BELOCOPITOW, Enrique – Personaje recordado del mes: Enero 2009

enero 1st, 2009

Investigador y notable notable divulgador científico. Discípulo del Premio Nobel argentino, doctor Luis Federico Leloir, formador de periodistas y creador de la Agencia CyTA-Instituto Leloir.

Belocopitow (izq.) en el laboratorio junto al Dr. Luis Federico Leloir. Belocopitow y el recuerdo vivo de Leloir en el centenario de su nacimiento, 6 de septiembre 2006. Belocopitow ganó el Konex de Platino en Divulgación científica,año 1997. En su oficina,cuando dirigía el Programa de Divulgación Científica y Técnica para formar periodistas en ciencia.

Agradezco la amable colaboración de la viuda del doctor Belocopitow, señora Sofía L´Eveque de Belocopitow por el importante material que me facilitó para realizar la presente evocación.

A dos años de la partida de Belo

Por Claudia Mazzeo

Lic. Claudia Mazzeo

El 7 de enero de 2009 se cumplieron dos años de la partida de Enrique Belocopitow, nuestro querido Belo. El pionero de la divulgación científica en la argentina y el maestro de muchos de los que nos dedicamos a esta profesión, el periodismo científico.

Además de contagiar su vocación por la divulgación de la ciencia a todos los que lo conocieron, Enrique fue y sigue siendo un ejemplo de voluntad, empuje, decisión y tesón. Cuando comenzó a peregrinar por las redacciones, allá por los ´80, intentando ganar centímetros cuadrados para las noticias de ciencia, su misión parecía tan admirable como inalcanzable.

Y es que al igual que Prometeo, Belo buscaba acercar el fuego del conocimiento –en este caso el conocimiento científico– a los mortales. Y eso no era, no es, ni será tarea sencilla. Basta con recordar que, iniciado el siglo XXI, sólo la mitad de los chicos que ingresan a la escuela media en el país, la completan; o que el 50% de los jóvenes argentinos presentan escasos conocimiento de ciencia (porcentaje que para los países desarrollados representa el 23%). Mientras algunos hablan de la necesidad de ingresar a la sociedad del conocimiento, existen estudios que indican que el 58% de los adolescentes alfabetizados de 14 años de edad no comprenden lo que leen.

Belo entendía que, además de los maestros, los medios pueden cumplir un papel muy importante como agentes generadores de cambios sociales. Y se preocupó entonces por profesionalizar el periodismo científico, transmitiendo con generosidad a sus becarios y alumnos todo lo que había aprendido a lo largo del camino recorrido, compartiendo por igual aciertos y preguntas aún sin responder.

En lo personal, la desaparición física de Belo aumentó mi curiosidad por conocer más al ser humano que decidió dejar los laboratorios, aún a pesar de haber sido un destacado investigador, cuya carrera científica apadrinara el mismísimo Luis Federico Leloir, su director de tesis de doctorado.

Enrique hablaba muy poco de su vida personal. De tanto en tanto nombraba a sus hijos Pablo y Silvia, y en los últimos años mencionaba con frecuencia a Gabriela, su nuera (la única que le seguía una discusión hasta el final) y sus tres nietos, por los que sentía visible adoración. Sofía L´Eveque, en cambio, apareció siempre como su inseparable compañera, su esposa de toda la vida, la que compartía con Belo cada una de sus nuevas cruzadas. Es justo decir que su lemon pie era casi tan cotizado como los diplomas, en cada cierre de curso de periodismo científico, que de manera interrumpida, han tenido lugar desde 1985 hasta el presente.

Un texto escrito por Belo y publicado en el matutino «Clarín» el 4 de enero de 1987, bajo el título «Las cosas que pasaron en el barrio de Almagro», brinda algunas pinceladas de su infancia, de su familia de origen, y resume su mirada sobre el avance de la ciencia. A modo de homenaje incluimos, a continuación, algunos pasajes del artículo.

Por Enrique Belocopitow

«En 1936, hace medio siglo, tenía 10 años. En Almagro, por las entonces Cangallo, entre Bulnes y Sadi Carnot, de puerta en puerta, venían los verduleros o los lecheros, estos con sus camisas afiligranadas y sus grandes tarros de leche suelta, ambos montados en carros arrastrados por viejos matungos (…)».

»En casa, mi madre usaba el lavarropas que no precisaba service: la tabla de lavar. La cocina “económica” a carbón producía ceniza como subproducto, la que era usada por mi hermana para desoxidar las hojas de hierro de los cuchillos; en aquella época no se conocía el acero inoxidable.

»Mi familia, como casi todas la familias de Buenos Aires, no tenía heladera eléctrica; la reemplazaba la heladera de madera en la que se ponía la barra de hielo que el hielero serruchaba, en su carro, estacionando en el frente de nuestra casa.

»Tenía cinco años cuando escuché por primera vez una radio. Un año después entró en mi casa la caja de forma gótica de la cual salía música, palabras que nos traían historias, como los novelones de Chispazos de tradición. ¿Qué magia había en esa caja? Recién después de la guerra pude ver como todos televisión, en aquel entonces blanco y negro. Mi infancia pasó sin ella. ¡Sin televisión! ¿Cómo era entonces la vida de la familia, sobre todo la de los chicos? Los chicos, fuera de la escuela, se reunían mucho en la calle, jugaban al fútbol o a otros juegos, en una calle comparativamente con pocos peligros. Mi casa, como la mayoría, durante el día tenía sus puertas abiertas o a lo sumo sin cerrar con llave.

»Mi padre era un artesano habilísimo en el trabajo del metal: hierro, bronce, cobre, plata, oro o platino. Trabajaba en su taller, pared de por medio con la vivienda. Al verlo fundir, trefilar, laminar, calar, cincelar, limar, soldar, bruñir, esmaltar, martillar o pulir, y ayudándolo durante mis vacaciones escolares tuve la vivencia de cómo a partir de las materias primas aparecían los objetos (…).

»Mi madre a los dieciocho años emigró desde Europa oriental. Se embarcó en Amsterdam en un barco muy moderno para esa época que puso veintidós días para llegar a Buenos Aires. En 1922 no había aviación comercial (…).

»¿Qué ha pasado en el último siglo? Como una película, a ritmo cada vez más vertiginoso se sucedieron las imágenes, los cambios en nuestra vida y lo que es su radiografía, la cultura. Aparecieron los plásticos que reemplazaron a los hilados textiles naturales, la madera, el metal y el papel.

»No conocíamos entonces el manipuleo de la energía nuclear, la computación, los satélites planetarios o interplanetarios, los transplantes de órganos humanos o artificiales, no se fabricaban nuevas especies por ingeniería genética, no se hacía fecundación in Vitro.

»La vida de los vecinos de Almagro ha cambiado mucho en estos últimos cincuenta años; ya los chicos no juegan un “frente a frente” en la calle Cangallo. La vida individual, familiar y vecinal es muy diferente y vas a cambiar mucho más en un futuro cercano. ¿Serán los pequeños robots los que jueguen al fútbol en la calle, manipulados desde los comandos por los chicos, mientras en los departamentos van viendo el partido en la pantalla?¿O serán también las parejas de robots las que buscarán los bancos en la oscuridad, en las noches de la placita de Almagro?»

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El doctor en química Enrique Belocopitow (1926-2007)

A continuación se edita el comentario escrito para la presente página web, en calidad de COLUMNISTA INVITADO del mes. Cabe precisar que coincidió con la inauguración de este sitio virtual, el 11 de diciembre de 2006.

CIENCIA PARA EL DESARROLLO de la ARGENTINA

Por ENRIQUE BELOCOPITOW

Para categoría COLUMNISTA INVITADO, Diciembre 2006

Página web www.cienciaenlavidriera.com.ar

Para que el país progrese es imprescindible el uso de la herramienta científico-tecnológica en todas las actividades.

El hasta ahora insuficiente uso de esta tiene como causa, el reducido conocimiento que tiene, por empezar, nuestra dirigencia, aunque este desconocimiento abarca a la mayor parte del resto de nuestro pueblo, inclusive el sector educativo.

El resultado es una población que al desconocer no se interesa por el conocimiento científico, el que serviría al desarrollo de la producción, de la educación y en general del bienestar de la misma población.

A pesar de la generalizada creencia de que nuestro país goza de un nivel cultural relativamente elevado, sobre todo en relación a los demás países latinoamericanos, es dable observar, respecto de la divulgación de la ciencia en los medios de comunicación masiva, que tanto Brasil como Méjico difunden mucha más información sobre ciencia y tecnología que el que se difunde en la Argentina.

Ello trajo como consecuencia mayores presupuestos para investigación científica y las aplicaciones de sus resultados para la producción, los que son superiores a los de nuestro presupuesto para los mismos fines.

Por otra parte existe en nuestro país una gran necesidad de racionalidad.

El conocimiento por parte del gran público de las posibilidades que la metodología científica provee para la solución de muchos de nuestros problemas, prestigiaría dicha racionalidad. Esto haría que los argentinos tuviéramos más confianza en nosotros mismos para resolver los problemas y conduciría por tal confianza, a una mayor participación en la solución de los problemas que nos son comunes.

Ayudaría así a que se abandonen las soluciones mágicas o mesiánicas para resolverlos.

Además, despertar el interés y lograr que el público tenga conocimiento de los logros conseguidos por la aplicación de la metodología científica y de esta actividad como aventura intelectual, influiría sobre el ambiente político y económico de nuestro país, lo que ayudaría a pasar de una política científica declamatoria a una política científica participativa, en la que el trabajo científico sea dirigido a la solución de nuestros problemas y por ende, se lo requiera y se lo respete. Que la investigación científica, además de su valor cultural adquiera valor operativo generalizado.

Por supuesto que la actividad de divulgación científica, tanto la que se lleva a cabo a través de los medios de comunicación masiva, como en la educación formal en las escuelas, es la gran herramienta para que nuestro pueblo tome conciencia sobre la importancia de la ciencia para su trabajo, su salud y su bienestar.

Pero si bien, como ya hemos dicho, la ciencia es imprescindible para nuestro progreso, no es suficiente, también son imprescindibles la honestidad y el esfuerzo.

Dr. Enrique Belocopitow

Lunes 11 de Diciembre 2006

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Belocopitow dialoga en la FM Nacional Folklórica,el día de la inauguración de la página web:11-12-06 Imagen del estudio y de algunos invitados.A la derecha,Katún,viudad de M.Sadosky, y madrina de la página. Se lo ve al Dr.Belocopitow participando del programa. (Derecha de la imagen) Belocopitow,atento (derecha de la imagen)sigue las palabras del Dr.Lino Barañao.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Nota a Belocopitow

Posibilidad de escuchar la participación del Doctor Belocopitow el día de la presentación de la presente página web.

Si se tiene interés de completar la información sobre esa jornada hay que ingresar  a INAUGURACIÓN de la página web. Buscar dicho título en sector derecho de este sitio.

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El doctor Belocopitow es recordado por el Presidente del Instituto Leloir, doctor Armando Parodi.

Armando Parodi,doctor en química,especialidad química biológica. El testimonio editado del Dr. Parodi Final del citado artículo.Gentileza de la señora L´Eveque de Belocopitow


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Doctor Enrique Belocopitow

1926 – 2007

Evocación del Doctor Armando J. Parodi

Apenas comenzado 2007 llegó la mala noticia de que se había ido uno de los “históricos”, el Doctor Enrique Belocopitow, Belo como lo llamábamos todos.

Luego de recibirse de licenciado en Química, entró al entonces Instituto de Investigaciones Bioquímicas “Fundación Campomar” en 1958, cuando la Institución recién se había mudado a su sede de Obligado y Monroe.

Belo, en un descanso de las investigaciones. Durante el descanso,almuerzo y guitarreada en buen clima de confraternidad que apreciaba Leloir. En el patio del Instituto,reunión informal con la presencia rectora de Bernardo Houssay.

Bajo la dirección de Leloir, Belocopitow realizó su tesis doctoral sobre la regulación del metabolismo del glucógeno; en 1961 publicó un trabajo de solo dos páginas, que firmaba él solo, y que resultó de importancia capital en el tema.

Belocopitow y también una vida importante como investigador.

Para ese entonces, se sabía que la secreción de adrenalina producía una disminución del contenido de glucógeno en los tejidos y que este efecto se debía a una activación de la glucógeno fosforilasa (enzima responsable de la degradación del polisacárido) mediada por el AMP cíclico.

Enrique Belocopitow y su trabajo en el laboratorio.(Foto:R. Braceli) Leloir en un balcón de un edificio sobre calle Obligado.A la izquierda el edificio del Instituto.

Pero Belo fue por más: encontró que la secreción de esa hormona producía, en forma simultánea, una disminución de la actividad de la glucógeno sintetasa (enzima responsable de la síntesis del glucógeno, que fuera descubierta por Cardini y Leloir en 1957) y que ese efecto era mediado también por el mismo compuesto cícilico.

En numerosos laboratorios, el hallazgo dio origen a una serie completa de investigaciones, que aún hoy continúan, sobre la regulación hormonal de la glucógeno sintetasa.

Pero a pesar de su labor científica, existen otros dos campos donde Belo dejó y dejará un recuerdo perdurable en la comunidad de la ahora llamada Fundación Instituto Leloir.

En el Instituto,Obligado y Monroe,todos los investigadores junto a Leloir el día que ganó el Nobel.

Luego de la concesión del Premio Nobel de Química a Luis F. Leloir, en 1970, él fue el primero en darse cuenta que ante la falta de cumplimiento de los gobernantes de sus promesas de mejorar las instalaciones y equipamiento del Instituto, era necesario recurrir a la generosidad de la comunidad, mediante una actividad que hoy se conoce como “fundraising”.

Con esa misma generosidad, tomó parte de su tiempo para organizar dicha actividad destinada al Instituto, labor un tanto ingrata pero esencial para la sobreviva de la institución.

El otro campo en el que sobresalió Belo fue en la divulgación científica, convirtiéndose en un verdadero pionero en la materia en nuestro país.

La viuda de Belo nos enseñó los álbumes donde están los artículos generados por sus discípulos. Primera página del primer tomo de una historia que Belocopitow abrazó con pasión,y continúa hoy. La razón de ser de un proyecto trascendente al que Belo le dedicó gran parte de su vida. Histórico:el primer artículo editado en un medio local gestado por Belo y colaboradores.

Una vez mudados a la nueva sede de Parque Centenario, Belo organizó el Programa de Divulgación Científica y Técnica –donde se formaron centenares de becarios-, y más recientemente, en 2006, la Agencia de Noticias Científicas y Tecnológicas Argentina.

Si hoy leemos en los diarios o vemos en la televisión noticias de ciencia sobre investigaciones realizadas en nuestro país o en centros del exterior, en una altísima proporción se lo debemos al Belo.

Belo demostró tener un auténtico y sincero amor por la Fundación, por la labor que en ella desarrollamos, y por la ciencia argentina.

Reconocimiento del Instituto al que y desde donde Belocopitow brindó su tarea de humanista.

Para promoverlas y darlas a conocer en el seno de la sociedad dejó de lado muchos beneficios materiales personales.

Sin duda, nos hará falta.

Dr. Armando J. Parodi

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En la presente evocación del doctor Enrique Belocopitow podremos leer algunos de sus muchos artículos publicados en importantes medios gráficos. El pensamiento y la pluma de este verdadero humanista transmite su compromiso constante para con los argentinos, el país y su destino.

Fotografía del comentario transcripto en su totalidad a continuación. 10-12-95 El presente comentario fue escrito en colaboración con Débora Frid.


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CÓMO GANAR UN PREMIO NOBEL

Una gran distinción de la Academia Sueca al doctor Luis F. Leloir

Diario La Nación, 10 de diciembre de 1995

El 27 de octubre de 1970 una noticia interrumpió la labor diaria del Instituto de Investigaciones Bioquímicas, Fundación Campomar: su director y fundador, el doctor Luis F. Leloir había ganado el Premio Nobel de Química.

Los tubos de ensayo tuvieron que esperar la vuelta de Leloir, ese desconocido para casi todo el país, que, en silenciosa e ininterrumpida tarea, había logrado poner a la Argentina en el mapa de la ciencia internacional.

“La receta Nobel”

En el banquete con que la Fundación Nobel agasajó a los galardonados de ese año, dirigió la palabra a la concurrencia, en nombre de la Real Academia de Ciencias Sueca, el profesor Arne Tiselius, premio Nobel en 1948.

Tiselius contó que en una oportunidad en que se encontraba en Escocia frente a una numerosa audiencia, uno de los asistentes le pidió que revelara cómo ganar un premio Nobel.

La pregunta no la pudo contestar. El sólo atinó a comentar: “El trabajo creativo involucra tan profunda satisfacción en sí mismo que, a su lado, los reconocimientos, premios y distinciones pierden importancia. Sin embargo, los premios satisfacen el deseo general de rendir homenaje a aquellos que, con sus logros, contribuyen a mejorar la condición humana.

El doctor Paul A. Samuelson, flamante premio Nobel de Economía, salió al cruce de la pregunta que le habían hecho a Tiselius: “Yo les puedo decir cómo ganar un premio Nobel, es muy fácil”.

“Lo que debe hacer para obtener un Premio Nobel es tener grandes maestros, debe haber sido acompañado en su trabajo por excelentes colegas, colaboradores, becarios y estudiantes. Debe leer los trabajos de los más excelentes investigadores. Y la condición final es, por supuesto, ¡la suerte!”.

Leloir “a la carta”

Por la experiencia de quienes compartieron con Leloir la tarea diaria de investigación, queda claro que las condiciones que Samuelson había expuesto como necesarias para llegar al Nobel, y las motivaciones que Tiselius adjudicó a los investigadores se ven reflejadas en él.

Tenía una personalidad modesta y tímida, que evitaba, en lo posible, exponerse públicamente, para poder dedicarse a lo que más le apasionaba y divertía, “estar con las manos en los tubos”. Y así lo hizo hasta el día de su muerte, el 2 de diciembre de 1987, en que concurrió por la mañana al laboratorio por última vez.

Luis Leloir,en el centro de la foto,en un testimonio familiar valioso. Leloir y su mirada cordial y pícara,y una búsqueda para desentrañar misterios desde el conocimiento. Bernardo Houssay,Nobel argentino y figura clave en Leloir.

Leloir se inició científicamente en un medio que incentivaba la curiosidad, la búsqueda, el trabajo duro y la camaradería, de la mano del doctor Bernardo Houssay, el primer premio Nobel científico que dio nuestro país, en 1947.

Belocopitow con la señora Josefina Yangues,Secretaria del Dr.Houssay.

“Leloir eligió en forma insuperable a sus maestros; luego de su iniciación con Houssay se fue a estudiar al mejor laboratorio de bioquímica de Inglaterra, y probablemente del mundo de esa época: el Biochemical Laboratory, que en Cambridge dirigía sir Frederic G. Hopkins, el padre de las vitaminas y premio Nobel en 1929. Allí adquirió la disciplina científica propia y característica de la ciencia inglesa: pocos elementos instrumentales, un pequeño espacio, problemas fundamentales elegidos con cuidado y laborados rigurosamente, habilidad, ciencia básica”, escribiría en 1970 el doctor Alejandro Paladín, primer becario de Leloir, en 1947.

Igualmente enriquecedora fue su labor al lado de Carl Cori (premio Nobel 1947), con quien trabajó en los Estados Unidos en 1943. La tarea en Buenos Aires fue compartida primero con sus colegas Eduardo Braun Menéndez, Juan Carlos Fasciolo, Juan M. Muñoz, Ranwell Caputto, Carlos Cardini, y luego con los becarios y colaboradores de su instituto.

Leloir y el trabajo,y el deseo de estar con personas inteligentes,entusiastas y con buen humor. Hallazgos felices como resultado de observaciones cuidadosas,sostenía Leloir.

En una autobiografía escrita en 1982, Leloir se refirió a ellos diciendo: “Algunos de los momentos más placenteros de mi carrera fueron aquellos en los cuales trabajé con personas inteligentes y entusiastas, con buen sentido del humor. La discusión de los problemas de investigación con ellas fue siempre una experiencia muy estimulante”.

La lectura de trabajos científicos era una constante en la rutina de Leloir.

Leloir arreglando su carpeta con apuntes que seguiría leyendo en su hogar.

El siempre se iba del laboratorio a las 17.30, sábados inclusive, con libros y revistas científicas bajo el brazo, que devolvía al día siguiente ya leídos.

A la “receta Nobel” revelada por Samuelson se le podrían agregar algunos ingredientes que el mismo Leloir propuso en una nota titulada irónicamente “Cómo hacer descubrimientos fácilmente”.

“Un requisito común para obtener una nueva idea –escribe Leloir- parece ser un periodo previo de pensamiento obsesivo”.

“A veces Leloir escuchaba una pregunta y se quedaba callado, pero venía dos días después con la respuesta justa. Era un hombre que seguía pensando las 24 horas del día y daba con la respuesta buscada”, comenta al respecto su discípulo Armando Parodi.

“Uno debe mencionar uno de los factores menos divertidos y románticos, pero el más importante, el trabajo duro. No parece haber ningún método fácil para triunfar que no sea hacer muchos experimentos, y hacerlos bien”, escribió Leloir.

Respecto del factor “suerte” citado por Samuelson como condición para el éxito, Leloir escribió que “la serenidad –la facultad de hacer hallazgos casuales y felices- requiere también de una sabia y cuidadosa observación”.

La “búsqueda de la verdad”, como finalidad de la ciencia, Leloir la cumplió con una honestidad llevada al extremo. “El no necesitaba de nada que no le perteneciera. Nunca figuró como autor de investigaciones en las que no hubiera puesto sus manos y su cabeza en los experimentos”, opinó el doctor Israel Algranati, investigador en el instituto de Leloir desde 1958.

“Leloir donó todos sus sueldos y premios al instituto; inclusive becas de investigación y suscripciones a revistas científicas fueron generosa y secretamente pagadas por Leloir, de lo que causalmente nos enteramos veinte años después”, agrega el doctor Marcelo Dankert, presidente del Consejo Directivo del instituto de Leloir.

Todos coinciden en afirmar que el “dire” tenía un gran sentido del humor. Era bromista, carente de solemnidad, aunque reservado. Sus estados de ánimo han quedado plasmados en caricaturas bosquejadas en sus cuadernos de experimentos.

La ciencia después de la ciencia

Para un país que anhela progresar, la principal herencia que deja un gran investigador no suelen ser solamente sus descubrimientos, sino principalmente sus discípulos, a los cuales seguirán los discípulos de sus discípulos, una genealogía científica basada en los “genes culturales”.

Leloir, premio Nobel de Química en 1970, fue el mayor homenaje que pudiera recibir su maestro Bernardo Houssay, esto como máxima expresión de la transmisión de estos “genes culturales”.

Sin embargo, la formación de discípulos, al igual que la educación que imparte un padre a su hijo, está sustentada no sólo por la transmisión de genes, sino también por la influencia de ambientes que incentiven la curiosidad y la búsqueda.

Belocopitow,en Obligado y Monroe,con el investigador Enrique Cabib,hoy en EEUU. Perfil de Belocopitow (derecha) junto con el doctor Héctor Torres. Belocopitow, en el laboratorio junto al doctor Luis Federico Leloir

Leloir formaba a sus discípulos con su ejemplo, su ámbito de enseñanza era el laboratorio: en él se formaban presenciando el diseño de sus experimentos, las búsquedas bibliográficas y compartían la discusión de los resultados experimentales. La relación era de hombre a hombre, en un ambiente de jovial camaradería.

Rodolfo Ugalde,uno de los discípulos de Leloir que dejó el Instituto sin olvidar a su maestro. Uno de los cuadernos donde Leloir registraba las investigaciones propias y ajenas La letra de Leloir con anotaciones y sugerencias.

Año tras año, muchos de los investigadores que se formaban en “su nido” salían a crear nuevos núcleos científicos en centros universitarios de los cuatro puntos cardinales del país. El alcance internacional que tuvo el instituto de Leloir se deduce de la gran cantidad de investigadores extranjeros que llegaron desde muchos países de América, Europa y Asia para capacitarse.

La intensidad del vínculo de Leloir con la Argentina y su ciencia nunca fue declamada, pero puede deducirse por lo que ocurrió en 1956.

Por esos años, las condiciones de trabajo en la pequeña y antigua vivienda en la que comenzó Leloir a trabajar con otros cuatro investigadores eran muy precarias.

Además, el principal sostén de su instituto, el industrial Jaime Campomar, acababa de fallecer, con lo que se interrumpió la principal fuente de recursos para el trabajo de su grupo.

En medio de esa situación, Leloir recibió una carta del doctor Fritz Lipman –director del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Harvard y premio Nobel en 1953-, en la que le proponía que, en razón de su jubilación, lo reemplazara. Leloir mismo establecería qué discípulos lo acompañarían y las condiciones salariales y laborales.

Durante casi un mes la incertidumbre de Leloir mantuvo en vilo a Houssay, que deseaba que se quedara. Los discípulos más jóvenes lo instaban a aceptar la oferta.

Finalmente, Leloir les expresó a Houssay y al doctor Eduardo Braun Menéndez que su deseo era quedarse en la Argentina si se conseguía un lugar de trabajo aceptable.

Por gestiones de los mismos, el instituto de Leloir se pudo trasladar a un edificio un poco más adecuado, en la esquina de Obligado y Monroe, donde funcionó hasta 1984, en que se mudó a su propia sede sobre el parque Centenario, gracias al aporte en servicios, bienes y dinero de personas modestas y destacados empresarios.

Aun en aquellas épocas, en las cuales las condiciones de trabajo no eran las más apropiadas, el nivel científico del instituto no declinó y, menos aún, el espíritu de trabajo de sus investigadores.

Leloir trabajando en su humilde silla que dio tanto que hablar.

El ejemplo de Leloir enseña que los grandes edificios y el costoso instrumental, si bien pueden ayudar a aumentar el rendimiento de los investigadores, no crean “per se” niveles científicos de excelencia si escasean la creatividad y el trabajo duro. Lo decisivo es el factor humano.

Por Débora Frid y Enrique Belocopitow

Artículo publicado por el diario La Nación, el domingo 10 de diciembre de 1995.

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Siempre gentil, el doctor Belocopitow estimuló permanentemente la tarea emprendida, primero, con el ciclo radial “La ciencia argentina en la vidriera” y más tarde, el proyecto y concreción de la presente página web.

Frente al Parque Centenario,en Bs.As.,acceso principal al Instituto Fundación Leloir. Con el doctor Enrique Belocopitow poco antes de una entrevista. Belocopitow junto a una foto que recuerda la entrega del Nobel de Química al doctor Leloir,en 1970.

Microprogramas del ciclo radial y virtual donde el doctor Belocopitow es entrevistado o en los cuales se hace referencia a su persona.

Hacer clic sobre cada número: 30 , 44 , 100 , 148

Folleto de 1987,donde se explica el objetivo del Centro de Divulgación Científica y Técnica. Periodo de expansión del C y T, sobre lo cual también habla Belocopitow en el micro 30 Comprender y participar de este nuevo tiempo exige un cambio cultural.El CyT adoptó la tarea.

Belocopitow en el laboratorio de y con Leloir.Foto de octubre de 1987,Leloir moriría dos meses después. Foto de Belocopitow el día que Leloir cumpliría 100 años.El aniversario es tema del micro 100,también. En la foto de la izquierda, Belocopitow está acompañado por la investigadora del Instituto, doctora Ángeles Zorreguieta. La evocación por los 100 años de Leloir tuvo lugar el día 6 de septiembre de 2006.

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Uno de los últimos artículos publicados al Doctor Belocopitow. Revista EL ARCA del Nuevo Siglo.

Inicio del artículo editado en diciembre de 2006,por la revista El Arca


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¿EXPORTAR O IMPORTAR CIENTÍFICOS?

Diciembre 2006 – EL ARCA

A comienzos del siglo XIX surge en el país la preocupación por el desarrollo educativo y la actividad científica. Entre 1860 y 1880 se crea en la Universidad de Buenos Aires el Departamento de Ciencias Exactas, además la Academia Nacional de Ciencias, la Sociedad Científica y el Observatorio Astronómico en Córdoba. A partir del 40, con la emigración de cerebros, se produce no sólo la pérdida de logros científicos, sino también la capacidad de formar a nuevos discípulos.

ENRIQUE BELOCOPITOW /

Doctor en Química

Director del Centro de Divulgación

Científica del Instituto Federico Leloir

Comparemos la política de importación de recursos humanos científicos adoptada por la Argentina en crecimiento y la actual sangría de científicos y técnicos que desde mediados del siglo pasado estamos padeciendo.

Desde que la Argentina se construyó como nación independiente, como Provincias Unidas del Río de la Plata, sus gobernantes en muchos casos se manifestaron muy interesados en el desarrollo educativo y el de la actividad científica, interés demostrado en acciones destinadas a “importar” profesores e investigadores europeos y estadounidenses.

Esta actividad comenzó con las gestiones de Bernardino Rivadavia, primero en su calidad de ministro del gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez y luego como primer presidente, para contratar la venida al país de cinco profesores italianos: Pedro Carta Molina (Física Experimental y Materia Médica-Farmacia), Carlo G. Ferraris (Conservador del instrumental de Física, Química y ejemplares de Historia Natural), Octaviano F. Mossetti (Matemáticas y Astronomía), Pietro De Angelis (matemático, educador, periodista) y Carlo E. Pellegrini (ingeniero) padre del futuro presidente Carlos Pellegrini.

La inestabilidad política condujo a la caída de Rivadavia, y con ella frustró los planes académicos planeados para estos profesores contratados, por ejemplo Carta Molina, quien sufrió el ataque de un periódico oficialista, el Correo Político y Mercantil, que lo acusó de “ateo y de guiar a sus alumnos a la irreligión” por la tendencia experimental que utilizaba en sus clases de Física.

Al no poder llevar a cabo su actividad docente, Ferrari y Massotti volvieron a su tierra, los demás siguieron en el país aunque desvinculados de la Universidad de Buenos Aires que, languideciendo, terminó sin presupuesto y bajo la dependencia del Jefe de Policía.

Luego de la batalla de Caseros y la caída de Rosas, Juan Manuel Gutiérrez fue nombrado rector de la UBA en 1861, quien decidió la contratación de profesores extranjeros. Como profesor de Historia Natural se contrató a Pellegrino Strobel, reemplazado luego por Juan Ramorino, graduado en ciencias, al que acompañaron el matemático italiano Emilio Rosetti y el físico Bernardino Speluzzi.

Los contratos estipulaban que los profesores debían formar “discípulos que puedan llegar a ser profesores” y se les imponía la dedicación exclusiva. Los textos, las clases y las memorias debían estar en castellano.

En los respectivos casos se aludía a la creación de un Observatorio Astronómico, un Jardín Botánico y a la de llevar a cabo excursiones científicas o viajes de exploración.

El resultado de la labor de los profesores extranjeros, en general de muy buen nivel científico para esa época, fue la formación de discípulos nativos, quienes luego constituyeron los cuadros docentes (mientras, alrededor de 1870, había tres profesores extranjeros, 20 años después en 1891, el número de nativos era de 23 frente a dos extranjeros).

Durante la presidencia de Sarmiento se decide la creación del Observatorio Astronómico de Córdoba, para cuya dirección se contrata al destacado científico estadounidense Benjamín Gould.

Sarmiento no sólo se ocupó del Observatorio Astronómico sino que le pidió también al entomólogo alemán Germán Burmeister que hiciera una evaluación sobre el estado de la educación y la ciencia en la Argentina y sugiriera cómo promoverlas.

En su informa, Burmeister aconseja la contratación de profesores extranjeros. Entre sus comentarios se lee: “Es necesario en el país un establecimiento para adelantar el estudio de las ciencias exactas que profeso y así facilitar aquí a los hijos de la República Argentina, el examen de sus riquezas materiales con mayor suceso que el que hasta ahora ha sido posible por la falta de instrucción relativa a estos estudios en el país.

Siendo la instrucción pública la base de todos los progresos de una nación civilizada, lo que usted conoce tan bien como yo, me parece una necesidad urgente que la República Argentina tenga en su propio suelo un establecimiento científico capaz de educar maestros no solamente para la enseñanza primaria, sino también para los estudios avanzados de las altas ciencias.

Ocuparse de la ciencia es la ocupación más honesta del hombre y tratarla con negligencia o desprecio es mostrar su propia ignorancia o la falta de educación espiritual. Los trabajos que venía realizando la Universidad no son suficientes, por lo que resulta conveniente contratar profesores extranjeros”.

Lista de científicos extranjeros radicados en la Argentina.

Proyectos nacionales

Teniendo en cuenta la opinión de Burmeister, Sarmiento pidió al Congreso que autorizara la contratación de un gran número de profesores extranjeros…

El artículo Primero de dicha ley decía: Autorízase al Poder Ejecutivo para contratar dentro y fuera del país hasta 20 profesores que serán destinados a la enseñanza de ciencias especiales en la Universidad de Córdoba y en los Colegios Nacionales.

Con dicho motivo Avellaneda le solicitó a Burmeister poner en marcha la Facultad de Ciencias Matemáticas y Físicas de la Universidad Nacional de Córdoba, encargándole además traer de Alemania profesores de matemáticas, física, química, mineralogía, geología, botánica y zoología.

Lo más importante no eran los edificios o los instrumentos, sino los cerebros que participarían en los proyectos. La política argentina de esa época permitió que gran número de científicos extranjeros de buen nivel enseñaran, investigaran y fecundaran el país con discípulos argentinos que lo enriquecieron.

Es interesante destacar que entre 1860 y 1880, cuando los destinos del país eran regidos por Mitre, Sarmiento, Avellaneda y la Universidad por Juan María Gutiérrez, la búsqueda de una cultura científica para el país lleva a la creación en la UBA del Departamento de Ciencias Exactas, el Museo de Buenos Aires, además del Observatorio Astronómico en Córdoba, la Academia Nacional de Ciencias y la Sociedad Científica.

El objetivo en esos primeros años de la UBA, de formación de científicos básicos más que de ingenieros prácticos, tuvo resultados insuficientes.

Entre 1865 y 1880 ningún estudiante completó los estudios superiores de Física o Matemáticas; en contraste se expidieron cerca de 100 títulos de ingeniero civil.

El interés por la ingeniería se asoció estrechamente con la inmediata necesidad del trabajo de los ingenieros en un país en franco desarrollo de los espacios de tierra desocupados y sin uso.

Los pocos que profundizaron el camino científico, previamente se recibieron de ingenieros. Así el primer doctor en Ciencias Físico-Matemáticas fue el ingeniero Juan Blaquier; el primer profesor de Matemáticas fue el ingeniero Valentín Balbín, el primer doctor en Ciencias Naturales, el ingeniero Angel Gallardo.

Este último comentó: “Los alumnos seguían las carreras profesionales que podían ofrecerles un medio de vida, pero por ello abandonaban las aulas de las ciencias puras”.

Posteriormente el interés de los estudiantes por las ciencias básicas fue creciendo, traduciéndose por el incremento de las inscripciones en las carreras de Química, Matemáticas y Física.

El claro efecto vitalizador sobre el avance científico se puede observar en el caso de las Matemáticas; para 1917 no se enseñaba en la UBA Matemáticas Superiores por falta de docentes.

Para ese año, una institución cultural española trajo como conferencista Julio Rey Pastor. Algunos estudiantes asistentes se entusiasmaron con los temas tratados por Rey Pastor y le pidieron a las autoridades de la UBA que lo contratara como profesor.

Lo que era un contrato por seis meses, fue extendiéndose en el tiempo hasta 1962, año de su fallecimiento.

Migración de científicos y el enriquecimiento de conocimientos consecuente donde residen.

El resultado fue, además de las clases de Matemáticas Superiores, la formación de investigadores en temas matemáticos que permitieron la entrada de la ciencia matemática argentina en el campo internacional.

El caso más emblemático fue el del matemático argentino Alberto Pedro Calderón quien, además de Investigador Superior del CONICET y Profesor de la UBA, fue docente en los niveles científicos más elevados de USA como el Massachussets Institute of Technology (MIT), el Institute for Advanced Studies of Princenton y la Universidad de Chicago, y creó la cumbre del Análisis Matemático Internacional, la “Chicago School of Analisys”. Recibió numerosos premios, entre ellos la “Medalla Nacional de Ciencia”, máximo galardón científico otorgado por la presidencia estadounidense en 1992. Su muerte en 1998 tuvo repercusión en la prensa internacional como el New York Times y no la tuvo en Mendoza, su provincia natal.

Discípulos sin maestros

La etapa hasta 1930 de importación de recursos humanos científicos contrasta con la actual, en la que se produce el fenómeno opuesto: una buena parte de la inteligencia nacional emigra, de importadores nos hemos convertido en exportadores de cerebros.

Los discípulos que generaban los científicos extranjeros terminaban reemplazándolos, generando a su vez sus propios y nuevos discípulos científicos.

Desde la década del 40 se ha producido la pérdida de valiosos recursos humanos, por la emigración debida a la persecución política, a la inestabilidad y finalmente al retroceso económico e institucional.

Con la emigración de un buen investigador no sólo se pierden sus logros científicos y las potenciales tecnologías a que ellos podrían dar lugar, sino que se pierde su capacidad de formar a su vez buenos discípulos.

¿Se pueden formar investigadores sin maestros?

La respuesta en términos muy generales es no, salvo casos excepcionales como los del español Santiago Ramón y Cajal y el de nuestro Bernardo Houssay, que fueron autodidactas en medios francamente adversos.

En un estudio llevado a cabo por el profesor Mario Albornoz y colaboradores del Centro Redes, se señala a los Estados Unidos como una potente bomba de succión de los recursos humanos científicos de los países menos desarrollados.

Así, en 1997 casi un tercio de los doctores dedicados a la investigación científica en EEUU eran extranjeros.

Las diferentes apreciaciones que aportan los estudios sobre este tema dan valores entre 5 mil y 7000 los investigadores e ingenieros argentinos que están radicados en el exterior, de los cuales entre 2200 y 3000 trabajan en EEUU.

Si el número no supera a los que trabajan en el país, está en el mismo orden de magnitud.

La potencialidad laboral y sus performances puede estimarse, cuando se considera que entre éstos hay un Premio Nobel que lo recibió por las investigaciones llevadas a cabo en Cambridge, Inglaterra, el Doctor César Milstein.

Siete argentinos emigrados: Gregorio Weber, Alberto Pedro Calderón, David Sabatini, Lutz Birbaumer, Leopoldo Falicov, Eduardo M.F. de Robertis, Lucía Rothman Denes y Fernando Nottebohm, son o han sido miembros de la American Academy of Sciences y/o de la American Academy of Arts and Sciences.

Se calcula que un 50 por ciento del total de las migraciones científicas y tecnológicas recala en ese país.

Para las necesidades demandadas por su actividad económica, la educación estadounidense no alcanza a proveer los recursos humanos científicos que necesita; su cantidad y calidad son insuficientes. Ese bache lo cubre la importación de recursos humanos científicos que le proveen los países con menor desarrollo.

Es interesante considerar que en la competencia económica, la capacitación de dichos recursos humanos científicos extranjeros no sólo mejora la capacidad competitiva del país que los recibe sino que además, y como consecuencia, disminuye la capacidad competitiva de los países que pierden dichos recursos.

Una clara evidencia del efecto producido por los valiosos recursos científicos para fortalecer la actividad de un país es el caso de la emigración de científicos alemanes, luego extendida al resto de Europa con motivo de la ocupación nazi, que en su mayoría recalaron en EEUU por la persecución hitleriana.

Esa coincidencia se puede percibir en el creciente número de Premios Nobel científicos que recibieron los Estados Unidos, nación que desde 1940 asciende a gran potencia y luego, desde el fin de la guerra fría (1990), como potencia hegemónica del planeta.

Lista de científicos exiliados del nazismo ganadores del premio Nobel en ciencias. …continuación de la lista preparada por el doctor Belocopitow. Última referencia estadística.Artículo,gentileza de la viuda del doctor Belocopitow.

Si por otro lado consideramos la potencialidad económica de otros países, como la ascensión de Japón –hoy la segunda economía mundial-, se observa que de no recibir los japoneses ningún Premio Nobel hasta 1949, hoy detenta ocho, de los cuales cuatro los han recibido desde el 2000.

Por otro lado, la correlación entre las inversiones en investigación y desarrollo coincide muy bien con el bienestar económico, inclusive en países que han pasado hace 20 años por profundas crisis económicas, con gran desocupación, baja de la actividad económica y fuerte emigración por disminución del mercado laboral, como son los casos de Finlandia e Irlanda.

Estos países han adoptado drásticas políticas de inversión en investigación y tecnología, y desde la educación como base, han logrado revertir los graves síntomas que padecían.

Así, en Dublín, capital de Irlanda, de tener en 1997, 15 por ciento de desocupación, en el 2000 bajó al 2,6 por ciento.

Finlandia invirtió en investigación y desarrollo, en el 2004, 3,49 por ciento del PBI superando en porcentaje a EEUU y siendo actualmente uno de los países con más alto índice.

En Latinoamérica, el Brasil invierte 1 por ciento de su PBI, Cuba 0,82 por ciento; la Argentina, a pesar de que dicho índice ha ido creciendo lentamente, hoy está entre el 0,4 y 0,5 por ciento, más bajo que el promedio latinoamericano, que es del 0,54 por ciento, y seis veces menor que el de EEUU, 2,79 por ciento, o el de Japón, 2,92.

Los intentos para recuperar a los investigadores exportados, en su mayor parte han fracasado. Lo primero es mejorar las condiciones de trabajo para investigar, de modo que en el futuro la exportación se reduzca al mínimo.

Hoy se reconoce que contar con cerebros entrenados es más importante que los edificios y los instrumentos para investigar.

Para la competitividad de un país, es más importante un buen sistema científico que contar con riquezas naturales o mano de obra barata.

Además, para poder disponer de un buen sistema científico se debe contar como base con un buen sistema educativo.

Belocopitow y el reconocimiento a un hombre impar de la ciencia argentina:B.Houssay

Dr. Enrique Belocopitow

El arca, diciembre de 2006

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Texto editado de Susana Gallardo.

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La divulgación en serio

Por Susana Gallardo

Directora del Centro de Divulgación Científica –SEGB- Exactas

Para “Cable semanal”, año 2007

El 7 de enero nos dejó Enrique Belocopitow. Meses antes había cumplido los ochenta y, a pesar de la fragilidad de su salud, siempre andaba embarcado en algún nuevo proyecto, en el que ponía toda su energía y pasión. Por eso, a muchos nos sorprendió su muerte: pensábamos que “Belo”, como le decíamos quienes lo conocimos de cerca, no se podía morir nunca.

Belocopitow,un hombre a quien se lo aprecia y recuerda por su humildad,capacidad y ejemplo.

En 1954 se había graduado en esta Facultad como químico.

En 1958 ingresó al Instituto de Investigaciones Bioquímicas, actual Instituto Leloir, donde se dedicó a estudiar el metabolismo de los azúcares. En 1966 defendió su tesis doctoral en Exactas, bajo la dirección de Luis Federico Leloir. Llegó a ser investigador principal del Conicet.

Pero a comienzos de la década de 1980, sus intereses se orientaron hacia otro rumbo: la comunicación a la sociedad de los resultados del trabajo de los investigadores. Quería que la ciencia fuera accesible a todos, pero especialmente a los políticos y a los empresarios, de manera de revertir la situación de escaso reconocimiento que padecían (y aún padecen) los científicos. Así, tuvo la idea de formar profesionales universitarios para producir información científica que sería difundida a través de los medios de comunicación de todo el país. Para ello contó con el apoyo de Leloir, y logró que distintas instituciones aportaran los fondos necesarios para concretar el proyecto.

La eficaz tarea para formar periodistas y la comprensión de los medios y la sociedad,se archiva en estos tomos. Título del primer artículo generado por el CyT dirigido por Belocopitow.Fue con un tema de alto impacto. Belo muestra la tarea de divulgación al Nobel de Química 1977,Dr.Ilya Prigogine.

Al principio, los medios se mostraban reacios, no imaginaban que el “hombre de la calle” pudiera estar interesado en temas de ciencia. Pero Belo insistía. Estaba firmemente decidido a llevar adelante su plan, y, entre otros argumentos, esgrimía las encuestas, realizadas en Estados Unidos y Europa, que indicaba a las claras que a la gente le importaba la ciencia.

Por esta iniciativa Belo merece hoy ser reconocido como un pionero de la divulgación de la ciencia en el país. Ello no significa que antes de 1985, en que lanzó su Programa de Divulgación Científica y Técnica (C y T), no haya habido periodistas que se ocuparan de escribir artículos sobre ciencia en los medios. Pero, de pronto, los diarios de Buenos Aires y del Interior se vieron inundados de “cables” del C y T, y debieron reconocer que Belo tenía razón y que había público para la ciencia.

Así, se fue creando una masa crítica de divulgadores (se formaron más de setenta becarios), muchos de los cuales están actualmente en los medios a cargo de secciones especiales de ciencia, o colaboran regularmente con ellos.

Lo remarcable del hecho es que el proyecto se generó en un instituto de investigación, en el seno mismo del sistema científico, en un momento en que no eran muchos los investigadores que creían en la necesidad o la importancia de compartir el reconocimiento con el público general. La experiencia se trasladó luego a la UBA, y se crearon centros de divulgación científica en distintas facultades. Otras universidades e instituciones han seguido el ejemplo.

Uno de los reconocimientos a Belocopitow por su trascendental tarea de formación y comunicación. Ceremonia de entrega del Konex de Platino a Belocopitow en Divulgación Científica,año 1997. El premio descansa en el escritorio de Belo,en su hogar,custodiado por su esposa Sofía.

Hoy, más de veinte años después, cuesta imaginar un diario o una revista donde no aparezca un tema de ciencia. Claro, la cantidad de información científica disponible es abrumadora, Internet mediante. Pero, sin duda, todo sería muy diferente sin la tarea desplegada por Belo.

Quienes hemos estado en contacto con Belo y, en particular, quienes hemos sido sus becarios, difícilmente podamos olvidarlo. No podremos negar la influencia que ejerció en nosotros, a través de su pasión por la ciencia, su espíritu crítico e inquisidor, y también con sus consejos, siempre acertados. Tampoco olvidaremos su sentido del humor, su humildad y, sobre todo, su tenacidad para alcanzar los objetivos.

Su ideal era que en los medios se hablara de la ciencia en forma natural y permanente como se habla de fútbol. Y así como aquellos a quienes no les interesa ese deporte no pueden evitar conocer los nombres de clubes, jugadores famosos o directores técnicos, el martilleo constante con temas de ciencia podría lograr que la gente no pueda desconocer las principales cuestiones en que se trabaja, los nombres de investigadores o de revistas científicas.

Tal vez ese deseo se haga realidad algún día.

Por Susana Gallardo

Para Cable Semanal, año 2007.

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La preocupación constante del doctor Belocopitow por generar las condiciones para formar recursos humanos de excelencia, una de las claves para nuestro desarrollo.La generación local de conocimiento y la necesidad de retener la gente altamente capacitada.


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SIN INVERTIR EN INVESTIGACIÓN NO PUEDE HABER DESARROLLO

Diario La Nación, 7 de agosto de 2000

Enrique Belocopitow

La correlación entre la capacidad científica de un país y su competitividad económica y política puede ser apreciada si se observa la evolución en el tiempo de los Premio Nobel científicos recibidos por sus investigadores.

Desde 1901, año en que se inició la entrega de los premios, hasta 1940, comienzo de la última gran guerra, los tres países que obtuvieron más premios Nobel fueron Alemania, Gran Bretaña y Francia. En el cuarto lugar y bastante alejado, seguía Estados Unidos.

Coincidentemente con el crecimiento de este último país como gran potencia, el número de sus investigadores distinguidos con estos premios empezó a aumentar aceleradamente. Así, en 1944 superó a Francia; en 1954, a Gran Bretaña, y en 1960, a Alemania. Desde entonces, el número de premiados estadounidenses duplicó al de los de Alemania, Gran Bretaña y Francia en conjunto.

El crecimiento del sistema científico y el desarrollo económico se alimentan mutuamente.

Para mantener su competitividad y su poder, Estados Unidos demanda una masa de recursos humanos científicos que su sistema educativo no es capaz de proveer; lo que ha sido paliado hasta ahora con una intensa política de atracción de talentos científicos extranjeros: de hecho se ha convertido en una potente bomba de succión de la capacidad científica del resto de los países.

Pruebas al canto: casi la mitad de los que han hecho investigaciones para doctorarse en ciencias duras e ingeniería (PhD) que trabajan en los Estados Unidos son extranjeros. También lo son una cuarta parte de los PhD que allí trabajan en relación con las ciencias de la vida (medicina, biología, agronomía, etcétera).

Casi la tercera parte de los ciudadanos estadounidenses que fueron merecedores de premios Nobel son oriundos de otros países. Para un investigador es mucho más fácil que para otros profesionales conseguir la radicación en los Estados Unidos.

El arma más importante para la conquista de más poder; de nuevos mercados y mayor influencia sobre los otros países es la herramienta científico-tecnológica, y principalmente sus creadores, los investigadores.

Cabe recordar que inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, figuras como el investigador Wernher von Braun, director del programa de cohetes de la Alemania nazi, con centro en Pennemunde, pasó a trabajar en los Estados Unidos.

Años más tarde, el colapso de la Unión Soviética hizo posible una significativa captación de sus recursos humanos científicos por parte de la primera potencia mundial.

En la actualidad, la otra cara de la moneda es la Argentina. Las épocas de crecimiento de nuestro país fueron en alguna medida acompañadas por la formación de recursos científicos nacionales, incentivados en muchos casos por la incorporación de investigadores y educadores extranjeros. Así ocurrió a partir de Caseros, durante y después de la Organización Nacional.

Maestros y alumnos

Cuando en 1874, por impulso de Juan María Gutiérrez, se puso en marcha la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, se hicieron cargo de las principales cátedras científicas los investigadores italianos Pellegrino Strobel, Bernardino Speluzzi, Emilio Rosetti y Juan Ramorino. Poco después se agregó el geólogo ruso Carlos Berg.

Los alumnos más destacados que se fueron graduando pasaron luego a convertirse en profesores, y algunos en investigadores.

En ésta búsqueda de valores científicos y educativos es de destacar la labor de Sarmiento, que, entre muchos otros, trajo al naturalista Hermann Burmeister para organizar y dirigir el Museo Argentino de Ciencias Naturales, y al norteamericano Benjamín Gould para dirigir el Observatorio Astronómico de Córdoba.

Otro caso, ya en el siglo XX, es el del matemático español Julio Rey Pastor; que, con motivo de una conferencia dada en Buenos Aires en 1917, fue contratado por un año, para finalmente quedarse hasta su muerte en 1962.

La influencia de Rey Pastor permitió que la enseñanza y la investigación matemática en nuestro país se elevaran al más alto nivel internacional.

Sobre todo a partir de la década del 50 el país llevó a cabo un esfuerzo importante y organizado para impulsar la investigación científica.

Se pusieron en marcha, entre otras instituciones de investigación, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

En 1957, gracias a las gestiones de nuestro Premio Nobel Bernardo Houssay, se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

A ello debe agregarse el esfuerzo que hicieron las universidades nacionales para incentivar en su ámbito la actividad de investigación.

Este despertar nacional empieza a perder fuerza ya a mediados de la década del 60 y el deterioro ha continuado hasta hoy. La Argentina se ha convertido en un país expulsor de sus investigadores científicos, sobre todo de los jóvenes.

Actualmente, son más los investigadores argentinos radicados en el exterior –muchos de ellos con resultados descollantes- que los que trabajan aquí. Los emigrados, además, hoy forman discípulos también destacados en los países que los han acogido, en lugar de formarlos aquí. Es excepcional que un buen investigador se forme sin un buen maestro.

Leloir y su decisión de quedarse a investigar en la Argentina. Houssay (izq) y la idea constante de trabajar en la Argentina.Lo acompaña el Dr.Foglia.

Todavía quedan investigadores valiosos. Los mismos Leloir y Houssay se quedaron trabajando en la Argentina hasta el final de sus vidas, a pesar de las extraordinarias y favorables condiciones de trabajo que les ofrecieron muy prestigiosas instituciones científicas estadounidenses. Houssay estaba convencido de que debía dedicar el trabajo de toda su vida al engrandecimiento de la ciencia latinoamericana y la de su patria, la Argentina.

Incentivar la creatividad

Belo con la Nobel de medicina 1986 Rita Levi Montalcini,y con Eugenia Sacerdote de Lustig,dra.en medicina.

Hoy se admite que, en la competencia económica internacional, tiene más valor para un país el conocimiento científico que sus recursos naturales o la mano de obra barata. A este respecto, ¿qué debemos hacer en la Argentina?

¿Bajar el costo de la mano de obra argentina al nivel de los países más atrasados? ¿Explotar nuestras riquezas naturales hasta que estas fuentes queden exhaustas? Sería preferible incentivar la creatividad científica protegiendo a los investigadores capaces de formar, a su vez, excelentes discípulos.

Esto, sin duda, ayudará a eliminar uno de los principales factores de nuestro deterioro.

Dr. Enrique Belocopitow

Artículo editado por el diario La Nación, el 7 de agosto de 2000

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Nota editorial aparecida en la presente página web, mes de Febrero de 2007.


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HOMENAJE

EDITORIAL, Febrero 2007

Para Página web www.cienciaenlavidriera.com.ar

Por Luis María Barassi

La intención es recordar dos apellidos vinculados con la ciencia y que, en vida, significaron verdaderos modelos de humanismo y preocupación por sus congéneres.

A ambos tuve la fortuna de conocer, y así darme cuenta de que sus respectivas y ponderadas capacidades eran sólo un medio para pensar en el perfeccionamiento integral de los demás: intelecto, razón y compromiso, pero también sensibilidad por el hecho artístico y la creación superior.

Distintos aspectos de la vida y pensamiento de los doctores Enrique Belocopitow, muerto el siete de enero, y Mischa Cotlar, fallecido el pasado día 16, usted podrá encontrarlos en la categoría “Entrevistados” de la presente página web.

Pero en estas pocas líneas no quiero dejar de expresar que Belocopitow y Cotlar fueron auténticos guías, y fijaron su obstinación vital en un hacer comprometido y siempre lejos de ponerse ellos mismos como centros de referencia.

Belocopitow y Cotlar trabajaron para, desde un hacer creativo, ser también transmisores de la herencia esencial recibida de maestros a quienes ellos admiraban. La humildad, entrega y generosidad de ambos fue extrema.

En los dos hombres de ciencia, los valores últimos –esos que ennoblecen las almas o espíritus, el corazón sensible de los hombres- se transformaban en gestos y actitudes, cualesquiera fueran las responsabilidades que el hacer cotidiano les impusiera.

Así, el compromiso incansable de Belocopitow como divulgador científico y formador de profesionales en dicha tarea, y el estado de éxtasis que Cotlar halló en la matemática como inspiración para ser mejor persona desde la cátedra, el libro o la conversación diaria, son elementos tangibles y poderosos que uno valor con admiración.

Queda claro que este saludo no puede significar nunca una despedida. Esto es así, porque Cotlar y Belocopitow nos enseñaron, sin alardes, que la vida es una continuidad de episodios: búsquedas, descubrimientos, interrogantes y convicciones, la cual necesita de referentes a los que siempre se vuelve. Pero de una manera particular, sin mirar atrás.

Sucede que la visión generosa de ellos, consiguió superar el tiempo limitado de sus historias personales, y es capaz de acompañar nuestros pasos –como bondadosos guías pretéritos- deseosos de que no nos extraviemos.

Con el Dr.Belocopitow y una inolvidable visita al Dr.Leloir,en su laboratorio. Jardines del actual Instituto Leloir.Becarios del C y T,dirigido por Belocopitow.Año 1987. Con el Dr.Mischa Cotlar,otra personalidad entrañable que también nos dejó en enero de 2007.


Febrero 2007

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Otro texto clave para repasar el pensamiento del doctor Enrique Belocopitow.

La educación, un desafío permanente,también en investigación científica,claro,decía Belocopitow.


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Educación, ayer, hoy y siempre

Por Enrique Belocopitow

Diario La Nación, 25 octubre 2005

Según las encuestas, uno de los problemas cruciales que afrontamos en la Argentina es el retroceso sufrido por la educación y, con ello, la pérdida de una de las herramientas fundamentales para resolver el problema de la desocupación.

¿Es la situación históricamente más dramática del rubro educativo? ¿Antes la enseñanza fue mejor? ¿Cuándo?

Antes de la caída de Rosas, en 1852, más del 80% de la población de nuestro país era analfabeta. En el censo de 1869 se redujo ese valor a 71 por ciento.

En 1884 se promulgó la ley 1420, de educación común y enseñanza obligatoria, laica y gratuita, y ya en el censo de 1914 el porcentaje de analfabetismo se redujo a un 35%, a pesar del ingreso de grandes contingentes de inmigrantes analfabetos.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) informa que en 2001 nuestra tasa de analfabetismo era de sólo el 2,6 por ciento.

Estos números sugerirían que nuestra educación ha progresado, pero lo que era suficiente hasta la primera década del siglo XX para la actividad laboral, para el progreso económico y cultural (saber leer y escribir) hoy es francamente insuficiente.

Hoy es imprescindible poseer una educación de nivel secundario y para muchísimas actividades es imprescindible contar con saber universitario.

Los que hemos vivido nuestros, en general, excelentes secundarios de las décadas del 30 o del 40 podríamos preguntarnos si esa escuela de excelencia siempre existió en la Argentina o si fue producto de los esclarecidos patriotas, que la edificaron.

Desde Rivadavia y Sarmiento hasta Juan María Gutiérrez, quien abandonó su carrera política luego de ser ministro de Relaciones Exteriores del presidente Urquiza por que veía entonces que educación, ciencia y tecnología eran las llaves del progreso y la independencia nacional.

Primero se convirtió en rector de la UBA, entre 1861 y 1873, cargo de mucha menor jerarquía política. Como rector, recreó el Departamento de Ciencias Exactas en 1865, semilla primero de las facultades de Matemáticas y de Ciencias Físico Naturales, creadas en 1874 a instancias del mismo Juan María Gutiérrez, las que fusionadas dieron lugar, en 1895, a la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas, que en 1951 generaron las de Ingeniería, Arquitectura y Ciencias Exactas y Naturales.

Gutiérrez contrató profesores del exterior, con capacidad como investigadores, para ir formando un buen profesorado nativo.

Del decanato, Gutiérrez pasó a la jefatura del Departamento de Escuelas, responsable de la enseñanza primaria. Algo parecido a la “degradación” de Sarmiento, que luego de dejar la presidencia de la Nación sustituyó a Gutiérrez en el mismo Departamento de Escuelas. La buena enseñanza debía comenzar desde el principio: desde la primaria.

Una idea de la opinión que primaba en la Universidad a principios del siglo XX se puede colegir con motivo del pedido que en 1901 hizo el Ministerio de Instrucción Pública a la Universidad de Buenos Aires para que hiciera el diagnóstico sobre la enseñanza “preparatoria”, como se la conocía a la actual secundaria, porque en ella debían capacitarse quienes ingresarían en la universidad.

La comisión, que hizo un dictamen común para todas las facultades, informó al ministro: “La instrucción preparatoria de las facultades reclama otra cosa que elementos. Exige disciplinas mentales que fortifiquen y ensanchen el pensamiento. La noción simple que la educación primaria da importa en el terreno científico un conocimiento inútil que el tiempo desvanece. Consiste en conclusiones, en una serie de afirmaciones que nada explican, porque sin demostración no se sabe de dónde vienen, y sin desarrollo razonado no se sabe adónde van.

“Demostración, desenvolvimiento, son conceptos antitéticos del de noción elemental. La instrucción que cataloga conclusiones, que afirma sobre la base de la autoridad del maestro o del libro, no es educativa, porque no enseña a pensar y porque no forma el carácter.

Acostumbra a la superficialidad, a la facilidad del esfuerzo para aprender, a declinar el trabajo y la investigación. Conduce rectamente al servilismo intelectual.

“La instrucción preparatoria se caracteriza, a la inversa, por la dirección que persigue. Es intensiva y no de extensión, de profundidad relativa y no de superficie. Los diferentes ramos de estudio deben, en ella, ser enseñados de manera que la verdad se desprenda de una demostración y se desenvuelva en sus aplicaciones.

Sus procedimientos son los investigativos, no para descubrir, sino para exponer.

Hay análisis y síntesis, deducción e inducción, expuesto todo al alumno, a quien se le dice cuál es la verdad y por qué es la verdad.

“Y así se obtiene otra cosa más grande y poderosa que el conocimiento, que el tiempo en lugar de debilitar fortificará, y es la aptitud para saber.

Enseñando por qué se piensa de cierta manera, se enseña a pensar.

“Por eso es que todo plan de instrucción preparatoria debe contener un curso amplio de las matemáticas, ese instrumento admirable de la educación mental en que cada proposición se desprende de un razonamiento anterior; para constituir luego el antecedente de otra proposición derivada, por procedimientos tan flexibles que el espíritu desvanece todas sus vacilaciones delante de la certidumbre absoluta.

“Por eso es que ha de incluir un curso vigoroso de física, esa ciencia en que se persigue la demostración, no por el experimento aislado, mero juguete recreativo reducido a si mismo, sino por la aplicación del cálculo, que la experiencia confirma en sus resultados y muestra al alumno cómo el hecho ratifica la conclusión que la inteligencia había inducido o deducido de una verdad ya adquirida.

“Por eso es que se estudia la química con la extensión necesaria para observar los poderosos resultados que el método experimental obtiene del análisis; y la historia natural, no solamente para conocer las múltiples formas de la vida, o la materia, sino también para saber como es que ese mismo análisis y la síntesis conducen a las clasificaciones fundadas en la naturaleza íntima de las cosas y no en los simples accidentes que la observación superficial considera decisivas.

“Las comisiones no han vacilado sobre la orientación que había de darse a la instrucción preparatoria. La intensiva, buscada en el grupo en que mejor se permite la aplicación de los métodos que forman la inteligencia en el periodo en que se desarrolla y toma un tipo definitivo, suministra alumnos de clase infinitamente más elevada por su aptitud e independencia mental.

“Es de experiencia universal que cuanto más bajo es el nivel de los estudiantes, más baja el nivel intelectual de las universidades.

Los hechos lo confirman: hay crisis en la instrucción superior porque la ha habido en la secundaria burocrática y sin alma, muerta hace tiempo, que suministra alumnos sin conocimientos ni aptitudes, sin hábitos de trabajo, ni voluntad de aprender.

“La comunidad de vistas de los miembros de la comisión universitaria sobre la naturaleza de los cursos preparatorios tiene la ventaja de dar una cultura igual para todos los universitarios, cualquiera que sea la carrera que adopten, sin sacrificar a los estudios especiales parte alguna de la ilustración general.

“Un plan de estudios nada dice cuando se limita a enumerar las materias que incluye. Su significado está en el grado de desarrollo que les asigna y en los métodos de exposición con que ha de dárseles vida.

“Una misma ciencia –las matemáticas, la física, la historia –puede ser enseñada de muchas maneras y su valor educativo es muy diferente, según qué se adopte una u otra, al grado de ser insignificante o capital.

“Deseamos manifestar que ninguna combinación de estudios puede dar resultados por sí misma y que no hay planes, sino enseñanza.

Todo consiste en los métodos y en los hombres. La cuestión de educación es, esencialmente, una cuestión de profesorado”.

Parecería que el quehacer nacional fuera una espiral donde muchos de los acontecimientos, muchos de los problemas se asemejan a los problemas anteriores. Que se asemejen no quiere decir que se igualen: las circunstancias nunca son las mismas. Se puede partir de una situación en algún aspecto similar, para construir o para destruir, para avanzar o para retroceder.

A pesar del avance en la alfabetización que se había producido desde Caseros hasta 1901, el informa de la UBA sobre la enseñanza preuniversitaria fue lapidario. ¿Qué había pasado? El conocimiento, la educación, la ciencia y la tecnología avanzan constantemente, influenciando todas las actividades humanas.

Del mismo modo, no es ya suficiente que el país hoy sólo tenga en cuenta la alfabetización de su población. Es necesario que el proceso educativo continúe y se eleve constantemente. La parálisis y el retroceso son los seguros pasaportes para completar la ruina nacional.

En la educación nunca se termina de avanzar. Más aún: se puede retroceder hasta condiciones infrahumanas de vida por la caída del nivel educativo.

El avance en la educación hará del país el que todos quisiéramos que fuese.

El proceso se ha invertido: el nivel educativo ha ido bajando desde la segunda mitad del siglo XX, haciendo del país el que no queremos que sea.

Sus efectos se ven y se verán a medida que se vayan sucediendo las generaciones de argentinos si no se revierte el retroceso educativo.

Dr. Enrique Belocopitow – 25 de octubre 2005

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EL Dr. ENRIQUE BELOCOPITOW en fotografías que lo retratan y recuerdan:

Belo junto con su hijo Pablo Federico,en San Diego, EEUU. Un regalo para su futura esposa Sofía.Máscara en bronce de Beethoven hecha por Belocopitow Belocopitow acompañado por su esposa recibe la medalla al cumplir 50 años de egresado,Colegio Huergo.

Celebración de un día de la primavera, en el Instituto. En un aniversario de Julio Verne, en lo alto de la Torre Eiffel, en París. Belocopitow y su palabra serena y meditada,al hablar sobre Julio Verne,en Francia.

Belo acompañado por sus nietos Federico Javier,Gonzalo Pablo y María Florencia. Con García Ferré,quien le entregó el Konex de Platino en Divulgación Científica,año 1997. El escritorio de Belo hoy,donde su espíritu sigue vivo protegido por la calidez de su viuda.

Belo capacitó a profesionales de diferentes áreas en la divulgación de temas de ciencia y técnica. Testigo de sus lecturas,el sillón de Belo,su archivo de metal y el equipo para escuchar música clásica. Otrora elemento de investigación usado por Belo,custodia hoy su recuerdo con bellas flores.

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CIE

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