Aguilar, Horacio A. – Columnista del mes: Febrero 2012

Febrero 1st, 2012

Las descripciones de ciencias naturales en América hasta el siglo XIX .…………………………………………………………………………….

“El nuevo mundo, recién descubierto, no estaba localizado aún en el planeta, ni tenía forma ninguna. Era una caprichosa extensión de tierra poblada de imágenes”

Ezequiel Martínez Estrada: Radiografía de la Pampa

Las exploraciones inauguradas con Cristóbal Colón marcaron una nueva etapa en el

estudio de las ciencias de la naturaleza americana. Alexander von Humboldt a mediados

del siglo XIX subrayó la importancia que tuvieron aquellos viajes para el progreso

matemático y físico del momento. También el director del Museo Argentino de Ciencias

Naturales, Dr. José María Gallardo al cumplirse el quinto centenario del descubrimiento

de América, recordó lo interesante que es leer el libro de bitácora del Almirante, y

comprobar como en muchas de sus anotaciones hay valiosas descripciones de flora y

fauna nueva o poco conocidas para el Viejo Mundo.

 

La confección de mapas y planos junto con la aparición de la imprenta y otros

instrumentos tuvo por entonces un carácter estratégico para mejorar la navegación

inter-oceánica, José Babini comentó que “en el Real y Supremo Consejo de Indias, así

como en la Casa de la Contratación de Sevilla, se desarrollaban actividades científicas

con cátedras de matemática y de cosmografía [esta última era una] verdadera escuela

de navegación que adiestraba a pilotos y mantenía al día el mapa oficial de los

descubrimientos”.

 

A los rudimentarios mapas confeccionados en cuero, se les anexaban alegorías o

ilustraciones que representaban la fauna y flora de las tierras recién descubiertas. Claro

que los copistas muchas veces dejaron volar su imaginación o interpretaron como

quisieron las historias fascinantes de sus informantes, y así tuvieron su momento de

gloria los bestiarios (libros de bestias) y leyendas que hoy nos parecen tan absurdas o

risueñas.

 

El naturalista Ángel Cabrera, se ocupó profundamente de estudiar la zoología entre la

Edad Media y el Descubrimiento del Nuevo Mundo y brindó abundante información

sobre el tema, mencionando como ejemplo la noticia de un curioso tratado de zoología

persa del siglo XIII en el que se sostenía que las cabras respiran por los cuernos y otras

leyendas por el estilo.

 

En un mapamundi que circulaba a principios del siglo XVI se observa un dibujo en el

centro de lo que actualmente es Brasil, de una especie de vaca con dos colas y un cuerno

retorcido entre las orejas.

Criaturas fantásticas como el basilisco de la India, las amazonas del Brasil, cíclopes,

dragones, gorgonas, sirenas, grifos u hormigas grandes como perros, pasando

por el ongaro o asno salvaje, o el carbunclo descrito por del Barco Centenera en

nuestro territorio, son sólo algunos de los personajes imaginarios más difundidos y

representados.

 

Para tener una idea más precisa del pensamiento de la época fijemos nuestra atención

en el caso del médico de Carlos V, quién afirmaba que las mariposas nacían de las

hortalizas, y las orugas según él, se engendraban directamente de las hojas de los

repollos.

 

Con tropiezos y errores, la Corona Española se adelantó desde un principio en la

búsqueda y acopio de nuevos elementos biológicos. El historiador Arias Divito recuerda

que desde la península se patrocinaron verdaderas expediciones estructuradas por un

equipo de especialistas cuya base de operaciones fue el Jardín Botánico de Madrid,

principalmente.

 

La botánica fue la ciencia que más prosperó debido a la facilidad con que se podían

trasladar especimenes vivos, frutos o semillas. Esto originó importantes cambios

en la economía que favoreció actividades industriales como producción de resinas,

combustibles, sogas, fibras, tinturas, y principalmente la especiería.

 

La medicina mejoró sensiblemente los tratamientos con el conocimiento de nuevas

drogas, obtenidas justamente de América, y ni que hablar de los nuevos alimentos, que

enseguida se desparramaron por toda Europa.

 

Las primeras descripciones sobre ciencias naturales, se encuentran en los relatos de

los “Cronistas de Indias”, cargo que como tal se implementó a partir de 1571.

Para el mundo recién descubierto, seguramente el autor más importante y renombrado

por sus acertadas interpretaciones sobre la naturaleza sudamericana fue Gonzalo

Fernández de Oviedo y Valdéz, quién llegó por primera vez a tierras americanas en

junio de 1514.

 

Oviedo publicó en Toledo en 1526 su obra “Sumario de la natural y general historia

de las Indias” siendo ésta muy difundida y apreciada en toda Europa por su carácter

orientado hacia la naturaleza que, siguiendo todavía el orden Pliniano describía

animales grandes y pequeños, aves, reptiles e insectos, agregándole descripciones de

árboles, hierbas e inclusive yacimientos minerales como oro y plata. La obra completa

de Oviedo quedó sin embargo inédita hasta 1851-1855.

 

Nicolás Monardes en el siglo XVI con sus aportes enriquece a la ciencia. Este médico y

naturalista español, nunca estuvo en América, aunque cultivó un huerto en Sevilla con

plantas americanas. Escribió a partir de 1559 varios tratados de medicina relacionados

con la botánica y la zoología, nutriéndose con noticias y elementos que le enviaba

un tal don Pedro Osma desde el Perú. Entre sus textos se destacan artículos sobre

las propiedades del chocolate, el tabaco o las piedras bezoares (cálculos intestinales

de algunos animales). Además publicó un libro titulado De las cosas que se traen de

nuestras Indias.

 

Otro destacado naturalista fue Francisco Hernández. Fue médico de cámara de Felipe II.

Pasó a Méjico en 1570 como jefe de una expedición que tuvo por objeto el estudio de la

medicina y la naturaleza. Junto a su hijo y colaboradores estuvo allí hasta 1577. Obtuvo

abundante información, entre la que se incluyeron algunos dibujos de plantas. Formó un

importante herbario describiendo unas tres mil plantas y más de quinientos animales. Su

obra Historia natural de la Nueva España, tuvo gran vigencia entre los contemporáneos

y fue reconocida internacionalmente.

 

Marcos Jiménez de la Espada, historiador y naturalista español del siglo XIX, quién

además formó parte de la Comisión Científica del Pacífico entre 1862 y 1866 que

recorrió el mundo emulando la expedición de Malaspina, dejó referencias concretas

sobre la organización que tenía la península Ibérica para el Nuevo Mundo, expresando

que “desde 1571 España tenía organizado y oficializado el estudio geográfico de

América, bajo resoluciones, cédulas, ordenanzas etc., y los cosmógrafos o cronistas

debían ser los encargados de llevar a cabo la tarea de recopilación”.

 

En 1577 circulaba un documento llamado “Instrucción-Memoria de las relaciones

que se han de hacer para la descripción de las Indias, que SM. manda hacer para

el buen gobierno y ennoblecimiento de ellas”. Dentro de esa memoria se ordena la

observación de los árboles silvestres más conspicuos y comunes y cual es el provecho

que de ellos pudiera obtenerse (madera, frutos etc.) Asimismo en otra parte del mismo

se recomienda poner atención en las hierbas o plantas aromáticas con que se curaban los

indios y las virtudes venenosas o medicinales que ellas tuvieran.

 

América se convirtió en poco tiempo y sin quererlo en un gran proveedor de elementos

novedosos y curiosos, que cautivó a los observadores de todo el mundo ávidos de

conocimiento por las ciencias naturales y sus culturas.

 

Tengamos presente que en el siglo XVI los límites entre las distintas ramas de la ciencia

todavía eran confusos. No existía distinción clara entre química y alquimia, o entre

astrología y astronomía. Pensemos asimismo que las ciencias naturales se enseñaban

dentro de los ámbitos de la filosofía.

 

 

El carácter científico como tal no existía, la búsqueda de la verdad se efectuaba en torno a la Corte, a través de la credibilidad que tenían los científicos y los tecnólogos del momento y el Rey. Es decir, una mezcla de saber y poder.

 

Las nuevas ideas renovadoras se pondrán en práctica a partir del siglo XVII, aunque

será en el siglo XVIII que tendrán su verdadero apogeo. Las ciencias naturales no

quedaron exentas a los cambios y experimentaron su transformación con la aparición

de las clasificaciones sistemáticas. Hubo varios naturalistas dedicados a catalogar o

describir especimenes como entre los que se destacaron Linneo, Brisson, Buffon, etc.

 

Después de algún tiempo, la clasificación que predominó fue la que creó Carlos Linneo.

Consistía simplemente en dividir los reinos de la naturaleza en clases, éstos en órdenes

y sucesivamente en géneros y especies, estableciendo una nomenclatura binaria para

estas últimas. La primera lista con estas características se publicó en Lyden en 1735 y

fue la primera edición de Systema naturae. Oportunamente se hicieron ediciones cada

vez más enriquecidas, llegando su autor a conocer la duodécima edición. Sensiblemente

modernizada con los años, es la fórmula que fue aceptada por la comunicad científica y

la que actualmente se usa. Se la denomina binaria o binominal.

 

A los viajes de descubrimiento, exploración y conquista les suceden verdaderas

expediciones que contemplaban múltiples propósitos como hacerlas económicamente

rentables, aplicar o ensayar los nuevos adelantos científicos etc.

 

Como se verá más adelante el establecimiento de jardines botánicos y museos de

historia natural estimularon este tipo de emprendimientos. Celestino Mutis propiciaba

el estudio de la quínoa y los distintos tipos de bálsamos como elementos “económicos”

para tener en cuenta. Otra prueba de lo dicho queda reflejada por las observaciones de la

Condamine, quién anticipa las ventajas prácticas del caucho o “resina elástica”.

 

Con la nueva aparatología, se hicieron importantes adelantos en las mediciones

terrestres. Además se mejoraron sensiblemente los procesos de conservación de

elementos biológicos, con el auxilio de nuevos productos químicos.

 

España, Portugal, Francia, Inglaterra y otros países pusieron especial interés en la

observación del suelo y la naturaleza sudamericana. Estos viajes se caracterizaron

además por incluir entre la tripulación algunos dibujantes y naturalistas con probada

capacidad para realizar observaciones. Los dibujantes fueron excelentes, capaces de

plasmar en imágenes no solamente los especimenes colectados, sino también de reflejar

las vistas más representativas de los lugares recorridos. Ello contribuyó a alimentar

también las artes tan de moda por esos tiempos.

 

Los naturalistas fueron incansables caminadores, algunos con títulos facultativos,

especializados en la investigación, recolección y preservación de todo tipo de elemento

considerado de interés: arqueológico, botánico, zoológico, mineralógico etc.

Enumerar debidamente las expediciones que se proyectaron hacia América en ese

momento histórico excede el propósito de este trabajo, sólo citaremos algunas de las

más sobresalientes.

 

Expediciones importantes

 

Entre 1735 y 1743 Carlos María de La Condamine dirigió una expedición al Perú cuya

finalidad principal era la medición un arco de meridiano.

Peter Loeffling, quién fuera discípulo de Linneo, comandó la expedición botánica a

 

Nueva Andalucía, hoy Venezuela, entre 1754 y 1756.

José Celestino Mutis dirigió otra expedición botánica, esta vez al Reino de Nueva

Granada, hoy Colombia entre 1760 y 1801.

 

Louis A. Bougainville dirigió dos expediciones que dieron la vuelta al mundo, pasando

por el Cabo de Hornos y las Islas Malvinas, realizadas entre 1763 y 1764 la primera y

entre 1766 y 1769 la segunda.

 

Hipólito Ruiz, José Pavón, y Joseph Dombey, realizaron la expedición botánica a los

reinos de Chile y Perú, entre los años 1778 y 1788. El misionero jesuita Gaspar Juárez

participó como revisor de algunos herbarios.

 

Alejandro Malaspina hizo una expedición alrededor del mundo entre los años1789 y

1794. Se destacaron los naturalistas como Luís Née y Tadeo Haenke.

 

Los hermanos Heuland fueron comisionados a Chile y Perú para hacer una colección

de minerales y fósiles para el Real Gabinete de Historia Natural. Entre 1795 y 1800

recorrieron parte de Chile, Bolivia, Perú y Argentina hasta Mendoza. Los mismos

pensaban realizar en un futuro cercano otro viaje, esta vez para recolectar aves y

mamíferos pero no pudo llevarse a cabo.

 

Los botánicos Alexander von Humboldt y Aimé Bompland efectuaron entre 1799 y

1804 la famosa expedición a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo.

 

A fines del siglo XVII España y Portugal organizaron una comisión para demarcar los

límites entre Brasil y Argentina. Se destinaron al terreno Francisco Millau y Marval,

Félix de Azara, Diego de Alvear y Juan Francisco Aguirre. Los objetivos demarcatorios

se cumplieron a medias. Cada integrante aprovechó el tiempo y preparó por separado

diversos informes escritos dando a conocer interesantes observaciones. Alvear, Millau y

Aguirre dejaron muy buenas descripciones biogeográficas de la región. Los trabajos de

Azara se convirtieron más tarde en libros y en obras de indispensable consulta sobre las

aves y mamíferos del paraguay y Río de la Plata.

 

Hasta aquí nuestra síntesis que intentó brevemente explicar la importancia que tuvieron

las observaciones de ciencias naturales para el nuevo mundo.

Horacio A. Aguilar

Columnista del mes: Febrero 2012

——————————————-

Entry Filed under: Columnistas

Leave a Comment

Required

Required, hidden

Some HTML allowed:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed