro “Fisiología Humana“, que desde 1945 hasta hoy lleva ya tres ediciones españolas, dos francesas, dos inglesas, dos brasileñas y está por aparecer una italiana. En ese texto escribió los capítulos Función renal, Hipertensión y Digestión.

En ese año 1943 tuvo lugar un hecho histórico que causó un grave daño al país y del cual no nos hemos repuesto aún. El que habla y los profesores Juan T. Lewis (de Rosario) y Oscar Orías (de Córdoba), sin información recíproca, firmamos un manifiesto en el que pedíamos “democracia efectiva y solidaridad americana“. Fuimos destituidos ilegalmente, insultados y amenazados por el Gobierno. A Eduardo Braun Menéndez y luego a Virgilio G. Foglia les ofrecieron la cátedra entonces y luego reiteradamente. Braun Menéndez no vaciló y presentó la renuncia al cargo de Profesor Adjunto que había obtenido en 1942, mostrando lealtad a sus convicciones y a sus maestros y ejemplar firmeza moral en una época de temor y claudicaciones.

Pocas horas después de la destitución me entrevistaron los miembros de la Fundación Juan Bautista Sauberán, el inolvidable doctor Miguel L. Laphitzondo, el doctor Pablo Perlender y el Ing. Carlos Sauberán, que hablaron en nombre de ellos y del señor Fernando Capdevielle. Me comunicaron que habían trabajado con el Sr. Juan Bautista I. Sauberán y que a su lado habían comprendido el valor de la ayuda a la investigación científica como una de las bases principales del adelanto de la humanidad. Deseosos de rendir un digno homenaje a su memoria, tenían el propósito de establecer una Fundación que llevaría su nombre, con el fin de fomentar las investigaciones científicas originales, prestando apoyo a las personas que las realizaran, y para favorecer los estudios de problemas importantes para la República Argentina o sus habitantes. En vista de que quedábamos privados de medios de trabajo, ofrecían su cooperación pecuniaria para que prosiguiéramos con entera libertad nuestras investigaciones científicas desinteresadas, con lo que creían servir al país e iniciar la obra proyectada.

Con esta base y ayudados por varios generosos donantes, cuyo número aumentó con el tiempo, se estableció el Instituto de Biología y Medicina Experimental, en la calle Costa Rica 4185, donde ha funcionado hasta hace pocos días, para trasladarse a la calle Obligado 2490, a un local cedido por 10 años, renovables, por el Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública, para alojar nuestro Instituto, el de Bioquímica de la Fundación Campomar y otros a instalarse, como ser uno sobre biología del cáncer y otro sobre microbiología del suelo. El Instituto que dirige el doctor Leloir nació con el de Biología Medicina Experimental y luego de independizarse funcionó al lado de él, como un hermano gemelo.

En el Instituto formamos una familia vinculada por una amistad fraterna y por nobles ideales comunes, constituida por Juan T. Lewis, Oscar Orías, Virgilio G. Foglia, Eduardo Braun Menéndez y Luis F. Leloir, que luego se amplió con Carlos Martínez, Miguel R. Covián, Enrique Rapela, Ricardo R. Rodríguez, Roberto Mancini, Adolfo F. Cardeza, Mario H. Burgos, Juan C. Penhos y muchos otros más jóvenes, ayudados eficazmente por excelentes colaboradores. Nuestro Instituto suministró los profesores e investigadores que necesitó el país después de la Revolución Libertadora, aunque durante 15 años no se nos permitió desempeñar más que una acción docente limitada para la formación de las generaciones jóvenes.

En el año 1945 la Universidad consideró ilegal y nula nuestra destitución y nos llamó a su seno. Volvimos sin que se cerrara el Instituto, pero en 1946 fui declarado cesante y retornamos a él, volviendo Eduardo Braun Menéndez a renunciar en la Facultad y negarse a asumir la cátedra.

La casa de la calle Costa Rica 4185 fue comprada por don Mauricio Braun y sus hijos, los cuales nos la facilitaron, sin cargo alguno, con una generosidad que obliga a nuestra eterna gratitud. Además nos ayudaron con becas, donaciones anuales y valiosos consejos.

Don Mauricio Braun y su señora, así como sus hijos, comprendieron las cualidades excepcionales y la vocación de Eduardo, por lo que lo ayudaron en sus iniciativas e hicieron todo lo posible para disminuirle las preocupaciones y obligaciones que le hubieran exigido las múltiples empresas de la familia.

En el Instituto de la calle Costa Rica, Eduardo realizó gran parte de los trabajos sobre hipertensión. Adquirió tal reputación por ellos que en la mayor parte de los Congresos y Simposios de todos los países en que se trataba el tema, era invitado a tomar parte como relator. También se le pedían artículos de conjunto para las revistas más afamadas y los escribió en los Annual Review of Physiology y en Pharmacological Review.

Tenía de la Universidad un concepto elevado y claro. Lo atraían la investigación y la formación espiritual, moral y técnica de los jóvenes capaces. Durante la dictadura enseñó en el Instituto, en sociedades y centros médicos del país y en muchas universidades y sociedades científicas extranjeras que escucharon su enseñanzas y el resultado de sus investigaciones, en Uruguay, Brasil y Chile, en los Estados Unidos y Canadá, en Francia, Bélgica, Inglaterra, Holanda y Suecia. Durante un mes dictó enseñanzas diarias a los miembros del Instituto de Fisiología de Porto Alegre y formó discípulos, algunos de los cuales vinieron a trabajar con él a Buenos Aires. Becarios de Europa, los Estados Unidos, Brasil y Chile vinieron también a trabajar con él en la facultad o en el Instituto de la calle Costa Rica.

Como estaba prohibido que diéramos clases en las asociaciones científicas o en otros sitios públicos, organizó el Instituto Católico de Ciencias, donde se dieron muchas clases públicas con todo éxito. Aspiraba a convertirlo en un centro de enseñanza e investigación de selecta calidad, hasta ser la base de una Universidad prestigiosa de la más alta clase. Quería universidades privadas, pero centros de saber de alta calidad y no fábricas de exámenes y diplomas o focos de tendencias políticas.

Triunfante la Revolución Libertadora, Eduardo fue reintegrado como Profesor Adjunto y Titular Interino de Fisiología en 1955 y como Titular en 1956. Tuvo vacilaciones y escrúpulos antes de ingresar, porque con el número de alumnos excesivo, la falta de selección, el exceso de exámenes, la insuficiencia de recursos para la docencia, se había constituido una Facultad monstruosa donde no podía enseñarse bien. Le argumenté que en ella se forma nuestra juventud, que había estudiantes serios y entusiastas y que por lo tanto debía ingresar para mejorarla y que no podíamos abandonarla. Se convenció fácilmente porque amaba la acción y la lucha y porque el contacto con los jóvenes lo entusiasmó bien pronto.

Tenía un concepto muy claro y muy exacto de lo que es la Universidad y de las reformas necesarias para que la Universidad Argentina llegue a serlo auténticamente. Expuso esas ideas con entusiasmo caluroso, gran brillo, fuerza y acopio de información, en innumerables conferencias, artículos y discusiones, con un fervor verdaderamente apostólico. Sus escritos seguirán sembrando las buenas semillas. Anhelaba que la Universidad estuviera dedicada á la búsqueda del saber y al desarrollo de las capacidades juveniles, que fueran verdaderamente buenas escuelas profesionales donde se desarrollara la capacidad del saber. Pronto lo llamaron a formar parte de comisiones universitarias y lo designaron consejero de la Facultad, no habiendo querido aceptar su candidatura a Rector o Decano. Era una de las voces escuchadas con más respeto en la Universidad.

Tomó parte con entusiasmo en las reuniones de “Educación Médica” de la Asociación Médica Argentina, de la que fue uno de los organizadores, y en las dos de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas, en la que debía presentar una nueva ponencia en agosto.

Consideraba a la Ciencia como base del adelanto material y como un factor de adelanto espiritual. Para estimularla fué miembro fundador de la Sociedad Argentina de Cardiología (1938), que presidió en 1951 y Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Fisiología (1953). Fué Presidente de la Sociedad Científica Argentina, Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología, miembro de la ALACF, Secretario de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (1945-48), miembro de las Academias Nacionales de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Toda esa actividad científica y su don natural de simpatía le trajeron una gran reputación internacional, respeto y amistades sinceras. Fue Doctor honoris causa de las Universidades de California y de Brasil, miembro honorario de la Universidad Católica de Chile y del American College of Physicians, de las Sociedades Mexicana y Uruguaya de Cardiología, de las Sociedades de Biología de Montevideo y de Río Grande del Sud, de la Sociedad Médica de Valparaíso, de la Société de Pathologie Rénale de París, Miembro correspondiente de la Academia de Medicina de New York y de la Academia Brasileña de Ciencias, de las Sociedades de Cardiología Francesa, Brasileña y Chilena, de la Sociedad de Medicina de Montevideo. Era miembro de las Sociedades de Fisiología de Gran Bretaña y de Suiza.

Con una decisión que no reconocía obstáculos y que a veces me asustaba, emprendió la publicación de varias revistas nuevas: la Revista Argentina de Cardiología, de la que fue fundador y secretario; también fue fundador y miembro de Ciencia e Investigación; fundador y director de Acta Physiologica Latinoamericana, hoy órgano oficial de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Fisiológicas. Iniciaba sin vacilación estas tareas difíciles por el costo, la selección y la corrección de trabajos y aunque tenía grandes dificultades iniciales siempre hallaba ayuda oportuna para vencerlas. También dirigió en la editorial Emecé la colección “Ciencia divulgada“.

Cuando una organización estaba ya en marcha, delegaba las tareas y emprendía otra aventura. Lo entusiasmaba dar una conferencia nueva, pero tenía aversión a las clases rutinarias o a repetir lo ya conocido y procuraba delegar esas tareas.

En los tres últimos años, tres asuntos despertaron especialmente su interés. Uno de ellos fue apoyar con otros profesores mis esfuerzos, que tuvieron éxito, para conseguir un fondo para permitir la dedicación integral de los profesores de materias básicas y sus colaboradores y para costear sus investigaciones. Esto fue conseguido gracias al clarividente apoyo del Presidente Provisional General Aramburu.

El segundo asunto fue conseguir la organización de un Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas organizado por el General Aramburu y el Contraalmirante Rojas y confirmado y apoyado por el Presidente doctor Frondizi, de quien depende directamente. Eduardo Braun Menéndez fue miembro del Directorio del Consejo y Presidente de la Comisión Asesora de Ciencias Médicas.

El tercer asunto, iniciado por él y los fisiólogos de Chile y Uruguay, y que luego fue apoyado por los de todos los países, fue la organización en Buenos Aires del XXI Congreso Internacional de Ciencias Fisiológicas, a realizarse del 9 al 15 de agosto de este año. Eduardo Braun Menéndez era Presidente del Comité Organizador y estaba entusiasmado con la realización de esa reunión científica, la más importante a celebrarse en nuestro país, por la gran cantidad de eminentes hombres de Ciencia que concurrirán y la importancia y variedad de los temas.

En los últimos tiempos, Braun Menéndez estaba consagrado a formar y ayudar a jóvenes investigadores. Les daba temas y bibliografías, les buscaba becas o sueldos y recursos de trabajo, tarea en que conseguía movilizarlos a todos. Estos jóvenes lo miraban como a un maestro y un padre y depositaban en él sus esperanzas, por lo que su muerte los dejó huérfanos y anonadados.

En el atardecer tormentoso del día 16 de enero de este año, al ir a reunirse con su familia para celebrar su cumpleaños, en un accidente de aviación perdió la vida en Mar del Plata, junto con su hija Magdalena, que fue nuestra compañera de laboratorio, hábil técnica y eficaz secretaria de su padre, a quien queríamos todos porque era dulce, pura, buena y modesta, con devoción al deber y a ser útil.

Eduardo Braun Menéndez era cordial, tenía un don de simpatía que atraía hasta a los niños y que despertaba amistades en los mayores. Era un hombre lleno de amor: a la familia, a los amigos, a la ciencia y a sus discípulos. Fue buen hijo, buen hermano, esposo y padre ejemplar, por lo que lo rodeaba en su casa un cálido ambiente de cariño y respeto rayano en la veneración. Era un buen amigo, querido y respetado en toda partes, como lo demuestran los centenares de carta conmovidas, expresión de un dolor universal, que llegaron de todas partes y los grandes homenajes que le han rendido conjuntamente las Sociedades Científicas en Santiago de Chile, las de São Paulo y las de Río de Janeiro y otras de los Estados Unidos y Europa. Amaba a la ciencia con una devoción sin limites. Quería a sus alumnos con un interés y aliento, casi paternal, desviviéndose por su carrera. Como él consideraba que había sido protegido de las angustias pecunarias, se desvivía por atenuarlas en los demás.

Era a la vez un idealista y un hombre de acción. Su espíritu selecto amaba y practicaba los grandes valores humanos: religión, ciencia, cultura, música y arte, principios morales, amor a la familia y a sus semejantes, fe en el destino humano. Fue un cristiano ejemplar, un creyente que vivía la fe en todos sus actos, que practicó el amor al prójimo y la caridad, que era tolerante y respetaba a los hombres de buena fe y buena conducta cualquiera que fuera su credo.

Era profundamente optimista y sumamente emprendedor, sin que lo detuvieran las dificultades. Siempre acababa por vencerlas, con imaginación y tenacidad y porque siempre hallaba aliados y colaboradores. Su entusiasmo era comunicativo, por lo que atraía y entusiasmaba a los jóvenes, y luego se desvivía por hallarles medios de trabajo y recursos.

Era un paladín de buenas causas, en su acción encaminada a mejorar la Universidad y desarrollar la Ciencia. Defendía sus ideas con vehemencia y decisión, pero por la nobleza de su carácter, mereció el respeto de todos ellos y, por eso, tuvo adversarios pero no tuvo enemigos.

Era un luchador valiente e infatigable, decidido propulsor de todas la ideas que le parecían nobles, a las que se entregaba sin desmayos ni vacilaciones.

Era un caballero de distinción natural, sencillo, sin vanidad ni afectación, modesto porque quería más la causas que defendía que su propia vanidad. Era un luchador de ideas, pero no un buscador de éxitos fáciles. Era íntegro, claro, transparente y sin dobleces. Fue leal a sus maestros y sus convicciones. No fue esclavo de la vanidad, la riqueza y el éxito; y sólo lo fue del deber y del honor.

Era sumamente generoso. En el Instituto de Biología y Medicina Experimental no quiso nunca cobrar honorarios para que pudiéramos aumentar los de otros. A su vuelta a la Facultad, donó íntegramente sus honorarios para gastos urgentes de laboratorio.

Tenía una buena fe, un optimismo y un espíritu de tolerancia que por momentos parecían sorprendentes. Le costaba convencerse cuando alguien cometía una mala acción, buscaba explicaciones, era sensible a las dificultades pecuniarias ajenas, tenía verdadera preocupación por no faltar a la justicia. Por su bondad muchos hombres dudosos procuraron su ayuda. Pero cuando llegaba a cerciorarse de la verdad, era decisivo y enérgico en sus juicios y decisiones.

Con la muerte de Eduardo Braun Menéndez perdió el país uno de sus hombres de ciencia más eminentes, que realizó investigaciones originales, luchó por perfeccionar la Universidad y desarrollar la Ciencia, un espíritu superior, un maestro y protector de la juventud, un dirigente intelectual y moral. Más allá de su vida perecedera persistirá el ejemplo de su existencia luminosa, para guía de los que quedamos y los que vendrán. Su nombre y su memoria persistirán en el recuerdo y en la gloria, que es el sol que ilumina a los muertos para inspirar a los vivos, como el de uno de los grandes hombres de nuestra patria. Por eso vivirá, a pesar de la muerte, porque consagró su genio al culto de la verdad y del bien.

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Life and work

Born in Punta Arenas, Chile, he was a naturalized Argentine citizen from a very early age, and was raised in Buenos Aires.[1]

He studied at the Faculty of Medical Sciences at the University of Buenos Aires, choosing cardiovascular medicine and physiology as his specialties. His doctoral thesis dealt with the relationship between the pituitary gland and diencephalon to blood pressure, and was developed at the Institute of Physiology under the supervision of Noble laureate Dr. Bernardo Houssay, in 1934. After receiving his doctoral degree, he went to England to study at the University College London, where he investigated the metabolism of the heart.[1]

On his return from England he joined the prestigious team at the Institute of Physiology, with Luis Federico Leloir, Juan Fasciolo, Juan Muñoz, and Alberto Taquini to work for a few years on the mechanism of nephrogenic hypertension. He made the most important discovery in his career during this research, that of angiotensin, in 1939.[2]

At the Institute, Braun-Menéndez became a research leader in cardiovascular physiology in 1945, and served as a senior lecturer and teaching assistant in the same area until 1946. He directed the Institute of Experimental Biology and Medicine until 1946 and was also the head of electrocardiography and physiotherapy at the Municipal Institute of Radiology and Physiotherapy of Buenos Aires. He returned as Houssay Chair at the Institute of Physiology in 1955, as served as Professor. In addition, he was a member of the Buenos Aires National Academy of Medicine and was honored with the title of Doctor Honoris Causa by the University of California and the University of Brazil. In addition, he was vice president of the Argentine Society of Biology and secretary of the Argentine Association for the Advancement of Sciences. He received the National Award for Science twice.[1]

Braun-Menéndez also helped to create the important scientific journal Ciencia y Investigación which published its first issue in 1945 and was directed by him until 1959, when he died. Another of his initiatives was the Acta Physiologica Latinoamericana, a publication written in multiple languages for the publication of the work of Latin American physiologists.

Dr. Braun-Menéndez died in a plane crash near Mar del Plata with his daughter on January 16, 1959. The accident was Austral Air Lines‘ first.[1]

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Braun Menéndez, Eduardo

Descripción:

Nació en Punta Arenas (Chile) el 16 de enero de 1903. Murió en Buenos Aires en 1959.
El fisiólogo Eduardo Braun Menéndez nació en Punta Arenas, Chile, el 16 de enero de 1903 pero se nacionalizó argentino y desarrolló toda su vida en este país. Estudió en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Preparó su tesis Influencia de la hipófisis y del diencéfalo sobre la presión arterial en el Instituto de Fisiología bajo la dirección del doctor Bernardo Houssay y ganó con ella el premio Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires en 1934.
Después de finalizar el trabajo de tesis, junto a Oscar Orías -fisiólogo destacado- llevaron a cabo importantes estudios sobre los ruidos cardíacos y publicaron un libro de gran trascendencia sobre el tema. Sus ansias de perfeccionamiento lo llevaron luego a los laboratorios de la University College de Londres, donde investigó el metabolismo del corazón.
A su vuelta de Inglaterra formó parte de un equipo integrado por Luis Federico Leloir, Juan Fasciolo, Juan Muñoz y Alberto Tarquini para trabajar durante algunos años sobre el mecanismo de la hipertensión debida a una disfunción de los riñones (nefrógena). La tarea inicial que afrontó el equipo fue aislar la substancia hipertensora que produce el riñón cuando sufre una disminución de la circulación sanguínea (isquemia), y pudieron llevarla a cabo con éxito: identificaron la hipertensina, molécula formada por una proteína del riñón y otra de la sangre, que produce la hipertensión.
Fue Jefe de Investigaciones de Circulación en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires en 1935. Se desempeñó como profesor adjunto y auxiliar de enseñanza de la misma materia hasta 1946. Dirigió del Instituto de Biología y Medicina Experimental hasta 1946 y fue jefe de electrocardiografía y fisioterapia del Instituto Municipal de Radiología y Fisioterapia. En 1955, regresó a la Cátedra de Houssay en el Instituto de Fisiología, como Profesor Titular. Además, formó parte de la Academia Nacional de Medicina y se lo distinguió con el título de Doctor “Honoris Causa” de la Universidad de California y de la Universidad de Brasil. Fue, además, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología y secretario de la Asociación Argentina Para el Progreso de Las Ciencias. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias, Tercer Premio, con el libro Los Ruidos Cardíacos en 1939 y el mismo premio en 1945 con su trabajo Hipertensión Arterial Nefrógena.
Entre las muchas obras importantes en las que participó Braun Menéndez puede nombrarse la creación de la revista Ciencia e Investigación que publicó su primer número en 1945 y que fue dirigida por él hasta 1959, año en el que murió. Otra de sus iniciativas fue el Acta Fisiológica Latinoamericana, una publicación escrita en varios idiomas para la publicación de los trabajos de los fisiólogos latinoamericanos.
Braun Menéndez murió en un accidente de aviación en enero de 1959. Según uno de sus discípulos, el fisiólogo Alejandro Paladini, “la prematura desaparición de Braun Menéndez privó a la ciencia argentina de un líder que, sin duda, le habría ahorrado algunos de los momentos difíciles que luego debió sufrir.”

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EDITORIAL MEDICINA (Buenos Aires) 2000; 60: 149-154

La concepción universitaria de Eduardo Braun Menéndez

Al cumplirse treinta años de la muerte de Eduardo Braun Menéndez en 1989, siendo entonces

decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, me propuse que la institución

recordara una figura de singular trascendencia para su historia. Inicialmente consideré la posibilidad de

editar sus escritos sobre cuestiones relacionadas con la educación universitaria, textos dispersos que

conseguí reunir no sin dificultades. Después de leerlos, me interesó saber cómo era en realidad el

Braun Menéndez persona de quien me hablaban con respeto y consideración, en inesperada coincidencia,

personas provenientes de las más opuestas vertientes ideológicas. Conversé con muchos de

quienes habían compartido su tarea científica, sus luchas universitarias, en fin, horas de su vida. Así

nació la idea de organizar una espontánea colección de retratos, recuerdos que, al cabo de tantos

años, se escondían en la memoria de sus amigos, sus compañeros y discípulos en el laboratorio y

quienes participaron con él en el gobierno de nuestra facultad y de la universidad. Como resultado de

esa apasionante aventura de exploración del pasado, que me permitió atisbar las múltiples y ricas

facetas de una personalidad singular, se publicó un pequeño volumen reuniendo esos retratos que fue

presentado en oportunidad de la reunión académica durante la que recordamos su memoria en aquella

ocasión.

De la lectura de esas páginas, surge la convicción compartida por muchos de quienes lo conocieron

que, de no haber muerto Braun Menéndez prematuramente a los 56 años de edad en un trágico

accidente de aviación, la evolución de nuestra historia hubiera sido diferente. Lo resume muy bien

Alberto Agrest cuando señala: “Con la desaparición de Braun Menéndez, la Facultad de Medicina

perdió a la única persona con el conocimiento, la convicción y el poder para evitar que cayera en una

mediocridad de la que ningún otro podía sustraerla. No hubo, a mi entender, ningún otro que reuniera

estas cualidades en tal magnitud que le hubiera permitido hacer de la Facultad de Medicina de Buenos

Aires, una institución de la que los argentinos pudiéramos estar orgullosos”1. No es ése poco reconocimiento

a la significación de la vida de un hombre.

Retomé esa idea al concluir la presentación del volumen citado cuando dije: “Este homenaje, que

comenzó en forma algo imprecisa, fue adquiriendo una definida intención. La de rescatar, a través de la

evocación de Braun Menéndez, el sentido de lo que podría haber llegado a ser la universidad argentina.

Y viendo lo que aún no ha sido, la de comprometer a nuestra generación, de cara al siglo, en su

acelerada construcción”.

La conmemoración del 60º aniversario de la fundación de Medicina (Buenos Aires), de cuyo Comité

de Redacción formó parte Braun Menéndez desde 1944, me brinda ahora la oportunidad de intentar

completar la tarea que hace una década dejé inconclusa: el análisis de su pensamiento en materia

universitaria. Se trata sólo de un intento de rescatar algunas de las ideas centrales que expuso a lo

largo de su vida en torno a estas cuestiones que, como queda dicho, han ejercido una profunda influencia

en nuestra universidad. Confío en que esta apresurada mención estimule al lector a acercarse a las

publicaciones originales para bucear en el amplio ideario del autor, que sintetiza en su persona los

mejores valores de nuestra universidad. Sus concepciones resumen la tarea pendiente que resulta

oportuno recordar al iniciar un nuevo siglo pues, como afirmó Alfredo Lanari al despedir los restos de

Braun Menéndez, “su ejemplo nos servirá para continuar en la reconstrucción científica y moral que

tanto necesita la universidad de éste, nuestro pobre país”1.

150 MEDICINA – Volumen 60 – Nº 1, 2000

Las universidades privadas, institutos de investigación2-5

En la edición del 6 de septiembre de 1945 del diario “La Nación”, se lee la siguiente noticia: “El Dr.

Eduardo Braun Menéndez ocupó ayer la tribuna del “Instituto Popular de Conferencias”, en la sala de

fiestas de nuestro colega “La Prensa”, para disertar sobre el tema “Universidades no oficiales e institutos

privados de investigación científica”. Su conferencia –se consigna– fue largamente aplaudida por el

numeroso y selecto auditorio”.

Más allá de tales apuntes sociales, es en esa disertación donde se encuentra el germen del pensamiento

que posteriormente Braun Menéndez expondría en diversos artículos publicados en Ciencia e

Investigación entre 1955 y 1958. Esta fue la revista que fundó en 1945 para difundir las ideas que

servían de base a la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, institución en cuya creación

y actividad tuvo un decisivo protagonismo. Durante el período citado, Braun Menéndez participó

activamente en los órganos de conducción de la Facultad de Medicina y de la Universidad de Buenos

Aires. Sorprende comprobar la poderosa influencia que ejerció en tan breve lapso sobre la estructura

de ambas instituciones y el impacto que sus ideas tuvieron en muchas de las trascendentes decisiones

que en ellas se adoptaron durante uno de los períodos más originales y creativos de su accidentada

historia reciente.

En la conferencia citada, Braun Menéndez comienza su exposición con un documentado análisis de

las contribuciones que las instituciones de investigación realizaron tanto al progreso de los distintos países

centrales como al mejoramiento de su enseñanza superior. A este respecto, analiza detenidamente

el impacto que ejerció la creación de la Universidad Johns Hopkins en los EE.UU. en la modernización de

la enseñanza de la medicina. Con similar propósito, describe la constitución en 1911 de la Sociedad

Kaiser Guillermo para el adelanto de las ciencias de Alemania y reseña su evolución posterior.

El núcleo central de la conferencia se encuentra, sin embargo, en la propuesta de creación de una

universidad privada en base a la reunión de institutos de investigación científica. Dice: “La que oso

describir es, como la utopía de Tomás Moro, absolutamente imaginaria, aunque no tan irrealizable

como el país descripto por el fantástico Hiptoldeo”. Uno de los elementos centrales en la concepción de

Braun Menéndez, reside en la importancia central que asigna a la investigación científica en la misión

de la universidad, institución creada, dice junto con Sir William Osler, “para enseñar y para pensar”,

pues, “el deber que incumbe al cuerpo de profesores es el de ampliar los límites del conocimiento

humano”. No es por ello casual la frase con la que inicia la descripción de su universidad utópica: “Su

objeto principal ha de ser el de buscar la verdad”.

Sostiene que no existe universidad sin investigación y, por ello, si bien alienta la formación de instituciones

privadas, considera que éstas sólo tienen sentido en la medida en que estén basadas en la

creación de conocimiento y no se propongan solamente ser meras escuelas profesionales. Asigna una

trascendencia singular al aporte que, para la concreción de este proyecto, representan los capitales

provenientes de las distintas empresas del país, interesadas en que éste cuente con centros dedicados a

la generación de nuevos conocimientos. Dice al respecto: “La creación de una universidad libre basada

en institutos de investigación debe ser obra… de las llamadas fuerzas vivas del país. Si éstas no despiertan

y comprenden que su papel consiste en crear riqueza –riqueza artística, intelectual, moral y material–

verán a un estado burocrático absorber poco a poco todas las actividades que legítimamente les corresponden

y terminarán por no hacer siquiera dinero, con lo cual desaparecerán como fuerza”. Es éste un

claro programa de acción que nuestra clase dirigente aún no ha asumido en plenitud.

La activa participación de Braun Menéndez en el polarizado debate universitario de fines de la

década de 1950, estuvo permanentemente centrada en la defensa de esta idea. La resumía así: “En

nuestro país, si ha de hacerse una universidad privada, debe empezarse por lo más difícil; por la

excavación y los pilares; es decir, por los gabinetes, laboratorios y bibliotecas, pequeños, modestos si

EDITORIALES 151

se quiere, pero ocupados por hombres de grande, de indiscutible categoría universitaria, aunque sean

pocos en número. He ahí el nudo de la cuestión. Lo que da el tono de la universidad, su sostén, su

potencial, es el profesor. No me refiero al que va y dicta unas conferencias o tantas clases por semana.

Me refiero al verdadero profesor, que vive, piensa, trabaja y enseña en la universidad”. Es la persona

que crea y enseña la que constituye el fundamento de la universidad. Concluye, acertadamente, que

“en nuestro país, puede decirse que nunca ha habido una universidad auténtica… las nuestras son,

como afirma Ortega, instituciones al revés”. Esta concepción de la “universidad invertida, la torcida, la

sofisticada, la falsa, la creada por decreto”, constituye aún hoy una proposición fecunda para encarar el

análisis del estado de nuestras instituciones de educación superior.

Los títulos habilitantes y la universidad6

Vinculado con esta cuestión, surge entonces el debate acerca del otorgamiento de los títulos

habilitantes por parte de la universidad. A propósito de la polémica generada en 1956 sobre este tema

señala: “Estas dos palabritas (títulos habilitantes) son las que han provocado la inquietud y las protestas

de quienes ven con recelo la creación de universidades privadas y el entusiasmo desmedido y el

apuro de quienes creen que puede hacerse aparecer una universidad por arte de encantamiento. Unos

y otros incurren en el gravísimo error de confundir universidad con escuela profesional y de creer que

es propio de la universidad el conferir títulos habilitantes”.

Reivindica para el Estado la responsabilidad de interesarse por la idoneidad de quienes ejercen las

profesiones en las que la salud, la seguridad o los bienes de los habitantes están en juego. El hecho de

que esa potestad haya sido transferida a las universidades, no significa que ésta sea, necesariamente,

la práctica más correcta. En base a modelos de otros países, propone diversas alternativas para el

otorgamiento de los títulos habilitantes bajo supervisión estatal, y señala que, cuando asumen esa

responsabilidad, las universidades se alejan de su misión esencial que es “la formación integral de

hombres capacitados para ejercer una profesión, no la de conceder títulos habilitantes. La universidad

tiene el deber de enseñar bien y los grados que otorgue deben ser garantía de capacitación”.

Este problema le permite volver, una vez más, sobre su concepción de la universidad, acerca de la

que afirma: “En su aspecto docente puede enseñar un conjunto de disciplinas que capaciten al que las

sigue para ejercer su profesión; pero no es ésta su misión primordial, ni aun en su aspecto docente. Las

escuelas profesionales dependen de las universidades porque los que estudian para luego ejercer

profesiones liberales, tienen que adquirir una formación moral, hábitos mentales y conocimientos fundamentales

que sólo pueden adquirirse en una universidad del tipo que hemos definido”.

La elección de los profesores universitarios7, 8

Por la importancia central que Braun Menéndez adjudica a los profesores en la estructura de la

universidad, el mecanismo utilizado para su selección constituye una de sus preocupaciones centrales.

Ridiculiza ácidamente los procedimientos utilizados con esa finalidad que eran, en su época, similares

a los que se siguen en la actualidad. Decía al respecto: “El hombre moderno está a la merced del más

cruel tirano que registra la historia –una hidra de mil cabezas llamada burocracia– que cada día inventa

un nuevo método para rebajarlo y humillarlo, convirtiéndolo en hombre-ficha, hombre-expediente, hombre-

rebaño, quien, con la cerviz doblada por yugo invisible, se pasa la vida presentando solicitudes,

llenando formularios, haciendo colas y firmando declaraciones juradas. El virus del formalismo también

ha invadido las aulas universitarias y ha presidido hasta ahora la elección de profesores universitarios”.

El análisis que realiza sobre este problema se basa en la correspondencia entre los procedimientos

utilizados y las misiones de la universidad que constituye una de sus preocupaciones centrales. Con152

MEDICINA – Volumen 60 – Nº 1, 2000

cluye que los valores que la universidad guarda y propaga son los que deben regir sus actividades

específicas, es decir, la enseñanza y la investigación. Afirma: “La enseñanza universitaria no consiste

en fabricar profesionales más o menos eficaces, sino en formar hombres capaces de pensar correctamente

y de juzgar bien, hombres que puedan reconocer el error, la mentira y la estupidez –científica,

política, económica o social– y que estén compenetrados de que es su deber denunciar y resistir tales

deformaciones de la verdad”.

Como la reputación de una universidad, su categoría y capacidad para cumplir la misión que le

confía la sociedad, dependen de la calidad de sus profesores y de la calidad de sus alumnos, la elección

de los profesores es uno de los actos más delicados e importantes. Menciona entre sus cualidades

esenciales: el respeto por la verdad; el entusiasmo por lo que hace y enseña; la capacidad de perfeccionamiento;

el carácter, demostrado en la vida que lleva y los valores que la guían porque, como

sostiene Chesterton, “lo más práctico e importante respecto de un hombre es su visión del universo” y,

finalmente, el conocimiento vivido de la materia que enseña.

Braun Menéndez no duda en afirmar que “el concurso de títulos, antecedentes y trabajos, tal como

se lo realiza entre nosotros, es un recurso burocrático de nivelación hacia abajo y además, fomenta la

farsa, la simulación y la mentira… La simple idea de reglamentar, con abundancia de artículos, un acto

tan trascendente como es la elección de profesores, importa un insulto a los miembros del jurado pues

supone, o que no se les reconoce la capacidad suficiente para escoger al mejor profesor o que se los

considera moralmente objetables”. Prosigue con fina ironía: “El objetivo del trámite concursal es el de

proporcionar al jurado un cierto número de puntos que le permitan llegar a una decisión numérica y

automática, liberando a sus integrantes de toda otra responsabilidad. Terminado el trabajo, el jurado

puede dormir tranquilo, con la conciencia del deber cumplido: se decidió a favor de X porque tenía más

antigüedad, más trabajos, más antecedentes, más títulos y porque cumplió mejor los requisitos de las

pruebas. No le interesan la actividad futura del nuevo profesor, ni la eficiencia con la que desempeñará

su cargo, así como no le interesa saber si la elección significa o no una adquisición real y efectiva para

la universidad en la que el candidato irá a actuar. Ninguno de los miembros del jurado habría recurrido

a tal proceso para escoger un secretario o un profesor de primeras letras para sus hijos. A pesar de

eso, duermen con la conciencia del deber cumplido. Virtud dormitiva y anestesiante del formalismo

burocrático en el que la abundancia y minuciosidad de los reglamentos sólo sirven para escamotear el

fondo del problema”.

Al cabo de un devastador análisis acerca de las consecuencias del sistema formal en el que se

sustenta la realización de los concursos de profesores, señala la conveniencia de estimular la promoción

de los jóvenes, evitar la endogamia y el provincialismo, eliminar formalismos exagerados y recurrir

al juicio de expertos de otros lugares del mundo. Concluye que “no pueden establecerse reglas precisas

y mucho menos normas rigurosas para la elección de una persona que ha de realizar misión tan

noble, difícil y delicada. Lo importante no son los reglamentos sino los principios”.

Los fines de la universidad9, 10

La contrastación de la realidad con los fines de la universidad constituye también un tema central en

los escritos de Braun Menéndez. Enuncia que, desde el punto de vista docente, “la universidad debe

ser: 1. el vivero donde puedan desarrollarse los sabios; 2. un lugar donde los jóvenes adquieran el

deseo de saber por el saber mismo, la capacidad de buscar y adquirir la verdad; y, por último, 3. una

escuela donde los jóvenes puedan, después de largos y paciente estudios, adquirir los conocimientos

necesarios para ejercer una profesión. Cuando en una universidad falta la investigación, difícilmente

pueden realizarse los dos primeros objetivos de la enseñanza, y en nuestra universidad no se hace

prácticamente investigación”.

EDITORIALES 153

El mínimo que se puede exigir a una universidad es, pues, que sea una buena escuela profesional.

Pero las profesiones liberales, afirma, requieren una formación intelectual (un método para pensar) y

una formación espiritual (una actitud ante la vida) que no se adquieren en los libros y que se consiguen

enfrentándose con la realidad bajo la guía de maestros avezados.

¿Qué es lo esencial para tener buena enseñanza? Responde Braun Menéndez: “Hasta un niño nos

puede contestar correctamente: tener buenos profesores y buenos alumnos. Existen muchos medios

para conseguir buenos profesores y existen muchos medios para seleccionar a los mejores alumnos.

Pero con ello no basta. Se requieren dos condiciones más, igualmente esenciales: 1. que el profesor

disponga de los medios necesarios para enseñar; y 2. que el número de estudiantes esté en relación

con la capacidad docente del profesor”. La feliz analogía que establece con la tarea del tornero y sus

aprendices, no hace sino demostrar lo absurdo de muchas conductas que aún se siguen practicando.

Lo resume así: “La sociedad y el estado tienen el derecho de exigir que, los que tienen la misión de

cuidar la salud, edificar las viviendas, construir puentes, caminos, etc., y defender nuestros derechos

ante la justicia, estén adecuadamente preparados para ello, y el deber de procurar los medios para

conseguirlo. La fórmula es simple: buenos profesores + buenos alumnos (en número adecuado a la

capacidad docente de aquellos) = buena enseñanza. Mientras ello no se consiga, nuestra universidad

no pasará de ser una oficina en la que estudiantes autodidactas cumplan con el trámite burocrático de

dar examen”.

Estas ideas son expuestas con mayor amplitud en oportunidad de considerar el estado de nuestra

Facultad de Medicina, que Braun Menéndez define como “monstruosa: contra el orden de la naturaleza,

excesivamente grande…”. Reitera uno a uno los argumentos obvios que justifican esa definición y

remata diciendo: “Si fuera necesario demostrar el absurdo que significa un profesor con 5.000 alumnos:

para dictar clases se necesitaría el Gran Rex o un sistema de altoparlantes, aparatos de televisión

u otros recursos de la técnica moderna, y para tomar examen, concediendo media hora a cada estudiante,

necesitaría 2.500 horas, es decir, mi misión de profesor consistiría en tomar examen 8 horas

por día durante 312 días al año…”.

Pero es preciso advertir que mientras escribía estas líneas críticas, junto con una minoría de profesores

de la facultad y acompañado por sus graduados y sus estudiantes, Braun Menéndez contribuía a

construir los cimientos de la facultad moderna: estimulaba la incorporación de profesores con dedicación

exclusiva, ponía el énfasis en las materias básicas que proporcionan el sustento científico del

saber médico, alentaba la instalación de las primeras residencias médicas en el país. Al mismo tiempo,

esbozaba un original proyecto de descentralización de la facultad que, si bien no llegó a concretarse,

comenzó a insinuarse en esa época mediante la creación de las unidades docentes hospitalarias.

Conclusión

Estos breves apuntes sólo pretenden presentar al lector una visión de conjunto de los principales

problemas relacionados con la universidad sobre los que ha opinado Eduardo Braun Menéndez. De la

lectura de sus textos surge la actualidad de la mayor parte de las posiciones que sostiene y se fortalece

la creencia, compartida por muchos, de que nuestra historia hubiera sido muy diferente de no haberse

interrumpido tan precozmente su activa presencia en un momento clave de la historia argentina. Como

lo afirmara uno de sus discípulos, Marcelino Cereijido, “Braun Menéndez nos ha faltado por todas

partes”1.

En el discurso con el que presentó a Braun Menéndez ante la Academia Nacional de Medicina en

1945, Bernardo Houssay reflexionaba acerca de sus propias ideas sobre la investigación científica,

consideraciones que pueden hacerse extensivas a la visión universitaria de Braun: “Todo esto es conocido

en el mundo entero y espero verlo aplicado entre nosotros. Oigo decir, a veces, que tengo aspira154

MEDICINA – Volumen 60 – Nº 1, 2000

ciones que están cincuenta años más adelante de lo que es posible en nuestro país. Pero esto no es

cierto, no es que yo piense cincuenta años más adelante del momento actual, sino que en nuestro país

muchos piensan con cincuenta años de atraso. Lo grave es que creen que hemos llegado a la perfección

y que no tenemos nada que aprender. Eso sería una ingenuidad risible si de esa vana ilusión no

resultaran consecuencias trágicas”11.

Entristece comprobar que hoy, cuarenta años después de haber sido escritas, sigan teniendo vigencia

estas palabras de Braun Menéndez: “Desde hace más de 80 años, centenares de autores han

escrito artículos y libros sobre el ‘problema de la universidad argentina’. Produce un profundo desánimo

comprobar que todos exponen los mismos defectos y proponen las mismas soluciones… y el problema

sigue sin resolverse. ¿Cuáles son las razones profundas de este dar vueltas a la noria, de este andar

sin rumbo y a tropezones?”12 Seguimos hoy esperando la respuesta a este agudo y dramático interrogante.

Reconquistar la excelencia y la seriedad, volver a la calidad, no sólo supone mirar hacia adelante

sino también recordar hoy todo lo bueno que ayer nos pasó. Este recorrido por las principales contribuciones

de Eduardo Braun Menéndez al debate universitario, posee la virtud de enfrentarnos con la

verdadera dimensión de la estirpe a la que pertenecemos, la riqueza de la historia de la que provenimos,

la calidad personal, la cultura, el compromiso, el valor y la amplia visión demostrada por quienes

nos han precedido. Nos confronta, en suma, con la deuda aún impaga que tenemos con la memoria de

nuestros mayores, con la responsabilidad de estar, como ellos lo estuvieron en su tiempo, a la altura de

los desafíos que hoy enfrentamos.

Guillermo Jaim Etcheverry

Departamento de Biología Celular e Histología,

Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires

Paraguay 2155, 1121 Buenos Aires, Argentina

Fax: (54-11) 4802-5959 E-mail: jaime@mail.retina.ar

1. Retratos. Eduardo Braun Menéndez (1903-1959). Buenos

Aires; Facultad de Medicina, Universidad de Buenos Aires,

1989.

2. Braun Menéndez E. Universidades no oficiales e institutos

privados de investigación científica. Conferencia en el

Instituto Popular de Conferencias. Septiembre 5 de 1945.

(Reseñada en La Nación, septiembre 6 de 1945).

3. Braun Menéndez E. Las etapas para la creación de una universidad

privada. Ciencia e Investigación 1957; 13: 97-9.

4. Braun Menéndez E. La ley universitaria. Ciencia e Investigación

1958; 14: 289-90.

5. Resolución de la Comisión encargada de expedirse sobre

el artículo 28. Ciencia e Investigación 1958; 14: 325-6.

6. Braun Menéndez E. Los “títulos habilitantes” y la universidad.

Ciencia e Investigación 1956; 12: 1-4.

7. Braun Menéndez E. La elección de profesores universitarios.

Ciencia e Investigación 1956; 12: 82-6.

8. Braun Menéndez E. La formación de profesores. Rev Asoc

Med Arg 1957; 71: 416-8.

9. Braun Menéndez E. ¿Se cumplen los fines de la universidad?

Ciencia e Investigación 1955; 11: 385-7.

10. Braun Menéndez E. Una facultad monstruosa. Ciencia e

Investigación 1955; 11: 529-31.

11. Houssay BH. Discurso con motivo de la incorporación del

Prof. Dr. Eduardo Braun Menéndez. Bol Acad Nac Med

1946; 1-3: 181-92.

12. Braun Menéndez E. ¿Qué es la universidad? Manuscrito

inédito, 1959.

————————————————–

Vida y obra

Era aborígen de Punta Arenas, Chile, y fue un ciudadano naturalizado argentino a partir de una edad muy temprana, criándose en Buenos Aires.[1]

Estudió en la Facultad de Medicina (Universidad de Buenos Aires), eligiendo medicina cardiovascular y fisiología como sus especialidades. Su tesis doctoral versó sobre la relación entre la glándula pituitaria y el diencéfalo y la presión sanguínea, y fue desarrollada, en 1934, en el Instituto de Fisiología bajo la supervisión del Premio Nobel en Fisiología Dr. Bernardo Houssay. Después de recibir su doctorado, fue a Inglaterra para estudiar en el University College London, donde investigó el metabolismo cardíaco.[1]

A su regreso de Inglaterra, se unió al equipo de prestigio en el Instituto de Fisiología, con Luis Federico Leloir, Juan Fasciolo, Juan Muñoz, y Alberto Taquini para trabajar por algunos años en el mecanismo de hipertensión nefrogénica. Hizo el descubrimiento más importante en su carrera durante esta investigación, que fue la angiotensina, en 1939.[2]

En el Instituto, Braun Menéndez se convirtió en un líder de investigación en la fisiología cardiovascular en 1945, y se desempeñó como profesor titular y profesor adjunto en la misma área hasta 1946. Dirigió el Instituto de Biología y Medicina Experimental, hasta 1946 y fue también el jefe de electrocardiografía y fisioterapia en el Instituto Municipal de Radiología y Fisioterapia de Buenos Aires. En 1955, regresó ocupando la “silla Houssay” en el Instituto de Fisiología, donde se desempeñó como Profesor. Además, fue miembro de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires y fue honrado con el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de California y de la Universidad de Brasil. Además, fue vicepresidente de la Sociedad Argentina de Biología y secretario de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias. Recibió el Premio Nacional de Ciencias dos veces.[1]

Braun-Menéndez también ayudó a crear la revista científica importante Ciencia y Investigación que publicó su primer número en 1945 y fue dirigida por él hasta 1959, cuando murió. Otra de sus iniciativas fue la Acta Physiologica Latinoamericana, una publicación escrita en varios idiomas, para obras de fisiólogos de América Latina.

El Dr. Braun Menéndez falleció en un siniestro aéreo, con su hija, cerca de Mar del Plata, el 16 de enero de 1959. Fue el primer siniestro de Austral Líneas Aéreas.[1]

Algunas publicaciones

  • eduardo Braun Menéndez, p. Brandt. 1952. Aumento del appetito especifico para la sal provocado por la desoxicorticosterona: Caracteristicas. Editor Lumen, 9 pp.

Libros

  • eduardo Braun Menéndez. 1963. Bases para el progreso de las ciencias en la Argentina. Universidad Nacional del Sur, Extensión Cultural. Serie Homenajes. Serie homenajes. Editor Universidad Nacional del Sur, Extensión Cultural, 24 pp.
  • ——————————, juan carlos Fasciolo, luis f. Leloir. 1946. Renal hypertension. Editor y traductor Lewis Dexter. Edición ilustrada de C.C. Thomas, 451 pp.
  • ——————————. 1945. Universidades no Oficiales e Institutos Privados de Investigacion Cientifica: conferencia en el Instituto Popular de Conferencias (septiembre 5 de 1945). Editor The Author, 24 pp.
  • ——————————. 1943. Hipertensión arterial nefrógena. Editor El Ateneo, 475 pp.
  • oscar Orías, eduardo Braun Menéndez. 1939. The heart-sounds in normal and pathological conditions. Editor Oxford Univ. Press, 258 pp.
  • oscar Orías, Eduardo Braun-Menéndez. 1937. Los ruidos cardíacos: en condiciones normales y patológicas. Editor El Ateneo, 279 pp.

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