Debenedetti, Salvador – Personaje del mes: Diciembre 2011
diciembre 1st, 2011
El Dr. Salvador Debenedetti, uno de los grandes impulsores de la arqueología y la antropología en la Argentina.
CV resumido:
Salvador Santiago Lorenzo Debenedetti (n. 2 de marzo de 1884 en Avellaneda, Argentina; m. 30 de septiembre de 1930 en el barco Capitán Polonio en altamar) fue un arqueólogo y antropólogo argentino, iniciador junto a su mentor Juan Bautista Ambrosetti de la arqueología en la Argentina. A él corresponde en gran medida la obra de restauración del Pucará de Tilcara, una de las manifestaciones más destacadas de la Civilización Andina en el actual territorio argentino. Fue el creador en su país, del Día del Estudiante.
Salvador Debenedetti nació el 2 de marzo de 1884 en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Hijo de un inmigrante italiano de una familia judía del Piemonte y una nativa Rioplatense, vivió en el barrio Barracas al Sur, en las calles Alsina y Paláa, solar donde actualmente se levanta la Escuela de Enseñanza Técnica Nº 5, que lleva su nombre. Su padre fue un empresario organizador de una fábrica de soda y bebidas.
Realizó sus estudios primarios en la Escuela Nº 1 de Avellaneda y los secundarios en el Colegio San José de Buenos Aires. Luego de abandonar los estudios de derecho, ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde conoció al sabio Juan B. Ambrosetti y se volcó plenamente a la arqueología y la antropología.
Durante los años de estudiante universitario, participó activamente en la política estudiantil, siendo elegido en 1902 presidente del centro de estudiantes. Una de las gestiones más destacadas en esa función, fue obtener que la facultad estableciera el día 21 de septiembre (día de la primavera en el hemisferio sur), como “Día del Estudiante“, día que se extendió luego a todo el país.
En 1909 obtuvo su doctorado con la tesis “La cerámica funeraria de los yacimientos prehistóricos de «La Isla» (Quebrada de Humahuaca)”.
Debenedetti participó junto con Ambrosetti, de las primera excavaciones en el Pucará de Tilcara en 1908, 1909 y 1910. Más adelante, Debenedetti profundizó los estudios arqueológicos en la Quebrada de Humahuaca, especialmente en el Pucará de Tilcara, sobre los que publicaría una importante monografía en 1930, poco antes de morir.
A fines de la década de 1910 fue designado director del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, desempeñándose también como profesor en esa casa y en la Universidad Nacional de La Plata. En 1929 fue designado miembro de la Sociedad de Americanistas de París.
Murió prematuramente en 1930, con 46 años, en momentos en que se encontraba en plena actividad intelectual y productiva. Sus cenizas se encuentran enterradas junto a las de Juan B. Ambrosetti, en un monumento-pirámide, obra de Martín Noel, levantado en memoria a ambos sabios, al pie del Pucará de Tilcara.
Publicaciones:
- Excursión arqueológica a las ruinas de Kipon (Valle Calchaquí, Salta) (1908)
- La cerámica funeraria de los yacimientos prehistóricos de «La Isla» (Quebrada de Humahuaca), (1909)
- Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de la isla de Tilcara (Quebrada de Humahuaca, Jujuy) (1910)
- Influencias de la cultura de Tiahuanaco en la región del Noroeste argentino (1912)
- Excursión del XVII Congreso Internacional de Americanistas a Bolivia y Perú (1912)
- Noticia sobre una urna antropomórfica del Valle de Jacavil (1916)
- Investigaciones arqueológicas en los valles preandinos de la provincia de San Juan (1916)
- Los yacimientos arqueológicos occidentales del Valle de Famatina (1917)
- Chulpas en las cavernas del Río San Juan de Mayo (1930)
Uno de sus últimos trabajos, Chulpas en las cavernas del Río San Juan de Mayo, de 1930, revelaba la existencia de tumbas indígenas en esa región de la puna jujeña.
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Reseña en inglés:
Salvador Santiago Lorenzo Debenedetti (March 2, 1884 – September 30, 1930) was an Argentine archaeologist, anthropologist and educator. He was involved in the restoration of Pucará de Tilcara, an ancient fortification in what today is Jujuy Province. He was also the originator of Student’s Day in Argentina, an informal holiday celebrated on September 21.
He was born to Lucia Amoretti and Bernardo Debenedetti, a soft drink manufacturer, in the southern Buenos Aires suburb of Avellaneda, in Argentina’s Buenos Aires Province. Debenedetti attended secondary school at the San José Academy, and enrolled at the University of Buenos Aires School of Letters, where he became a protégé of Professor Juan Bautista Ambrosetti. Elected president of the student body in 1902, Debenedetti persuaded the school’s regents to adopt a Student’s Day. He later earned a Doctor of Philosophy and Letters in 1909, as succeeded his mentor as both curator of the Pucará de Tilcara ruins, and of the university’s Museum of Ethnography.[1]
He was invited to join the International Congress of Americanists, as Ambrosetti had been, during the group’s 1929 symposium in Paris. Upon his death in 1930, his ashes were buried alongside Ambrosetti’s at the foot of the Tilcara ruins.
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Salvador Debenedetti
Arqueólogo y antropólogo
Nació en Avellaneda (Buenos Aires) en 1884.Murió en altamar, en el Río de la Plata, el 1º de octubre de 1930
Nació en 2 de Marzo de 1884 en Barracas al Sud en la casona de Alsina esquina Paláa. Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº 1 sita en esta ciudad, luego se recibió de bachiller en el colegio San José con diploma de honor.
Su primera vocación fue la literatura y en particular la poesía. Al respecto dejó una interesante obra canalizada a través de los periódicos locales.
Estudió dos años Derecho y luego se inscribió en la facultad de Filosofía y Letras donde se doctoró en historia en 1908.

Cabe destacar que como alumno fue presidente del centro de estudiante y fue quién logró que se celebrara el “Día del Estudiante” el 21 de Setiembre.
En 1908 fue con la facultad de filosofía y Letras a Tilcara,Jujuy e inició el reconocimiento e investigación del Pucará, que dirigía Ambrosetti, padre de la arqueología argentina.
En 1910 propuso la primer restauración de una población en ruinas en la Argentina: “El Pucará de Tilcara”.
Entre 1914 y 1916 hizo viajes de exploración a los valles preandinos de San Juan (Calingasta, Los Pozos, Angualasta y Barrealito).
Ambrosetti muere en 1917 y Debenedetti asume el liderazgo del grupo investigador, el 16 de Setiembre de 1918 fue nombrado profesor titular de arqueología americana en la UBA.
Murió el 1º de octubre de 1930 a los 46 años en un viaje de regreso a Bs. As. en el barco “Capitán Arcona”. Hoy sus restos descansan junto a Abrosetti y Casanova en Tilcara Jujuy.
En esa provincia varias localidades tienen calles con su nombre, aquí en Avellaneda una perdida y corta calle también
Su aporte a la arqueología
La arqueología y antropología reconocen en Juan Bautista Ambrosetti el gran iniciador e impulsor de tales estudios en el país. A Salvador Debenedetti le cabe un gran mérito en ese impulso genesíaco: como discípulo, compañero y continuador de Ambrosetti, Debenedetti fue una figura fundamental para que, entre 1920 y 1930, aquellas dos jóvenes ciencias maduraran y se fortalecieran como disciplinas autónomas.
Debenedetti estudió y se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En 1909, alcanzó el doctorado con la tesis La cerámica funeraria de los yacimientos prehistóricos de “La Isla” (Quebrada de Humahuaca). El título de arqueólogo que obtuvo entonces, convalidó en la forma una vocación que desde su más temprana juventud tenía hacia la indagación sobre el pasado y las culturas más antiguas de estas geografías. Además, como autodidacta, tenía una excelente formación científica y literaria.
Una vez recibido, Debenedetti se incorporó al Museo Etnográfico, una todavía novel institución. Fue allí donde conoció a Ambrosetti, quien le contagió la pasión por la prehistoria argentina y americana. Juntos recorrieron el país, realizando numerosos descubrimientos y comprobaciones, y publicando los primeros estudios arqueológicos en el país, que serían juzgados como valiosas contribuciones por los americanistas de todo el mundo. La más importante de ellas, quizás, fue la identificación de toda una antigua cultura, en Tilcara; descubrimiento que les proporcionó un invalorable material arqueológico y antropológico.
Luego de la muerte de Ambrosetti, ocurrida en 1917, Debenedetti viajó a Europa. Reconocido por sus pares europeos, disertó en Francia sobre sus investigaciones arqueológicas en la Argentina. A raíz de esta conferencia, fue nombrado en 1929 miembro de la Sociedad de Americanistas de París.
Ese año, Debenedetti regresó al país para dirigir el Museo Etnográfico, y dar clases en la Universidad de Buenos Aires y en la de La Plata. Regresó también a sus investigaciones, especialmente centradas en la Quebrada de Humahuaca.
Para entonces, había publicado numerosas obras, como Excursión arqueológica a las ruinas de Kipon (Valle Calchaquí, Salta) (1908), Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de la isla de Tilcara (Quebrada de Humahuaca, Jujuy) (1910), Influencias de la cultura de Tiahuanaco en la región del Noroeste argentino (1912), Excursión del XVII Congreso Internacional de Americanistas a Bolivia y Perú (1912), Noticia sobre una urna antropomórfica del Valle de Jacavil (1916), Investigaciones arqueológicas en los valles preandinos de la provincia de San Juan (1916), y Los yacimientos arqueológicos occidentales del Valle de Famatina (1917), entre otras.
Uno de sus últimos trabajos, Chulpas en las cavernas del Río San Juan de Mayo, de 1930, revelaba la existencia de tumbas indígenas en esa región de la puna jujeña.
En 1930, Debenedetti viajó a Europa, para asistir al Congreso de Americanistas de Hamburgo. En esa oportunidad, enfermó gravemente, de tal modo que la muerte lo atraparía en altamar, a bordo del buque que lo traía de regreso. La comunidad científica nacional se conmovió con su muerte, y el Dr. Emilio Ravignani despidió sus restos con un emotivo discurso apologético.
En 1931, entre otros homenajes, se erigió en Tilcara un monumento que honraba su memoria y la de su maestro, Ambrosetti. En ese monumento descansan hoy sus cenizas
El Pucara de Tilcara

En Tilcara, sobre la margen izquierda del río Grande y a 84 Km. de la Capital Jujeña, en plena Quebrada de Humahuaca, se alza el cerro donde, a más de 2500 metros sobre el nivel del mar, los primitivos omaguacas o humahuacas construyeron el fuerte, que contenía viviendas, corrales para sus llamas, un templo y sepulcros.
El descubrimiento del Pucará de Tilcara se debe al ilustre etnógrafo doctor Juan B. Ambrosetti, que en 1908, juntamente con su discípulo y continuador, el doctor Salvador Debenedetti, hallo los restos que luego permitirían reconstruir una de las edificaciones precolombinas mas imponentes de la Quebrada y del país. Inicialmente se despejaron unos 2000 metros cuadrados en la meseta del cerro y se restauraron parcialmente los antiguos muros de piedra. Ambrosetti falleció y el trabajo de restauración solo pudo reanudarse en 1929, bajo la dirección del doctor Debenedetti, que al año siguiente también falleció. Los trabajos quedaron a cargo del doctor Eduardo Casanova, pero diversas dificultades demoraron la reconstrucción hasta 1948, cuando los terrenos fueron transferidos a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, institución que concluyo los trabajos y dio el aspecto que hoy puede admirarse. Además de haber organizado el museo anexo, que contiene importantes piezas y referencias pertenecientes al antiguo fuerte indígena.
Unos 1500 metros de camino permiten visitar el Pucará dividido en los barrios de la Entrada , de la “Iglesia”, del “Monumento”, los corrales y el cementerio. Los estudios de arqueólogos y etnólogos han logrado reproducir con gran fidelidad este verdadero castillo de piedra cuyos ámbitos permiten hacerse una idea de las costumbres y formas de vida de quienes lo construyeron y habitaron. Una escultura moderna de cemento reproduce a un omaguaca con su quena, sentado en uno de los parapetos y presta colorido a la actual representación de esa remota época del pasado Jujeño.
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Salvador Debenedetti
En el año 1911 impulsó la restauración de las ruinas del Pucará de Tilcara, que varios años después fue finalizada tal como se puede observar hoy en día. Junto con Juan Bautista Ambrosetti, fue el gran impulsor de las disciplinas de la arqueología y la antropología en todo el territorio nacional.
El 1º de octubre se conmemora en la Argentina la muerte de Salvador Debenedetti, uno de los grandes impulsores de la arqueología y la antropología en nuestro país, junto a su colega y mentor, Juan Bautista Ambrosetti.

En nuestra provincia, particularmente, la figura de este arqueólogo tiene una profunda incidencia en las disciplinas y el posterior nombramiento de Tilcara como “Capital arqueológica” de la Argentina. Esto es porque Debenedetti fue el impulsor de la restauración del Pucará de Tilcara, que por el año 1911, luego de haber comenzado a ser estudiado, se encontraba en ruinas.
Por este hecho, se lo considera una eminencia en las materias, estando incluso sus cenizas en un monumento dentro del Pucará mismo. A continuación, una breve biografía del arqueólogo junto con la historia del descubrimiento y la reconstrucción del Pucará de Tilcara.
Salvador Debenedetti, arqueólogo y antropólogo, nació en Avellaneda (Buenos Aires) en 1884.
La arqueología y antropología reconocen en Juan Bautista Ambrosetti el gran iniciador e impulsor de tales estudios en el país. A Salvador Debenedetti le cabe un gran mérito en ese impulso genesíaco: como discípulo, compañero y continuador de Ambrosetti, Debenedetti fue una figura fundamental para que, entre 1920 y 1930, aquellas dos jóvenes ciencias maduraran y se fortalecieran como disciplinas autónomas.
Debenedetti estudió y se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En 1909, alcanzó el doctorado con la tesis La cerámica funeraria de los yacimientos prehistóricos de “La Isla” (Quebrada de Humahuaca). El título de arqueólogo que obtuvo entonces, convalidó en la forma una vocación que desde su más temprana juventud tenía hacia la indagación sobre el pasado y las culturas más antiguas de estas geografías. Además, como autodidacta, tenía una excelente formación científica y literaria.
Una vez recibido, Debenedetti se incorporó al Museo Etnográfico, una todavía novel institución. Fue allí donde conoció a Ambrosetti, quien le contagió la pasión por la prehistoria argentina y americana. Juntos recorrieron el país, realizando numerosos descubrimientos y comprobaciones, y publicando los primeros estudios arqueológicos en el país, que serían juzgados como valiosas contribuciones por los americanistas de todo el mundo. La más importante de ellas, quizás, fue la identificación de toda una antigua cultura, en Tilcara; descubrimiento que les proporcionó un invalorable material arqueológico y antropológico.

Luego de la muerte de Ambrosetti, ocurrida en 1917, Debenedetti viajó a Europa. Reconocido por sus pares europeos, disertó en Francia sobre sus investigaciones arqueológicas en la Argentina. A raíz de esta conferencia, fue nombrado en 1929 miembro de la Sociedad de Americanistas de París.
Ese año, Debenedetti regresó al país para dirigir el Museo Etnográfico, y dar clases en la Universidad de Buenos Aires y en la de La Plata. Regresó también a sus investigaciones, especialmente centradas en la Quebrada de Humahuaca. Para entonces, había publicado numerosas obras, como Excursión arqueológica a las ruinas de Kipon (Valle Calchaquí, Salta) (1908), Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de la isla de Tilcara (Quebrada de Humahuaca, Jujuy) (1910), Influencias de la cultura de Tiahuanaco en la región del Noroeste argentino (1912), Excursión del XVII Congreso Internacional de Americanistas a Bolivia y Perú (1912), Noticia sobre una urna antropomórfica del Valle de Jacavil (1916), Investigaciones arqueológicas en los valles preandinos de la provincia de San Juan (1916), y Los yacimientos arqueológicos occidentales del Valle de Famatina (1917), entre otras.
Uno de sus últimos trabajos, Chulpas en las cavernas del Río San Juan de Mayo, de 1930, revelaba la existencia de tumbas indígenas en esa región de la puna jujeña.
En 1930, Debenedetti viajó a Europa, para asistir al Congreso de Americanistas de Hamburgo. En esa oportunidad, enfermó gravemente, de tal modo que la muerte lo atraparía en altamar, a bordo del buque que lo traía de regreso. La comunidad científica nacional se conmovió con su muerte, y el Dr. Emilio Ravignani despidió sus restos con un emotivo discurso apologético. Murió en altamar, en el Río de la Plata, el 1º de octubre de 1930.
En 1931, entre otros homenajes, se erigió en Tilcara un monumento que honraba su memoria y la de su maestro, Ambrosetti. En ese monumento descansan hoy sus cenizas.
Descubrimiento del Pucará

Fue descubierto por el etnógrafo Juan Bautista Ambrosetti en una de sus investigaciones arqueológicas en la zona del noroeste argentino en 1908, en compañía de su discípulo, luego continuador de su obra Salvador Debenedetti.
Durante los veranos de los tres años siguientes exploraron el Pucará y extrajeron unas tres mil piezas. Estos materiales y sus observaciones permitieron formarse una idea de como era la vida de sus habitantes antes de la llegada de los españoles.
Hacia 1911 Debenedetti tuvo la ocurrencia de restaurar las ruinas. Con la aprobación de Ambrosetti (quien era Director del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, se procedió a limpiar el terreno en una extensión de unos 2.000 m2 y levantar las paredes hasta una altura de poco más de un metro.
Pero Debenedetti no estaba conforme con realizar solo esta limpieza y en 1929 (ya director del Museo Etnográfico, al suceder a Ambrosetti que había fallecido) realizó una nueva exploración del lugar junto a su discípulo Eduardo Casanova con el propósito de llevar a cabo su objetivo, pero al morir al año siguiente, este proyecto quedó trunco.
En 1948 Casanova, a cargo de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), retomó el proyecto y completó la reconstrucción, con ayuda de la Universidad de Buenos Aires.
El gobierno jujeño donó a la Facultad las tierras del Pucará con el compromiso de que creara un Museo Arqueológico. Esto se cumplió recién en 1966 con la inauguración de la primera parte, que se completó dos años luego con el nombre de Dr. Eduardo Casanova. También se creó un Jardín Botánico de altura.
Datos del Pucará de Tilcara.
Pucará es palabra quechua y su traducción literal es “lugar fortificado”. Se encuentra a dos kilómetros de la villa, luego de cruzar un típico puente de rieles y trepar hacia las alturas. Por tanto, desde él se divisa una panorámica total de la vía de acceso a la quebrada.
El Pucará de Tilcara es una fortaleza construida por los tilcaras, una parcialidad de los omaguacas, en un punto estratégico sobre la Quebrada de Humahuaca, en la Provincia de Jujuy, República Argentina. Se encuentra al sur de la ciudad de Tilcara, sobre un morro, a 80 m de altura sobre el Río Grande, que allí corre a 2.450 msnm. Fue un lugar ideal para defenderse de los ataques; dominaba el cruce de los dos únicos caminos del lugar y por un lado la defienden los acantilados sobre el Río Grande y por el otro las ásperas laderas. En los faldeos más accesibles construyeron altas murallas.
Es una de las más importantes y conocidas de las antiguas poblaciones prehispánicas de la región Humahuaca. Tiene una extensión de 8 a 15 hectáreas y aproximadamente 900 años de antigüedad. En el pucará se identifican varios barrios de viviendas, corrales, una necrópolis y un lugar para ceremonias sagradas, entre otros espacios.
Forma parte de una cadena defensiva que testimonian, desde lo alto, una cultura agrícola asombrosa, capaz de construir fortalezas para protegerse de los indígenas recolectores del este, y quizás, de atreverse a resistir al Imperio Inca del norte, hasta antes de pasar a formar parte del mismo, desde fines del siglo XV.
Pucará es uno de los cuatros pueblos fortificados que los habitantes primitivos de la Quebrada de Humahuaca edificaron sobre sendos morros, situados en el lecho del Río Grande. De norte a sur, estos pucarás son los de Calete, Yacoraite, Campo Morado y Tilcara. Existen además otras poblaciones indígenas de difícil acceso, pero asentada sobre mesetas en los valles transversales.
El Pucará de Tilcara fue reconstruido parcialmente. La parte no reconstruida testimonia el punto de partida de los arqueólogos.
El Pucará se eleva sobre una colina que emerge unos 70 metros del cauce del Río Grande, con una superficie de 15 hectáreas. Fue un lugar ideal para defenderse de los ataques, por un lado acantilados sobre el río, por otro, ásperas laderas, y en los faldeos accesibles construyeron una muralla defensiva. Sobre éstas apoyaron sus viviendas que, en forma escalonada, constituían una serie de baluartes para cualquier asaltante.
En el transcurso del tiempo, se han restaurado recintos de piedra pircada. En la excursión que realice el viajero distinguirá los numerosos caminos, verdaderas arterias que unen los barrios, construidos cuidadosamente, sostenidos por pircas propias, o utilizando las de las viviendas.
En el Barrio de La Entrada, por ejemplo, están los primeros recintos de unidades simples, con patio y dormitorio, y sepulcro redondo en el centro del patio. El sector del templo, constituido por recintos de corrales, patios, altares y sepulcros, según interpretaciones, sería un centro ceremonial de adoración al sol y la luna.
Para tener una idea cabal de cómo fue la vida en la aldea, es imprescindible visitar el Museo Arqueológico en Tilcara. Con edificación antigua, baja, de tipo colonial, de calles estrechas, empinadas y en pendiente hacia el Río Grande, está rodeada por cerros de variadas tonalidades y vistas panorámicas.
Jardín Botánico y Museo
Al pie del Pucará de Tilcara, en la margen izquierda del Río Grande, se encuentra este importante centro donde se hallan representadas las especies vegetales de la Puna y de la Quebrada de Humahuaca.
En cuanto al museo, es uno de los más importantes de Argentina. Abrió sus puertas en el año 1968 y en él se exhiben tres mil piezas que pertenecieron al Museo Etnográfico de Buenos Aires. En la actualidad dispone de ocho salas, una biblioteca, y algunas dependencias administrativas.
La Sala 1 está dedicada a los países andinos que limitan con Argentina: Chile y Bolivia. En él se exhibe un valioso cuerpo momificado hallado en San Pedro de Atacama.
La Sala 2 está dedicada al Perú, con piezas ceràmicas de las culturas Nazca, Mochica y Chimú.
La Sala 3 exhibe piezas del patrimonio prehispánico del noroeste argentino.
Las Salas 4 y 5 se exhiben materiales extraídos de la Puna de Jujuy. Destaca la reconstrucción de una chullpa (una especie de cementerio aymara).
La Sala 6, denominada Ambrosetti, está dedicada al material del Pucará de Tilcara.
La Sala 7, o Sala Debenedetti, contiene el resto del material de la Quebrada de Humahuaca.
La Sala 8 sirve para exposiciones temporarias.
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Discurso pronunciado a su maestro, Dr. Juan Bautista Ambrosetti, por el Dr. Salvador Debenedetti
Discurso pronunciado en el Homenaje al Doctor Juan B.
Ambrosetti, reproducido en la Revista de la Universidad de Buenos Aires, tomo
XXXVIII, páginas 500 a 510. Buenos Aires 1918.
Discurso pronunciado por el doctor Salvador Debenedetti
Señor rector;
Señor decano;
Señores profesores;
Señores:
Esta casa que, hace hoy un año, perdió a uno de sus varones fuertes, a uno de sus
buenos como decididos y constantes colaboradores en su no interrumpida obra, ha
querido rendir el homenaje de justicia póstuma a que se hacen humanamente acreedores
aquellos que orientan su vida hacia las playas de un ideal concreto. A esta falange
perteneció el Dr. Juan B. Ambrosetti, incorporado a la Facultad, desde 1906, como
director del entonces naciente Museo Etnográfico.
No era un extraño en nuestro mundo científico: su justo renombre lo había
conquistado a expensas de su propia inteligencia y de la fe puesta en sus iniciativas. En
largas expediciones, en continuados viajes, había ido acumulando con la seguridad que
da la observación exacta, ese caudal de conocimientos precisos que constituyó su tesoro
científico, jamás puesto en duda. Fue Ambrosetti un investigador serio, honrado y abrió
con el ejemplo el rumbo de nuevas disciplinas arqueológicas que, si en verdad han de
dilatar el límite de las conclusiones que esperamos, ellas tendrán, en definitiva, el sello
de firmeza que la ciencia exige.
Cierto es que el período analítico de nuestra arqueología muy lejos está de su
término, pero, cierto es también, que ya la hipótesis ha invadido su campo y se
empiezan a entrever, entre la niebla de lejanos horizontes, algunas luces que al
agrandarse y moverse, nos van indicando las nuevas tierras que nos han de llevar a la
verdad.
En esta obra reconstructiva de nuestro pasado prehistórico argentino, Ambrosetti
ocupa un puesto prominente por su doble afán desplegado en toda hora; sus
investigaciones encierran el doble aspecto a que hoy, indispensablemente, tienden la
arqueología y ciencias afines: el conocimiento del objeto y el conocimiento del
ambiente. De este dualismo está llena la obra del ilustre muerto a quien esta Facultad,
por una parte, ha querido honrar, dando su nombre a una de las salas del Museo y los
estudiantes, por otra, al perpetuar su memoria, entregando a los tiempos este bronce,
símbolo de fama y de justicia.
Fuera vano insistir sobre los altos méritos de mi predecesor y maestro; hablar de
su obra tan vasta como buena, o de sus conocidas virtudes como hombre y como
investigador. Todo eso ha sido ya juzgado en oportuna hora. Su vida íntegra fue
consagrada al estudio de nuestro pasado; recogió el dato disperso, acumuló el material
posible, no sin sacrificios y días largos de penurias y escaceses; elaboró ideas propias y
más de una de sus concepciones no podrán desdeñarse en el momento de realizar la
síntesis a que todos aspiramos; paciencia y tesón fueron sus normas y un sano
optimismo, jamás calculado, presidió su obra comunicándole la suave serenidad que en
toda ella se destaca. Como el obrero que ha puesto toda su confianza y su fe en su
instrumento de trabajo, Ambrosetti, guiado por las mismas virtudes, nunca vaciló y
nunca le intimidaron los obstáculos que se interpusieron ante las finalidades que iba
sospechando. Hábil como inteligente y experimentado como perspicaz sabía sacar la
inferencia más exacta a base, muchas veces, de un antecedente que para muchos no
merecía atención siquiera.
Largamente podría hablar de este hombre y de su ciencia. Fui su compañero
aquí, desde el día de su entrada en esta casa y fui también su compañero desde el
momento que se iniciaron los primeros viajes de exploraciones, cuyos resultados están
a la vista. Durante nuestras jornadas, mortificantes por lo largas y tristes por lo
desiertas; durante los vivaques de nuestros lejanos campamentos, en noches de frío, en
medio de esa natural angustia del que espera un nuevo descubrimiento en la mañana,
Ambrosetti, sin perder su calma habitual, disponía nuevos trabajos, repartiendo
persuasiones y paternales consejos. En los apartados valles, cada año se esperaba su
paso en las escasas poblaciones de tránsito; su llegada era ocasión de júbilo y más de
una vez yo vi caravanas de gente desfilar ante él en busca de consuelo o de una palabra
de aliento; yo vi también más de una lágrima rodar por las tostadas mejillas de nuestros
paisanos montañeses: eran lágrimas que el agradecimiento hacía brotar. Los que hemos
andado algo y algo hemos visto en nuestra tierra sabemos de la sencillez dolorosa de las
almas nativas, muchas de las cuales no sospechan el horizonte más allá del límite
circunscripto por los lomos blancos de las montañas y su contenido psíquico refleja la
soledad del cielo, la desteñida coloración de los cerros y la tristeza sin límites del
ambiente.
Así viajó Ambrosetti: estudiando y observando para beneficio de la ciencia y
desparramando bondades para bien de los hombres.
La última fase de su obra y de su vida fue su total consagración a este Museo. A
él le dedicó toda su energía, se desveló por él y con el cariño incomparable que todos le
conocíamos, siguió y presidió su desarrollo, momento tras momento. Atrajo la mirada
de los hombres hacia la naciente institución y excitando la generosidad de muchos supo
encaminarla hacia el Museo, determinando una verdadera corriente de colaboración
espontánea que, aumentando sus caudales, lo llevó a ocupar el puesto prominente que
ocupa entre las instituciones similares.
Y hoy, después de haber andado algunos años, sumando a diario esa continua
tarea, anónima para la generalidad de las gentes, hoy que entregamos al examen del
público el trabajo acumulado en breve tiempo nos preguntamos casi asombrados
¿cuándo y cómo nació el Museo Etnográfico?
Era allá por el año 1904. El actual decano, Dr. Norberto Piñero dirigía, también
entonces, los destinos de esta casa. La colmena de estudiantes, más reducida que ahora,
dejaba grandes claros en las hoy estrechas aulas y galerías de este recinto. Muchos eran
los espacios vacíos y muchas las aulas desiertas. Un patio, desconocido por su
desfiguración ulterior, era el lugar de las reuniones estudiantiles durante los intervalos
libres; allí el comentario alegre, traduciendo un anhelo o esquivando el descubrimiento
de una esperanza, llenaba el aire. Y no faltaba tampoco en aquel hermoso marco la nota
más delicada: un jazminero cuyos pimpollos, creo, jamás llegaron a abrirse en la planta
por la severidad del espionaje diario que, en masa, ejercía la mermada población
estudiantil.
Los sótanos eran “tierra inexplorada”. Alguna vez, por ignorados caminos se
llegaba hasta allá. Cerraba la frontera una puerta de hierro infranqueable. Allí se
detenían nuestras excursiones. Pero, al través de los barrotes, lanzábamos a lo lejos,
nuestras miradas para escudriñar el fondo y descubríamos, a la luz sepulcral, filtrada por
una lejana claraboya, una masa informe, grande, sombría, que, después supimos, era un
archivo guardado en enormes cajones.
Nuestras raras visitas fueron siempre recibidas con prolongados aullidos que
partían desde lo más profundo de aquel antro oscuro, especie de caverna, espejo de
catacumba: era la recepción hostil de una numerosa familia de gatos que crecía en la
mayor holganza y en la más amplia libertad, aumentando en número y fiereza a medida
que las generaciones se iban sucediendo. Tal vez el salvajismo de estos huéspedes que
antes de ubicarse allí el Museo fue necesario proceder a una limpieza general de estas
fieras, ordenándose la pena capital para todas.
En un ambiente así, modesto, bastante original y casi con la misma rareza de los
que aquí veníamos, atraídos no sé porqué, pero en todo caso por cierto lirismo, que más
de una vez despertó sospechas y sonrisas entre los estudiantes de otras facultades que se
tienen por más prácticas y positivas, en este ambiente, digo, transcurrieron los primeros
años, vacilantes, de esta nueva institución.
Con la lentitud exigida por las circunstancias se iban llenando los claros visibles,
dotando las nuevas cátedras en la medida de las necesidades crecientes. Fue así que, por
primera vez en la América del Sur, nuestra Facultad de Filosofía y Letras incluyó en sus
planes los estudios de Arqueología Americana. Pero la enseñanza de esta materia era,
sin duda, deficiente. No bastaba explicar los restos industriales abandonados en tierras
más o menos lejanas por nuestros aborígenes para determinar así caracteres culturales o
parentescos de civilizaciones muertas o prácticas y costumbres determinantes de un
dado estado social.
Y fue, precisamente, notando esta falta, en un examen de arqueología, que el Dr.
Norberto Piñero tuvo la idea clara de la creación de este Museo Etnográfico, que,
después de catorce años, su fundador acaba de abrirlo al público.
Por ordenanza del 8 de abril de 1904 quedó, pues, fundado el Museo para reunir
entre otras cosas los materiales que se fueran recogiendo en las distintas exploraciones
que se llevaron a cabo. Se iniciaron las colecciones arqueológicas con 16 piezas de
bronce, calchaquíes y peruanas, donadas generosamente por el Dr. Indalecio Gómez.
El Museo empezaba a ser una realidad, pero faltaba el especialista que de alma
se entregara al cuidado de su crecimiento. No fue difícil hallarlo. Indicado Ambrosetti
con el aplauso y el apoyo de todos inició de inmediato la tarea, trazó los primeros
planes de expediciones arqueológicas, bosquejó proyectos y con toda la energía y amor
de que era capaz, empezó a guiar por seguros caminos la institución que en pocos años
habría de llegar a adquirir la importancia que actualmente tiene.
En 1905 partió la primera expedición arqueológica de esta Facultad con destino
a Pampa Grande, en la provincia de Salta. Iba bajo la dirección de Ambrosetti, y
tomaron parte en ella profesores, -entre otros, Bunge cuya prematura desaparición
deploramos,- y alumnos que demostraban interés por esta clase de investigaciones. Con
este viaje se iniciaron los estudios sistemáticos del Noroeste argentino que, si bien eran
ya numerosos, carecían de la documentación pertinente que se exige en disciplinas de
esta naturaleza.
El material arqueológico reunido y documentado con riguroso método, fue
abundante y dio motivo para la publicación de la primera monografía de la Sección
Antropológica, donde se encuentran consignados los resultados de esta exploración y
planteados algunos problemas cuya solución está pendiente todavía.
Desde entonces no se interrumpieron los viajes anuales: fueron unos a la
grandiosa ciudad prehistórica de La Paya, en el corazón del Valle Calchaquí; fueron
otros al sorprendente Pucará de Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca; otros a los
lejanos e inhospitalarios valles catamarqueños; o a las casi inaccesibles mesetas
tucumanas o a las planicies pampeanas o a las solitarias tierras magallánicas o a las
pantanosas islas del Delta del Paraná. En todos, la dirección de Ambrosetti, su tesón, su
resistencia y su amor profundo por las viejas cosas de nuestra tierra dieron los
resultados que todos conocemos y que ya se han vulgarizado en buenos libros que están
al alcance de todos.
En esta transformación de los estudios de nuestra prehistoria, honroso es
declararlo, gran participación ha tenido esta casa al través de su Museo y de la labor que
de continuo realiza.
Los progresos del Museo fueron tan rápidos que el mismo Ambrosetti, en 1912,
en el informe pasado al Sr. Decano, declaraba sorprendido que en seis años de trabajo
se había logrado reunir colecciones documentales cuyas piezas ascendían a 12.156;
cinco años después de aquella fecha nuestro Museo cuenta con 27.000 ejemplares
arqueológicos y etnográficos.
En estas series, como podrá observarse, predominan las de carácter argentino y
americano, sin que ello signifique que se hayan descuidado las procedentes de otras
regiones geográficas. Creo oportuno declarar que debemos dedicarnos preferentemente
al estudio de nuestro país, a reunir todo aquel material que está disperso en colecciones
privadas y que, por lo tanto, no prestan ningún señalado servicio. Las exploraciones
deben continuarse con mayor intensidad debiendo ellas conducirnos a la confección de
una futura carta arqueológica, tan indispensable como nuestra carta geográfica. Este
trabajo, ya realizado en parte, debe completarse, para lo cual reclamamos el auxilio y la
colaboración de todos porque no hay dato desdeñable ni objeto que no tenga un valor.
La realización de este plan nos pondrá en inmejorables condiciones para llevar
nuestros proyectos de viajes y exploraciones más allá de nuestras fronteras, a regiones
aún vírgenes donde, sospecho, hallaremos más de una sorpresa y aclararemos más de un
secreto. Será necesario entonces que nuestra acción sea conjunta con la de otros países,
los limítrofes especialmente; de lo contrario rondaremos alrededor del problema de las
culturas locales. Debemos ir más allá, en busca de las grandes correlaciones para
plantear en ese terreno el problema fundamental de los orígenes del hombre americano.
En lo que se refiere a la investigación arqueológica del Noroeste argentino
bastante se ha avanzado. Sorprendentes descubrimientos han venido a evidenciar que
las culturas que allí campearon no son sincrónicas: que se sucedieron separadas entre sí
por largos espacios de tiempo y que en sus desarrollos no fueron impulsadas por los
mismos principios. La superposición de civilizaciones caracterizadas; la evolución de
algunas a expensas de elementos propios o extraños; las afinidades que guardan entre sí
muchas de ellas, son ya fenómenos puntualizados en nuestra abundante literatura
arqueológica, a la cual este Museo ha contribuido con quince monografías, que
constituyen un cuerpo prolijamente documentado de casi todo el material descubierto en
catorce expediciones anuales, en los treinta y cinco yacimientos arqueológicos
argentinos explorados y estudiados.
Ha sido, cabalmente, esta contribución silenciosa que ha dado a nuestro Museo,
cuyo espíritu fuera Ambrosetti, el renombre que goza, sobre todo en el extranjero,
donde no se ignora su existencia y donde se avaloran, en verdad, sus tesoros. Estoy
seguro que nosotros hemos sido los últimos en conocerlo, lo cual, como en nuestras
cuestiones personales o de círculos, nos conducirá a tomar medidas para conocerlo
mejor.
Ningún hombre de ciencia extranjero que pasó por aquí dejó de interesarse por
este modesto Museo que, en 1910, fue sede de congresos, en los hermosos torneos
científicos de nuestro primer centenario de libertad. Sabios de distintas partes del
mundo se congregaron aquí, bajo este techo pródigo; todo fue sometido a su examen y
estudio: a todos se facilitaron los datos pertinentes y todos trabajaron, unidos por el
mismo común amor a las ciencias que una misma finalidad persiguen.
El crecimiento del Museo y la incesante acumulación de colecciones nuevas
habría de chocar inevitablemente con la estrechez del espacio. Hoy, podemos decir, que
su situación es afligente. Ha sido necesario sustraer a la exposición alrededor de 10.000
piezas, sustracción que irá en aumento a medida que el tiempo transcurra, pues,
entendemos, que no es posible mantener museos cristalizados. Hacia la realización de
este fin hónrame repetir las palabras de mi maestro y amigo: es necesario pensar en el
porvenir de este Museo destinado a adquirir especial importancia entre nuestras
instituciones científicas.
Y, agrego yo, con el entusiasmo de mi ilustre predecesor, ¿no habrá llegado el
momento de pensar en la fundación de un gran Museo Etnográfico, con el concurso de
aquellas instituciones que, por tener otros fines o atender a otros caracteres, lo
arqueológico o etnográfico resulta exótico en ellos?
He aquí expuestos con la brevedad a que obliga la seriedad de la hora que
conmemoramos los más importantes antecedentes del Museo, los problemas que suscita
y la acción eficaz y sabia de su primer director, que supo guiarlo con paso seguro y
firme hasta este plano de sólida estabilidad.
Y así, con esta noción clara de lo que nos es propio, iremos lentamente
aproximándonos al conocimiento exacto de nuestras formas culturales más arcaicas y
aunque, posiblemente, no lleguemos nunca a adquirir la noción del íntimo secreto que
pudo presidir el desarrollo de nuestras civilizaciones muertas o su punto de arranque en
la órbita que habían de recorrer, llegaremos, estoy seguro, a aproximarnos tanto a estas
incógnitas que su contacto bastará para abrirnos nuevos caminos, bajo nuevos
horizontes.
No quiero con esto afirmar que estemos cerca de esta etapa final de la
arqueología argentina. No. Apenas, podemos decir que vamos jalonando la comarca y
que cada jalón puesto sobre el terreno constituye un puente estratégico en este hermoso
avance general de las ciencias cuyo movimiento para nadie pasa inadvertido.
Necesitamos refuerzos en nuestras filas y cohesión en nuestra táctica que es una
y sólo una, no porque las conquistas sean difíciles sino porque el campo de nuestras
operaciones es demasiado vasto y cada soldado que cae, como el que ayer cayó, y que
hoy, después de un año, nos hace sentir la amarga nostalgia de su eterna ausencia,
necesita una falange de reclutas para que, adiestrándose, pasen mañana a primera fila,
donde serán llamados inexorablemente al fuego que, por ventura humana, libra la
ciencia sin descanso desde el día de su nacimiento.
Necesitamos la contribución de cada uno en cualquier forma porque en este
laboratorio de trabajos y de ideas no hay desperdicios y en el crisol de la ciencia no
quedan residuos inútiles adheridos en la concavidad de su fondo.
Yo aseguro a los jóvenes estudiantes que me escuchan que las jornadas no son
tan largas ni tan escabroso es el camino. En ellos se encuentran fuentes que deleitan
porque no engañan y oasis donde hay sombras que reparan y descansos que rehacen las
fuerzas. Sólo basta tener el empuje inicial, la voluntad firme de no volver las espaldas y
la valentía de dar el primer paso. Y para ello, creo, que la mejor escuela se encontrará
en este Museo cuyas colecciones hoy provocarán un sentimiento de curiosidad, mañana
una preocupación y luego el gran deseo de su completo conocimiento. Y por ello
abrimos de par en par sus puertas para que entren todos los que amen la verdad y
quieran, por lo tanto, aprender a saber.
Y hoy, al cerrar el paréntesis de la actuación del que fuera su primer director,
vayan a él los honores de la primera jornada, cuya gestión contó, en todo momento, con
el decidido apoyo de las autoridades universitarias; vuelen hasta él nuestros recuerdos
porque así lo reclaman la justicia y el amor; y al entregar al mundo esta casa,
entregamos también un pedazo del alma del Dr. Juan B. Ambrosetti.
He dicho.
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