Ducloux, Enrique Herrero – Personaje del mes: noviembre 2011

noviembre 1st, 2011

Enrique Herrero Ducloux (1877- 1962)

Institucional publicado por la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales

Enrique Herrero Ducloux fue elegido Presidente de la Academia en 1945, sucediendo al Ing. Agustín Mercau. Se retiro en 1949, al terminar el segundo período de su mandato. Durante seis años (1927-1933) había sido su Vicepresidente y nuevamente designado en 1943.

Formaba parte del grupo de cinco Académicos Titulares que fueron nombrados por el Poder Ejecutivo Nacional el 19 de febrero de 1925, a propuesta de quienes integraban a la Academia en ese momento; porque cuando con fecha 13 del mismo mes se le otorgó la autonomía, el número reducido de sus miembros no permitía formar quórum.

Por esa razón solicitaron que fueran designados por el Gobierno de la Nación. La inclusión entre los propuestos del nombre de Enrique Herrero Ducloux no podía sorprender, porque su personalidad se había destacado visiblemente en el campo de la química. Había realizado una obra múltiple no sólo en el laboratorio, sino también como organizador y educador. Desde 1922 era Miembro Activo (Titular) de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba.

Nacido en España, en la provincia de Navarra, el 6 de enero de 1877, llegó a la Argentina de muy corta edad. Su familia se estableció en la ciudad de Santa Fe. Evidentemente tenía ansia de estudiar y de educar. Obtuvo el título de maestro, y en 1893, a los diez y seis años de edad, comenzó a enseñar en la Escuela Normal de Rosario. En 1896 reside en Buenos Aires y dicta clases en varias instituciones oficiales y privadas de nivel secundario.

En ese mismo año, la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas (actualmente Facultad de Ciencias Exactas y Naturales) de la Universidad de Buenos Aires creó, con un plan de cuatro años, la primer carrera que en el país conducía al título de Doctor en Química. Uno de sus principales propulsores fue el Ing. Manuel B. Bahía, quien integraba la Academia que dirigía la Facultad. Los estudios duraban cuatro años y terminaban con una tesis, obligatoria para recibir el título.

El primer curso se inició en 1897 y en él se inscribió Enrique Herrero Ducloux. En 1901 presenta su tesis “Contribución al estudio de la Pata del Monte (Ximenia americana L.)”, que aprobada el 26 de noviembre de dicho año, lo constituye en el primer egresado de la carrera. Su padrino de tesis es el Dr. Atanasio Quiroga, Académico y Profesor Titular de Química Analítica relativa a materiales de construcción, y está dedicada al Dr. Francisco Bosque y Reyes, Profesor Titular de Química Orgánica y Sustituto de Química Analítica y Aplicada; y al Ing. Francisco Biraben.

Eligió un tema que continuaba la tradición de quienes, interesados por los estudios químicos en la Argentina en el siglo anterior, concentraron buena parte de sus esfuerzos en el estudio de sus plantas, sobre todo Domingo Parodi y Pedro N. Arata, ambos Académicos Titulares de las Academias que precedieron la actual Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Puede igualmente haber influido en la elección, la circunstancia que desde 1899 trabajó en Los Laboratorios del Ministerio de Agricultura de la Nación, de los cuales fue Segundo Jefe en los años 1905-1906. El estudio es fundamentalmente analítico y él mismo lo dice en la introducción: “el carácter posible de la química en nuestro país, por muchos años todavía, es esencialmente práctico y utilitario. La Química Analítica y la Industrial son las dos ramas que mayor desarrollo han adquirido en tan corto plazo, las que merecen mayor interés de quien se preocupe por el progreso de la Nación…”

Por otra parte el plan de estudios fomentaba la química analítica. Constaba de diez y nueve materias, nueve de las cuales estaban relacionadas con la química, cuatro eran de carácter práctico (trabajos de laboratorio) y cinco basadas en clases magistrales, comprendían un curso de Complementos de Química y otro de Química Orgánica y tres cursos de Química Analítica y Aplicada.

Al aprobar su tesis, Enrique Herrero Ducloux obtuvo el primer diploma de Doctor en Química acordado en la Argentina y con su flamante título comenzó una carrera que lo llevó a situaciones destacadas. Era un trabajador infatigable, como lo muestra su curriculum. Sus conocimientos generales, unidos a una palabra fácil, que hacía a sus exposiciones claras y amenas, lo conducen rápidamente a la Cátedra Universitaria, a los cursos especiales y a las tribunas de conferencias, lo cual no le impide continuar sus trabajos de laboratorio.

En la Facultad de donde egresó, fue designado Profesor Suplente en 1902 y Profesor Titular en 1906. Muestra rápidamente su versatilidad dictando cursos especiales. Vale la pena destacar el Curso Superior de Química para profesores de enseñanza Secundaria y Normal (1904), que junto con otros similares fueron la base del Instituto del Profesorado creado ese mismo año por el Ministro Dr. Juan R. Fernández, y el que dicta en 1905, sobre Correlación de las Ciencias Naturales. Este último curso, cuya conferencia preliminar fue publicada en la Revista de Derecho, Historia y Letras, tuvo una numerosa y heterogénea concurrencia, desde profesores hasta alumnos, algunos de los cuales se interesaban profesionalmente en las materias humanísticas y no en las científicas.

Poco después se le reconoce su capacidad de organizador. Cuando Joaquín V. González establece con carácter Nacional la Universidad de La Plata, lo invita a organizar en el Instituto del Museo, que era sede de la Facultad de Ciencias Naturales, una Escuela de Química y Farmacia. Herrero Ducloux acepta el ofrecimiento y es retenido definitivamente por la ciudad, donde forma su hogar con María Luisa Fonrouge, que lo acompaña toda su vida.

En la nueva Universidad realiza una labor permanente y una carrera brillante. Por su empeño, la Escuela se transforma luego en la Facultad de Química y Farmacia (1909), la primera institución en el país destinada solamente a la enseñanza de esas dos carreras estrechamente vinculadas.

En 1906 es designado Profesor Titular en la Escuela de Química y Farmacia y ocupa también el cargo de Vice Director del Instituto del Museo. Continúa como Profesor en la Facultad que sucede a la Escuela, y es elegido su primer Decano por el voto unánime de los profesores. Es también Profesor Titular de la Facultad de Agronomía y Vicepresidente de la Universidad Nacional de La Plata (1913-1916). Pero no olvida a su alma mater y continúa como Profesor de Química Analítica en la Universidad de Buenos Aires.

Cuando en 1927 se retiró de sus funciones docentes para acogerse a la jubilación, las dos Universidades lo designaron Profesor Honorario, y la Asociación Química Argentina lo nombró Socio Honorario. Firmado por el Dr. Abel Sánchez Díaz, quien siempre señaló que se consideraba uno de sus discípulos de la primera hora, apareció en los Anales de la misma un estudio bibliográfico y una lista de actividades desarrolladas por Herrero Ducloux esa la fecha.

Cuando con motivo de esa designación y siguiendo la tradición de la época, se le ofreció un banquete para celebrarla, Herrero Ducloux tuvo un gesto que merece destacarse. En carta dirigida al entonces Presidente de la Asociación Química Argentina, el Dr. Raúl Wernicke, le sugirió que no se gastara dinero en el mismo, sino que se creara un fondo que fuera la base de un Premio que recordara el nombre del Prof. Dr. Juan J. J. Kyle, por quien sentía gran estima, profesor de muchas generaciones de Químicos y que había sido Miembro Honorario de esta Academia.

La Asociación aceptó la idea, pero creo dos Premios, uno el Juan J. J. Kyle como proponía Herrero Ducloux, que se otorga cada cuatro años a quien por sus trabajos en química pura o aplicada hubiera contribuido al progreso de la misma. Y el otro, con el nombre de Enrique Herrero Ducloux, que desde 1931 se otorga cada dos años mejor trabajo, incluso tesis, efectuado por alumnos de escuelas universitarias de química del país.

Paralelamente a su obra como organizador y Profesor, Herrero Ducloux realizó simultáneamente una labor de estudio y de laboratorio que se revela en un buen número de publicaciones. Tomada en conjunto, su principal dedicación se encuentra en el campo de la Química Analítica, rumbo que le fijaron sus primeros trabajos y su tesis. Es interesante la continuidad de sus estudios químicos sobre las plantas argentinas, iniciados con la misma. Una buena parte están concentrados en la familia de las cactáceas, en varias de cuyas especies señala la presencia de alcaloides, información que ha sido utilizada por otros estudiosos como punto de partida para nuevas investigaciones.

Otro tema que inicio, como él mismo lo dice, por su vinculación con los Museos de Buenos Aires y La Plata, fue la serie de estudios sobre los meteoritos argentinos. Comienzan en 1908; realiza numerosos análisis que le permiten señalar errores de muestras calificadas como de origen meteórico y que no lo son y clasificar a los restantes, de acuerdo con su composición.

Muestra una especial preferencia por el meteorito conocido como “El Toba”, cuyos análisis indican que pertenece al grupo del Campo del Cielo, y en él encuentra iridio, rutenio y osmio, los dos últimos metales, por vez primera en un meteorito.

El otro grupo de trabajos analíticos importantes son sus estudios sobre aguas y en particular de las aguas termales. Desde 1903, cuando con el Ing. Pablo Lavenir estudia las termas de Copahue, efectúa una serie de estudios que culminan con su importante participación en las publicaciones efectuadas por la Comisión Nacional de Climatología y Aguas Minerales, designada en 1933 (Ley 11.621) por el Poder Ejecutivo Nacional, de la cual forma parte junto con médicos, geólogos, físicos y meteorólogos (11 volúmenes, 1936-1948).

Trabaja también en otros temas; en el campo de la bromatología, en problemas de orden toxicológico y legal, en el estudio de minerales de diverso origen, etc. En algunos casos, al igual de lo ocurrido con los estudios sobre aguas minerales, reúne sus clases o sus experiencias en una publicación especial, como ocurre con las Notas Microquímicas sobre el “doping” y Datos químicos sobre gases de guerra y sustancias auxiliares.

No nos debe extrañar que integrara otras Comisiones o que a menudo se le pidiera su colaboración. Además de la ya mencionada sobre Aguas Minerales, en 1932 integra junto con otros distinguidos colegas una Comisión encargada por la Intendencia de la Municipalidad de Buenos Aires para redactar un Codex Alimentarius; el mismo año preside la Comisión Nacional de Desnaturalizantes; es Consejero Técnico Honorario del Ministerio de Hacienda de la Nación (1931); Presidente del Instituto Técnico de Investigaciones Criminales de la Provincia de Buenos Aires (1934); Miembro de la Comisión Nacional de Altura (1937); Delegado del Ministerio del Interior en la Comisión para el estudio de recurso naturales (1943), etc.

Paralelamente a la obra mencionada Enrique Herrero Ducloux ha dejado otra de valor sobre el desarrollo de la química en la Argentina, de la cual había sido en buena parte testigo y participante. Las dos publicaciones principales abarcan los años 1810-1910 la primera, y de 1872 a 1922 la segunda. Son también fuentes primarias de documentación, sus escritos sobre la iniciación y el desarrollo de la química en la Universidad Nacional de La Plata.

Debemos a su dedicación la biografía de algunos estudiosos por quienes sentía respeto y amistad: Juan José Kyle, Pedro N. Arata, Miguel Puiggari, R. P. Eduardo Vitoria, Enrique J. Poussart, Joaquín V. González, Félix Aguilar, Angel Gallardo, figuran entre aquellos sobre quienes escribió páginas recordatorias.

Y aquí debe sumarse su obra literaria, la cual utiliza en algunos casos como fuente de divulgación de las ciencias. En 1913, con el nombre de El fermento de Thanaton, edita en Barcelona un libro que describe las teorías y las aplicaciones de la catálisis; una colección de ensayos ve la luz en Buenos Aires con el título de Las opiniones del Profesor Skrupelmann (1925), y más tarde da a conocer otra serie titulada El amigo de Job (Buenos Aires, 1933), para citar sólo algunas de las publicaciones de este género que llevan su firma. Sus colegas lo eligieron como figura señera en más de una oportunidad. Cuando en 1912 se funda la Sociedad Química Argentina (después Asociación Química Argentina) Enrique Herrero Ducloux es elegido su primer Presidente y es también el primer Director de los Anales que aparecen poco después. Preside el Primer Congreso Sudamericano de Química (1924), es elegido Presidente del Consejo Profesional de Química de la Provincia de Buenos aires (1945), etc.

Paralelamente vienen los reconocimientos académicos: Académico honorario de la Universidad de San Marcos de Lima. Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, de la Academia Internacional de Toulose, de la Real Academia de Ciencias y Artes de Cádiz, Socio Honorario de la Sociedad Mexicana de Geografía y de la Sociedad Científica “Antonio Alzate” de México, Socio Honorario de la Sociedad Brasileña de Química, Miembro Correspondiente de la Sociedad Química del Perú, etc. En 1937, el Museo de La Plata le otorgó el Premio Francisco P. Moreno, como un reconocimiento a su labor.

En 1951, dos años después que se retirara de la Presidencia de la Academia, Enrique Herrero Ducloux cumplía las bodas de oro de su doctorado. Se le tributó entonces un homenaje al que no pudo renunciar. Fue organizado por una Comisión presidida por el Dr. Abel Sánchez Díaz, actuando como secretario el Dr. Pedro A. Berdoy.

Adhirieron al mismo instituciones oficiales y privadas, casas de altos estudios, academias, colegas, discípulos y amigos y se llevó a cabo en el salón Florentino Ameghino de la Sociedad Científica Argentina, el 26 de Noviembre, el mismo día en que cincuenta años antes había rendido examen de tesis. Se entregaron al Dr. Herrero Ducloux un pergamino y otros obsequios, recordatorios del mismo.

Posteriormente la Comisión, con el título Enrique Herrero Ducloux. El Químico. El Pensador. El Maestro, realizó una publicación ilustrada, que contenía la bio-bibliografía del homenajeado y su ensayo sobre El amigo de Job, los discursos pronunciados en el acto, algunas anécdotas, opiniones de personalidades, lista de adherentes, etc.

Enrique Herrero Ducloux falleció en la Plata, junto a su familia, el 23 de julio de 1962, a los 85 años de edad, término de una enfermedad prolongada que lo había obligado a retirarse de sus actividades. La academia le tributó el 27 de junio de 1963 un homenaje, donde después de breves palabras de su Presidente Dr. Abel Sánchez Díaz, el Dr. Pedro Cattáneo leyó una sentida y expresiva biografía por el ex Presidente de la Academia el Dr. Alfredo Sardelli, quien no pudo hacerlo personalmente por estar enfermo.

Enrique Herrero Ducloux no olvidó nunca a la Academia que lo había acogido en 1925 y tampoco la olvidaron los suyos. En 1964, la señora María Luisa Fonrouge de Herrero Ducloux en su nombre y en el de sus hijos Enrique, Kelvin, Abel y Solita Herrero Ducloux de Estivariz, hicieron donación a la misma de una suma de dinero, para crear un premio u otra forma de recompensa, que sirva de estímulo a quienes cultiven las ramas científicas vinculadas con la química en que su esposo y padre trabajara.

Así lo ha hecho la Academia desde 1965 y constituye un motivo de recordación de un distinguido químico que fuera su Presidente, y que abrió caminos a la química argentina en beneficio de las futuras generaciones de estudiosos, que hoy forman una legión que trabaja para beneficio de la República.

Agradezco a la señora Solita Herrero Ducloux de Estivariz la información y documentos que me ha facilitado para la redacción de esta biografía.

Dr. Venancio Deulofeu

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ENRIQUE HERRERO DUCLOUX

 

Su nombre …

Una sombra, lentamente, se desliza bajo el puente de rígido hormigón dejando invisibles huellas sobre los viejos escalones graníticos. Atraviesa la alta puerta sin ruido alguno y se deja llevar por la brisa hasta el centro del patio. Gira lentamente sobre sí, flotando en sus pensamientos, recorriendo con su vista cada moldura, cada hierro, cada madera, cada mármol. Recordando cada artesano, cada golpe de cincel, cada silencio de alumno, cada profesor meditando su clase.

¡Cuánto tiempo había pasado!. Más de un siglo … mucho más de un siglo. ¡Cuánto había cambiado todo!.

¡Qué lejos estaban sus primeros años con sus pequeños ojos llenos de vasca Navarra, llenos de verdes colinas y cristalinos ríos!. ¡Qué lejos se veían aquellas españolas tierras jugueteando con la afrancesada frontera!. Los Pirineos, el mar golpeando sus rocosas caletas, sus aislados castillos escondidos entre bosques, sus pequeñas aldeas y sus pallozas, sus laboriosos pueblos y el aroma a uva tempranillo de los viñedos; todo, aún, se mantiene inalterable en su memoria.

En esa Navarra había nacido un 6 de enero de 1877; llevaría por nombre, Enrique.

Meditó unos instantes sobre aquellos turbulentos y lejanos días en España, con una República recientemente proclamada, con las reiteradas guerras carlistas y un gobernante, Alfonso XII.

Desde el centro del patio, girando y girando, la sombra busca una escalerilla que ya no está. En esos giros siente sobre su piel una suave brisa; igual a aquella que acarició su infantil rostro y que el inmenso mar le brindaba para acunarlo en su viaje a la lejana y misteriosa sudamérica.

Vienen a su mente recuerdos que explican aquel viaje y aquella radicación en la desconocida Provincia de Santa Fe, Argentina. Una esperanza de vida distinta sustentada en las políticas que, durante el gobierno de Nicolás Avellaneda, alentaban la inmigración.

Su vista se detiene en las viejas balaustradas, similares a aquellas de las escuelas santafesinas donde completó primario y secundario recibiéndose de Maestro Normal en 1893. Una pícara sonrisa ilumina su rostro al recordar como, con tan solo diecisiete años, ya andaba haciendo de maestro en la Escuela Normal de Rosario.

Recordó que, los edificios de Buenos Aires, también tenían balaustradas similares.

Chata Buenos Aires a la que llegó en 1896 tras atravesar por horas, desiertos campos polvorientos. En esa ciudad de 200.000 habitantes continuaría dando clases. Le alegró retener aquellas juveniles imágenes. Desempolvó de su memoria algunas grises fotos de aquellos mayoritarios techos de “azotea”, de los pocos de madera o paja y de los difíciles de encontrar de teja. Desde el fondo de sus neuronas, recorrió Callao hasta donde terminaba la ciudad y se asombró, como la primera vez, con la visión de la orgullosa nueva estación de trenes sobre la Plaza Miserere. Vibró en sus oídos el voceo de un diariero que, ofreciendo el recientemente fundado diario La Nación, arrastraba sus cansados pies por una vieja Plaza Victoria donde ya no estaba la Recova, demolida por el Intendente Torcuato de Alvear.

Flotando en el aire, la sombra deslizó suavemente sus manos por las columnas de hierro y una suave vibración recorrió su cuerpo; la misma sensación que vivió al abrir, en 1897, la puerta de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires para cumplir con el plan de cuatro años de estudio que, tras 19 materias en su mayoría relacionadas con la Química, lo llevaría al título de Doctor en Química.

En cada célula de sus dedos, mientras seguía recorriendo y estudiando cada centímetro de las viejas columnas, volvió a sentir la austera pluma que, inundada de negra tinta, escribía cada renglón de su Tesis. Redondeadas letras dibujaban un título: “Contribución al estudio de la Pata del Monte – Ximena americana L.“. Volvió a emocionarse, a estremecerse, al recordar como le temblaba el pulso al homenajear en su texto al Dr. Francisco Bosque y Reyes y al Ing. Francisco Biraben así como a su padrino de Tesis, el Dr. Atanasio Quiroga.

Aún mantenía nítida su propia imagen escribiendo la fecha sobre el papel: “1901″.

Tampoco escapa de su memoria aquella plena primavera de noviembre de 1901 cuando dicha Tesis le es aprobada convirtiéndolo en el primer egresado de esta especialidad en el país; simplemente: el primer Doctor en Química de Argentina.

Recuerda la fiesta posterior, se veía joven y exitoso, todos le aseguraban un futuro brillante, hablaban de su inteligencia y él agradecía. Recordaba a sus maestros y volvía a agradecer. Su Tesis era centro de conversaciones y los nombres de Arata y Parodi eran referentes obligados de su trabajo así como su actividad, desde 1899, en los Laboratorios del Ministerio de Agricultura de la Nación.

Se disiparon de su mente los homenajes por la Tesis y se vio dando clases como Profesor en la Facultad, primero como Suplente y hacia 1906 como Titular. Se vio sentando las bases del Instituto de Profesorado creado por el Ministro Dr. Juan R. Fernández y se vio meditando sobre interesantes propuestas que venían desde una nueva ciudad creada desde la nada en tierras no tan lejanas. Una nobel ciudad que potenciaba fuertes desafíos, cobijaba intrigas políticas y mezclaba a motivante intelectualidad con brillantes científicos.

La Plata era el nombre de la Ciudad; La Plata era su convocante.

¡La Plata!. Aún recuerda sus primeros pasos por esa Ciudad que era más planos que realidad. Desparramada cuadrícula exacerbadamente simétrica; con sus fastuosos y nuevos edificios frente a las pocas calles empedradas, gigantes de cemento a medio erigir frente a inmensas y desérticas plazas, un bosquecillo al que se llegaba por calles polvorientas llenas de sueños … muchos sueños.

La sombra aprieta firme la columna y repite, como aquella vez: “Me quedo en La Plata”.

Siente calidez en su palma, como cuando estrechó la mano de María Luisa Fonrouge con quien formaría pareja y con quien compartiría sus días criando cuatro hijos: Enrique, Kelvin, Abel y Solita.

Abre todas las puertas y no encuentra los muebles donde estaban, hay otros distintos. Las salas y sus contenidos se desparraman de otro modo. Lo sorprenden los cambios, se desconcierta. Sin embargo el edificio, su esqueleto, sus venas, sus músculos son los mismos. Lo reconoce. Moviendo suavemente el aire asciende por la escalera de blanco mármol de Carrara hacia el primer piso, la yema de sus dedos roza imperceptiblemente la madera del pasamanos dibujando cada imperfección. Se asoma al balcón que da al patio y aspira profundamente el aire; se inunda con ese inconfundible aire de La Plata. Recuerda que había hecho lo mismo cuando le propusieron organizar la Escuela de Química y Farmacia en el Instituto del Museo. Recuerda como se había puesto de pie y como había exalado suavemente aceptando el desafío.

Recuerda los esfuerzos y a los que lo acompañaron; pero, fundamentalmente recuerda aquel 1919 cuando la Escuela pasa a ser Facultad autónoma bajo el nombre de Facultad de Ciencias Químicas; para luego, en 1923, tomar el nombre de Facultad de Química y Farmacia entregando títulos de Doctor en Química, Doctor en Química y Farmacia, Perito Químico y Farmacéutico.

Se le humedecen los ojos al recordar lo halagado que se sentía al ser elegido primer Decano.

Años de trabajo, de investigaciones, de docencia, de fatigas. Fotogramas que velozmente circulan por su cerebro y le muestran destellos de pedazos de historias: el leñador Manuel Costilla mostrándole el Meteorito El Toba en Campo El Rosario de Santiago del Estero para que tome muestras para analizarlo.

Rememora las conversaciones con Lavenir viajando hacia las lejanas Termas del Copahue para estudiarlas; las horas destinadas a unificar todas sus investigaciones en las Notas Microquímicas sobre el “doping”, los Datos químicos sobre gases de guerra y sustancias auxiliares y un Codex Alimentarius; su pasión por reconstruir la historia de la Química en la Argentina en sus dos trabajos que abarcan los períodos 1810-1910 y 1872-1922; las biografías escritas sobre Luis Arata, Enrique Poussart, Juán José Kyle, Miguel Puiggari, Angel Gallardo, Joaquín V. González y sus obras de divulgación científica; las traducciones de publicaciones alemanas y la creación y dirección en 1923 de la “Revista de la Facultad de Ciencias Químicas”.

Comienza a descender, escalón por escalón, mientras recorre una a una la colección de fotos. Al llegar a la planta baja se cruza con una placa, la acaricia con sus dedos y lee: “Dr. Enrique Herrero Ducloux – Edificio Central – 1997″. Una sonrisa se dibuja en su rostro y sigilosamente, como llegó, empieza a alejarse; dibujando invisibles huellas que invitan a ser seguidas.

Aldo H. Campana

su pensamiento …

(extracto del mensaje de cierre del Segundo Congreso Sudamericano de Química de Montevideo):

“Es menester que contraigamos compromiso solemne de trabajar desde el laboratorio, desde la cátedra universitaria o de divulgación científica, a través del libro y del periódico, para que jamás puedan escribirse en nuestro continente esa páginas dantescas de Barbusse, Latzko, Frank, Remarque y Renn, que mueven a un tiempo a la admiración y al horror, y para que nunca reflejen una realidad americana las visiones sangrientas de Rubens, Durero, Böcklin, Von Stuck, Hubin, Strathmann y Kolb inspiradas por la guerra.

Y si nuestros días se apagan antes de contemplar el prodigio cumplido, no importa: habremos llenado nuestra misión sagrada e ineludible. Y cuando el ala de la muerte nos lleve a esas islas afortunadas del silencio y del olvido, de donde jamás se vuelve, nuestro triunfo estará asegurado, nuestra victoria, gloria de América, será obra nuestra, si en los hombres de estudio de la generaciones que se alzan ya como una promesa del mañana, hacemos carne de tu carne, cal de sus huesos, la convicción íntima de que una ciencia sin contenido ético no es ciencia, sino una flor sin perfume, un cuerpo sin alma, menos aún, una sombra sin cuerpo. Digámosles, sin cesar, que la ciencia sin conciencia es arco maravilloso de un puente gigantesco, pero lanzado sobre el vacío; que es como el árbol prodigioso de la leyenda oriental de sombra perfumada y cuyo follaje canta bajo el viento, pero escondiendo entre sus ramas frutos envenenados; que es el oro maldito de los placeres de Klondyke en Alaska, que no sirve sino para prostituir los cuerpos y corromper las almas.”

DATOS COMPLEMENTARIOS:

En 1912 el Dr. Herrero Ducloux funda la Sociedad Química Argentina de la que pasa a ser su primer Presidente. También fue Director de los Anales. Presidente del Primer Congreso Sudamericano de Química en 1924. En 1937 es distinguido con el Premio F. P. Moreno otrogado por el Museo platense. En 1945, en la Provincia de Buenos Aires preside el Consejo Profesional de Química. Recibió numerosas distinciones: Académico de la Universidad de San Marcos de Lima; Correspondiente de distintas Academias: Barcelona, Madrid, Cadiz y Toulose; Socio Honorario de la Sociedad Brasileña de Química; similares reconocimientos en Perú y México; etc.

Fue Consocio y Presidente del Rotary Club de La Plata.

En 1922 la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba lo cuenta como Miembro Titular y en 1925 integra la Academia de Ciencias como Académico Titular. En 1932 se retira voluntariamente de la dirección honoraria del Instituto de Investigaciones Químicas.

Por Resolución del Consejo Académico de la Facultad de Química y Farmacia, sancionada el 5 de noviembre de 1932 (Exp. 417-C-1932), establece que se designe con el nombre de Enrique Herrero Ducloux el Aula y Laboratorio de la Cátedra de Química Analítica (III curso), que tuvo a su cargo desde su fundación en el año 1906 hasta principios de 1927.

La Asociación Química Argentina oportunamente resolvió otorgar un galardón que lleva su nombre y está destinado a premiar la mejor Tesis aprobada en los dos años anteriores a la convocatoria al concurso alternándose las distintas temáticas relacionadas con la Química.

El 23 de julio de 1962, el Dr. Enrique Herrero Ducloux fallece, luego de una prolongada enfermedad, a la edad de 85 años.

(Se agradece la colaboración del Dr. Enrique Baran y de la Asociación Química Argentina) (Revista de la Facultad de Ciencias Químicas-VIII)

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26 DE NOVIEMBRE: DIA DEL QUIMICO

El 26 de noviembre del año 1901 egresa Enrique Herrero Ducloux, primer Doctor en Química del país, estableciéndose por ello, años después, esa fecha como “Día del Químico” en la República Argentina, el mismo ocupó la presidencia del Consejo Profesional de Química en el primer período de vida de la institución.

Enrique Herrero Ducloux fue el primer egresado del doctorado en Química de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. También fue un profesor universitario de vastísima trayectoria, decano de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de la Plata y un químico de primer nivel en el país.
Nació en Navarra, España, el 6 de enero de 1877, pero viajó siendo niño a la Argentina con su familia, donde desarrollaría su educación, su carrera profesional y su vida.

Cursó los estudios primarios y secundarios en Santa Fe y se diplomó como maestro normal. Más tarde, fue secretario de la Dirección Provincial de Escuelas, a la vez que era docente en varias escuelas normales de la ciudad de Rosario.
En 1896, pasó a residir en Buenos Aires, y cursó estudios superiores en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UBA. En 1901, fue el primer doctor en química (curso inaugurado en 1896) de la Universidad.
Poco tiempo después, se convirtió en profesor de la Facultad, donde dictó, en 1905, un curso sobre filosofía natural con el título de Correlación de las ciencias naturales. Al mismo tiempo, desarrollaba distintas actividades relacionadas con su profesión en el Ministerio de Agricultura.

En 1919, inmediatamente después de la creación de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de La Plata, Herrero Ducloux fue elegido decano de la misma. Fue él, además, quien propuso el uso de las hojas de roble como el distintivo que identifica a la Universidad Nacional de La Plata.

También fue Secretario de la Sociedad Científica Argentina (para la cual escribió, en 1923, la monografía relativa a Las ciencias químicas, que formó parte de una importante colección editada por esa institución).
Durante su carrera profesional, elaboró varios libros didácticos sobre química y física, y numerosos artículos de divulgación. También fue un habitual conferencista, con grandes dotes de divulgador, especialmente de los conocimientos químicos, aunque también tenía amplios saberes acerca de mineralogía, hidrología y otras disciplinas.

En 1937 fue galardonado con el premio “Francisco P. Moreno”, que concedía el Museo de La Plata, donde había trabajado esforzadamente, junto a otros grandes científicos de principio de siglo.

Varios años después, en 1951, se le realizó un gran homenaje a su trayectoria docente y científica en la Sociedad Científica Argentina.

El doctor Enrique Herrero Ducloux murió en 1962.

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ENRIQUE HERRERO DUCLOUX

Extracto de la memoria de 1918 rubricada por el Dr. Enrique Herrero Ducloux en relación con el Personal Auxiliar y Técnico:“Nunca nos felicitaremos bastante de haber implementado en nuestro Instituto el sistema de concurso de méritos para la provisión de cargos en el personal técnico auxiliar de la Escuela, porque en todos los casos hemos encontrado elementos de la labor sin tacha, colaboradores eficaces de los profesores en los laboratorios.”Extracto del mensaje de cierre del Segundo Congreso Sudamericano de Química de Montevideo:“Es menester que contraigamos compromiso solemne de trabajar desde el laboratorio, desde la cátedra universitaria o de divulgación científica, a través del libro y del periódico, para que jamás puedan escribirse en nuestro continente esa páginas dantescas de Barbusse, Latzko, Frank, Remarque y Renn, que mueven a un tiempo a la admiración y al horror, y para que nunca reflejen una realidad americana las visiones sangrientas de Rubens, Durero, Böcklin, Von Stuck, Hubin, Strathmann y Kolb inspiradas por la guerra.Y si nuestros días se apagan antes de contemplar el prodigio cumplido, no importa: habremos llenado nuestra misión sagrada e ineludible. Y cuando el ala de la muerte nos lleve a esas islas afortunadas del silencio y del olvido, de donde jamás se vuelve, nuestro triunfo estará asegurado, nuestra victoria, gloria de América, será obra nuestra, si en los hombres de estudio de la generaciones que se alzan ya como una promesa del mañana, hacemos carne de tu carne, cal de sus huesos, la convicción íntima de que una ciencia sin contenido ético no es ciencia, sino una flor sin perfume, un cuerpo sin alma, menos aún, una sombra sin cuerpo. Digámosles, sin cesar, que la ciencia sin conciencia es arco maravilloso de un puente gigantesco, pero lanzado sobre el vacío; que es como el árbol prodigioso de la leyenda oriental de sombra perfumada y cuyo follaje canta bajo el viento, pero escondiendo entre sus ramas frutos envenenados; que es el oro maldito de los placeres de Klondyke en Alaska, que no sirve sino para prostituir los cuerpos y corromper las almas.”

La hoja de roble, emblema de la Universidad:

Diseñada por el Dr. Herrero Ducloux en 1900, la hoja de roble es el emblema de la Universidad de La Plata. Se basó en la mitología griega que consideraba al roble como árbol consagrado a Zeus, directamente relacionado con Pallas Atenea, Diosa de la Sabiduría, la Ciencia, el Arte y la Industria. El roble simboliza, además, la firmeza, el vigor, la severidad y la perennidad.

 

Su nombre …

Una sombra, lentamente, se desliza bajo el puente de rígido hormigón dejando invisibles huellas sobre los viejos escalones graníticos. Atraviesa la alta puerta sin ruido alguno y se deja llevar por la brisa hasta el centro del patio. Gira lentamente sobre sí, flotando en sus pensamientos, recorriendo con su vista cada moldura, cada hierro, cada madera, cada mármol. Recordando cada artesano, cada golpe de cincel, cada silencio de alumno, cada profesor meditando su clase.

¡Cuánto tiempo había pasado!. Más de un siglo … mucho más de un siglo. ¡Cuánto había cambiado todo!.

¡Qué lejos estaban sus primeros años con sus pequeños ojos llenos de vasca Navarra, llenos de verdes colinas y cristalinos ríos!. ¡Qué lejos se veían aquellas españolas tierras jugueteando con la afrancesada frontera!. Los Pirineos, el mar golpeando sus rocosas caletas, sus aislados castillos escondidos entre bosques, sus pequeñas aldeas y sus pallozas, sus laboriosos pueblos y el aroma a uva tempranillo de los viñedos; todo, aún, se mantiene inalterable en su memoria.

En esa Navarra había nacido un 6 de enero de 1877; llevaría por nombre, Enrique.

Meditó unos instantes sobre aquellos turbulentos y lejanos días en España, con una República recientemente proclamada, con las reiteradas guerras carlistas y un gobernante, Alfonso XII.

Desde el centro del patio, girando y girando, la sombra busca una escalerilla que ya no está. En esos giros siente sobre su piel una suave brisa; igual a aquella que acarició su infantil rostro y que el inmenso mar le brindaba para acunarlo en su viaje a la lejana y misteriosa sudamérica.

Vienen a su mente recuerdos que explican aquel viaje y aquella radicación en la desconocida Provincia de Santa Fe, Argentina. Una esperanza de vida distinta sustentada en las políticas que, durante el gobierno de Nicolás Avellaneda, alentaban la inmigración.

Su vista se detiene en las viejas balaustradas, similares a aquellas de las escuelas santafesinas donde completó primario y secundario recibiéndose de Maestro Normal en 1893. Una pícara sonrisa ilumina su rostro al recordar como, con tan solo diecisiete años, ya andaba haciendo de maestro en la Escuela Normal de Rosario.

Recordó que, los edificios de Buenos Aires, también tenían balaustradas similares.

Chata Buenos Aires a la que llegó en 1896 tras atravesar por horas, desiertos campos polvorientos. En esa ciudad de 200.000 habitantes continuaría dando clases. Le alegró retener aquellas juveniles imágenes. Desempolvó de su memoria algunas grises fotos de aquellos mayoritarios techos de “azotea”, de los pocos de madera o paja y de los difíciles de encontrar de teja. Desde el fondo de sus neuronas, recorrió Callao hasta donde terminaba la ciudad y se asombró, como la primera vez, con la visión de la orgullosa nueva estación de trenes sobre la Plaza Miserere. Vibró en sus oídos el voceo de un diariero que, ofreciendo el recientemente fundado diario La Nación, arrastraba sus cansados pies por una vieja Plaza Victoria donde ya no estaba la Recova, demolida por el Intendente Torcuato de Alvear.

Flotando en el aire, la sombra deslizó suavemente sus manos por las columnas de hierro y una suave vibración recorrió su cuerpo; la misma sensación que vivió al abrir, en 1897, la puerta de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires para cumplir con el plan de cuatro años de estudio que, tras 19 materias en su mayoría relacionadas con la Química, lo llevaría al título de Doctor en Química.

En cada célula de sus dedos, mientras seguía recorriendo y estudiando cada centímetro de las viejas columnas, volvió a sentir la austera pluma que, inundada de negra tinta, escribía cada renglón de su Tesis. Redondeadas letras dibujaban un título: “Contribución al estudio de la Pata del Monte – Ximena americana L.“. Volvió a emocionarse, a estremecerse, al recordar como le temblaba el pulso al homenajear en su texto al Dr. Francisco Bosque y Reyes y al Ing. Francisco Biraben así como a su padrino de Tesis, el Dr. Atanasio Quiroga.

Aún mantenía nítida su propia imagen escribiendo la fecha sobre el papel: “1901″.

Tampoco escapa de su memoria aquella plena primavera de noviembre de 1901 cuando dicha Tesis le es aprobada convirtiéndolo en el primer egresado de esta especialidad en el país; simplemente: el primer Doctor en Química de Argentina.

Recuerda la fiesta posterior, se veía joven y exitoso, todos le aseguraban un futuro brillante, hablaban de su inteligencia y él agradecía. Recordaba a sus maestros y volvía a agradecer. Su Tesis era centro de conversaciones y los nombres de Arata y Parodi eran referentes obligados de su trabajo así como su actividad, desde 1899, en los Laboratorios del Ministerio de Agricultura de la Nación.

Se disiparon de su mente los homenajes por la Tesis y se vio dando clases como Profesor en la Facultad, primero como Suplente y hacia 1906 como Titular. Se vio sentando las bases del Instituto de Profesorado creado por el Ministro Dr. Juan R. Fernández y se vio meditando sobre interesantes propuestas que venían desde una nueva ciudad creada desde la nada en tierras no tan lejanas. Una nobel ciudad que potenciaba fuertes desafíos, cobijaba intrigas políticas y mezclaba a motivante intelectualidad con brillantes científicos.

La Plata era el nombre de la Ciudad; La Plata era su convocante.

¡La Plata!. Aún recuerda sus primeros pasos por esa Ciudad que era más planos que realidad. Desparramada cuadrícula exacerbadamente simétrica; con sus fastuosos y nuevos edificios frente a las pocas calles empedradas, gigantes de cemento a medio erigir frente a inmensas y desérticas plazas, un bosquecillo al que se llegaba por calles polvorientas llenas de sueños … muchos sueños.

La sombra aprieta firme la columna y repite, como aquella vez: “Me quedo en La Plata”.

Siente calidez en su palma, como cuando estrechó la mano de María Luisa Fonrouge con quien formaría pareja y con quien compartiría sus días criando cuatro hijos: Enrique, Kelvin, Abel y Solita.

Abre todas las puertas y no encuentra los muebles donde estaban, hay otros distintos. Las salas y sus contenidos se desparraman de otro modo. Lo sorprenden los cambios, se desconcierta. Sin embargo el edificio, su esqueleto, sus venas, sus músculos son los mismos. Lo reconoce. Moviendo suavemente el aire asciende por la escalera de blanco mármol de Carrara hacia el primer piso, la yema de sus dedos roza imperceptiblemente la madera del pasamanos dibujando cada imperfección. Se asoma al balcón que da al patio y aspira profundamente el aire; se inunda con ese inconfundible aire de La Plata. Recuerda que había hecho lo mismo cuando le propusieron organizar la Escuela de Química y Farmacia en el Instituto del Museo. Recuerda como se había puesto de pie y como había exalado suavemente aceptando el desafío.

Recuerda los esfuerzos y a los que lo acompañaron; pero, fundamentalmente recuerda aquel 1919 cuando la Escuela pasa a ser Facultad autónoma bajo el nombre de Facultad de Ciencias Químicas; para luego, en 1923, tomar el nombre de Facultad de Química y Farmacia entregando títulos de Doctor en Química, Doctor en Química y Farmacia, Perito Químico y Farmacéutico.

 

Se le humedecen los ojos al recordar lo halagado que se sentía al ser elegido primer Decano.

Años de trabajo, de investigaciones, de docencia, de fatigas. Fotogramas que velozmente circulan por su cerebro y le muestran destellos de pedazos de historias: el leñador Manuel Costilla mostrándole el Meteorito El Toba en Campo El Rosario de Santiago del Estero para que tome muestras para analizarlo.

Rememora las conversaciones con Lavenir viajando hacia las lejanas Termas del Copahue para estudiarlas; las horas destinadas a unificar todas sus investigaciones en las Notas Microquímicas sobre el “doping”, los Datos químicos sobre gases de guerra y sustancias auxiliares y un Codex Alimentarius; su pasión por reconstruir la historia de la Química en la Argentina en sus dos trabajos que abarcan los períodos 1810-1910 y 1872-1922; las biografías escritas sobre Luis Arata, Enrique Poussart, Juán José Kyle, Miguel Puiggari, Angel Gallardo, Joaquín V. González y sus obras de divulgación científica; las traducciones de publicaciones alemanas y la creación y dirección en 1923 de la “Revista de la Facultad de Ciencias Químicas”.

Comienza a descender, escalón por escalón, mientras recorre una a una la colección de fotos. Al llegar a la planta baja se cruza con una placa, la acaricia con sus dedos y lee: “Dr. Enrique Herrero Ducloux – Edificio Central – 1997″. Una sonrisa se dibuja en su rostro y sigilosamente, como llegó, empieza a alejarse; dibujando invisibles huellas que invitan a ser seguidas.

Aldo H. Campana

 

DATOS COMPLEMENTARIOS:

En 1912 el Dr. Herrero Ducloux funda la Sociedad Química Argentina de la que pasa a ser su primer Presidente. También fue Director de los Anales. Presidente del Primer Congreso Sudamericano de Química en 1924. En 1937 es distinguido con el Premio F. P. Moreno otorgado por el Museo platense. En 1945, en la Provincia de Buenos Aires preside el Consejo Profesional de Química. Recibió numerosas distinciones: Académico de la Universidad de San Marcos de Lima; Correspondiente de distintas Academias: Barcelona, Madrid, Cadiz y Toulose; Socio Honorario de la Sociedad Brasileña de Química; similares reconocimientos en Perú y México; etc.

Fue Consocio y Presidente del Rotary Club de La Plata.

En 1922 la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba lo cuenta como Miembro Titular y en 1925 integra la Academia de Ciencias como Académico Titular. En 1932 se retira voluntariamente de la dirección honoraria del Instituto de Investigaciones Químicas.

Por Resolución del Consejo Académico de la Facultad de Química y Farmacia, sancionada el 5 de noviembre de 1932 (Exp. 417-C-1932), establece que se designe con el nombre de Enrique Herrero Ducloux el Aula y Laboratorio de la Cátedra de Química Analítica (III curso), que tuvo a su cargo desde su fundación en el año 1906 hasta principios de 1927.

En 1937 recibe el Premio “Francisco P. Moreno”, de manos del Dr. Joaquín Frenguello en el Museo de La Plata (foto inferior).

La Asociación Química Argentina oportunamente resolvió otorgar un galardón que lleva su nombre y está destinado a premiar la mejor Tesis aprobada en los dos años anteriores a la convocatoria al concurso alternándose las distintas temáticas relacionadas con la Química.

El 23 de julio de 1962, el Dr. Enrique Herrero Ducloux fallece, luego de una prolongada enfermedad, a la edad de 85 años.

ACCEDA AL MATERIAL DEL ACTO PUBLICO DE HOMENAJE REALIZADO EL 26/11/1951

(Se agradece la colaboración del Dr. Enrique Baran y de la Asociación Química Argentina)

(Revista de la Facultad de Ciencias Químicas-VIII)

(Enrique Herrero Ducloux, el Químico, el Pensador, el Maestro – Comisión de Homenaje – 1952)

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